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Racconti

“Scrivere è viaggiare senza la seccatura dei bagagli”
Emilio Salgari


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  • 29 novembre 2016 alle ore 10:39
    BRCA1

    Come comincia: Diego Norente s’infilò trafelato in un vicolo all’angolo tra via Dotto e Piazza Lobuli. Il lungo impermeabile nero rivestiva come una crisalide un corpo scarno, nervoso, dove le ossa parevano volessero forare la pelle.
    L’uomo, dalla barba incolta e dalle labbra serrate, buttò fuori l’aria dalle narici come un toro infuriato pronto alla carica, solo gli occhi scintillavano di una luce innaturale, crudele.
     Il giorno aveva già lasciato da un pezzo la costa ovest e Diego Norente non aveva più tempo. Si guardò intorno con scatti rapidi della testa alla ricerca di un posto dove nascondersi e riorganizzare le idee, ormai era braccato. Da quando il sergente Port si era messo sulle sue tracce per BRCA1, questo era il suo nome in codice, l’unico modo di portare a termine la missione era di prendere contatto con le cellule dormienti.
    Si arrampicò su una scala antincendio fiutando il potenziale pericolo come un segugio che intercetta la preda. A ogni scalino le sue labbra si contraevano in una smorfia di dolore accompagnata da un grugnito greve - «Devo farcela» ripeteva - «La missione, prima di tutto».
    S’infilò attraverso una finestrella e scivolò dentro, come un crotalo nella spaccatura di una roccia, in quella che sembrò una soffitta. Diego Norente rimase immobile come se volesse diventare tutt’uno con l’ambiente circostante, fino a quando gli occhi si abituarono all’oscurità della stanza.
    L’odore umido di muffa lo tranquillizzò, era uno spazio inutilizzato da tempo dove poteva tirare il fiato e ricomporre le idee, sparse come tante tessere di un puzzle.
    Il corridoio al quarto piano dello stabile di via Nudo si diramava come la pianta del metrò di Parigi, collegando le sezioni del “Pronto Intervento” con quella dei “Corpi Speciali Anti Invasione”, “l’Intelligence” e la squadra “Prevenzioni Attacchi Terroristici”.
    L’ambiente era spartano, nulla di superfluo oltre l’essenziale, solo alcuni quadri raffiguranti i ricercati più pericolosi e un archivio con le impronte genetiche dei delinquenti di ogni risma.
    «Dobbiamo agire in fretta adesso che abbiamo individuato BRCA1» sbotto il sergente Port.
    «Sappiamo in quale zona si nasconde e dobbiamo intervenire prima che si metta in contatto con le cellule dormienti, solo così riusciremo a bloccare la follia della sua missione».
    Le parole del Sergente Port si mischiarono all’odore dolciastro di cannella e al suono ritmato dei tacchi 12 che accompagnava Miss Adana, la più alta autorità specializzata  contro il terrorismo internazionale.
    Adana, soprannominata la Rossa per la sua chioma color rubino, era considerata alla stessa stregua di un essere mitologico la cui fama raggiungeva gli angoli più remoti del continente ma, al tempo stesso, nessuno l’aveva mai vista.
    Fasciata in un tubino vermiglio, Adana aveva un aspetto etereo e insieme glaciale. I lineamenti gentili nascondevano la tenacia e la leadership dei grandi condottieri dell’antichità.
    «Sergente Port» - esordì Adana la Rossa - «I nostri informatori ci hanno appena comunicato il luogo dove si nasconde BRCA1, andiamo a prenderlo».
    Diego Norente sentiva il cerchio stringersi attorno a lui come un nodo gordiano, ormai neppure l’oscurità della soffitta dove si era rifugiato poteva più nasconderlo. Per la prima volta provò un senso d’impotenza, lo stesso che aveva fatto provare nella sua lunga carriera, accompagnato dall’odore di morte e disperazione. Lo smarrimento e la sensazione che tutto sarebbe finito da lì a poco si fecero sempre più reali. Il terrore e lo sgomento lo assalirono paralizzando quel corpo ossuto simile a un vecchio ramo secco. Gli parve di sentire, in quell’angusto spazio ammuffito, l’odore di cannella, ma forse era la pazzia che veniva a prenderlo per mano.
    «Diego Norente, la dichiaro in arresto» risuonò una voce nell’oscurità accompagnata dal ticchettio dei tacchi 12.
    «E’ finita, finalmente è finita» - disse l’infermiera staccando la sacca di infusione - «Anche l’ultimo ciclo di chemio è terminato».
    «E’ stata veramente brava signora Carmen, la “Rossa”, come la chiamiamo noi, non è una passeggiata».

    Personaggi
    DIEGO NORENTE – carciNOma lobulaRE infiltraNTE
    BRCA1 – mutazione genetica tumorale
    ADANA “LA ROSSA” – ADriAmiciNA - farmaco chemioterapico
    SERGENTE PORT – PORT - dispositivo per accesso vascolare
     

  • 29 novembre 2016 alle ore 4:58
    Alguna vez... la felicidad...

    Come comincia: Si alguna vez has sentido felicidad, ¿no te habría gustado ser capaz de apresar ese instante para siempre?
    La Felicidad pensaba que el mundo se había creado exactamente para ella, quizás alguien había mezclado sus preferencias con sus mejores deseos para hacer de la suya una realidad perfecta, acertada hasta el más mínimo detalle llegando a convertirse casi en una proyección de lo mejor de sí misma. Cierta noche la Curiosidad llamó inesperadamente a su puerta para contarle que había descubierto un claro por el que podía adivinarse un pequeño camino, demasiado tentador para que la Felicidad no quisiera saber hasta dónde podría llevarle.
    Consultaron a la Intuición que sin dudar dio su aprobación y animada por los sabios consejos del Valor, La Felicidad decidió probar suerte y comenzar su aventura. No muy lejos de allí, habitaba la Tristeza, en un lugar ensombrecido en el que cada día dejaba de brillar el sol y las noches se hacían tan largas como un mal sueño. Difícil encontrar un lugar donde poder descansar en aquel paraje tan inhóspito. Al caer la tarde, la Tristeza recibió la visita de las Sombras alertándola de que habían sido alcanzadas por una lejana luz que se colaba por un hueco entre los arbustos. El Misterio, que ya sabía de la existencia de esta extraña senda, lanzó una fría mirada a la Tristeza con la que casi la obligaba a marchar. Fue entonces cuando la Impotencia le hizo pensar que tal vez fuera buena salida.
    La Felicidad avanzaba decidida y sonriente, disfrutando del color de cada piedra del camino, del olor de cada flor, del brillo de cada hoja, de la magia de cada rayo de luna que jugaba entre las ramas de los árboles. La Tristeza deambulaba asustada y estremecida, con pasos cobardes que intentaban adivinar la superficie antes de tocarla, mirando constantemente hacia atrás, arrepintiéndose de cada pisada e imaginándose al acecho de terribles sombras monstruosas. Siguiendo cada una su camino, casualmente ambas llegaron hasta un pequeño claro que se abría en el bosque.
    La Felicidad pensó que quizás ése era el lugar más bonito en el que jamás había estado. Se sentía reconfortada por la robustez de los fornidos árboles, adulada por la belleza de las flores que se entregaban a ella en una especie de bello ritual y agradecida a la música que le ofrecía el agua del pequeño arroyo a su paso entre las piedras. La Tristeza se sintió sobrecogida ante aquel claro tan trémulo, rodeada por gigantescos árboles sentía que intentaban apresarla, despreciada por aquellos privilegiados brotes de vivos colores que la miraban con desaire y sobrecogida por el imprevisible estrépito del arroyo que rompía el silencio. La Felicidad fue la primera en darse cuenta de que no estaba sola, la curiosidad se fundió con la alegría y sus ojos sonrieron.
    La tristeza, en cambio, se refugió agazapada tras unos arbustos asomando su máscara de hierro envejecido con la que ocultaba su triste rostro, bajo la que podían intuirse sus labios retorcidos por el miedo. La Felicidad preguntó con voz alegre: ¿Quién eres? Sólo se oía el sonido del agua y el tímido temblor de las ramas del matorral tras el que se ocultaba la Tristeza. Tras preguntar varias veces sin obtener ninguna respuesta, solamente al cesante temblor de las ramas, la Felicidad dijo: "Sólo quiero ser tu amiga". La Tristeza al fin salió de su escondite, cabizbaja, casi avergonzada ante tantas muestras de felicidad que ella no alcanzaba entender. La Felicidad no encontraba motivos para la Tristeza, que no se atrevía a levantar su mirada del suelo, y le preguntó con su voz alegre: "¿No tienes amigos?". Sin dejar responder, comenzó a hablar la Felicidad: "Yo tengo muchos amigos. Mi amiga es la Alegría, que siempre me inunda de gratitud; la Risa, que me hace cosquillas en el estómago; la Inquietud, que me descubre cosas preciosas; la Sonrisa, que abre mis ojos al mundo; la Amabilidad, que me regala su afecto; la Locura, que embriaga mi espíritu; la Templanza, que me mantiene unida a la razón; la Sabiduría, que me conduce al más alto grado del conocimiento; el Entusiasmo, que todas las mañanas viene a despertarme; la Generosidad, a la que siempre agradezco su grandeza; la Sorpresa, que me maravilla con algo imprevisible; la Comprensión, que no necesita explicaciones; la Fortaleza, que me ayuda a encontrar lo que busco; la Sinceridad, que me muestra el lado más bello de las cosas.... También tengo otro gran amigo, el Amor, a quien quiero sin saber por qué".
    La Tristeza había permanecido inmóvil escuchando cómo la Felicidad describía entusiasmada a sus amigos. "Háblame ahora de tus amigos", dijo la Felicidad. La Tristeza comenzó a hablar con su voz apagada: "Yo también tengo amigos. Mi amigo es el Dolor, cuya presencia ya pasa desapercibida; la Angustia, que me oprime sin motivos; el Temor, que me enseña todos los peligros; la Pena, que me desgarra las entrañas; el Desaliento, que merma mis fuerzas; la Compasión, que siempre me recuerda lo triste que soy; la Mentira, que engaña a mi alma; la Esperanza, que me aleja de la realidad; las Lágrimas, que riegan mi jardín de rosas secas y tallos de espinas; los Recuerdos, que alimentan mi pesar sin dejarme mirar hacia delante; la Soledad, que siempre me acompaña; la Decepción, que oscurece mis días; la Traición, que ensucia mi lealtad; la Envidia, que se regocija en mi desconsuelo".
    La Felicidad escuchó atentamente sin borrar la sonrisa de sus labios y el misterio de sus ojos. Tras un corto silencio, roto por la inquietud y curiosidad de la Felicidad, dijo: "Antes de irte, quiero pedirte un favor". La Tristeza, sin levantar la vista del suelo, esbozó un sí no muy convencido. "Quiero ver tu rostro", dijo con voz pausada la Felicidad, en un intento de mostrar confianza en su tímida amiga. Tras dudarlo unos instantes, la Tristeza se acercó la mano hasta la cabeza y deslizó su máscara hacia atrás dejando al descubierto su rostro. Lentamente fue levantando la vista hasta encontrarse con al mirada exacta de la Felicidad. Los ojos de la Felicidad dejaron escapar algunas lágrimas mientras su boca dibujaba una amplia sonrisa. Los ojos de la Tristeza brillaron mientras su boca esbozaba un llanto comprimido. La Felicidad rápidamente reconoció el rostro de la Tristeza, tan igual al que veía todas las mañanas reflejado en el lago mientras se arreglaba dispuesta a pasar un día feliz, tan igual y, a la vez, tan distinto. La tristeza no alcanzaba a creer que la imagen que tenía delante guardaba una extraña y agradable similitud con aquella que tímidamente se asomaba a su charca antes de colocarse su máscara de hierro envejecido.
    La Felicidad y la Tristeza dependen de la suerte y de la casualidad. La misma suerte que un día la Felicidad y la Tristeza decidieron tentar y la misma casualidad que hizo que ambas se cruzaran en el camino. La Felicidad y la Tristeza dependen, sobre todo, de los amigos que tengas.

  • 27 novembre 2016 alle ore 20:23
    L'OSPITE (Seconda parte)

    Come comincia: Il giorno seguente la prima cosa che stupì Giuliana fu l'accoglienza festosa che i cani riservarono a  Mauro. Lei dava molto credito all'istinto degli animali e  subito ne trasse la conclusione che lui fosse una brava persona. Da parte sua Mauro li accarezzò subito, senza nessun timore, nè preoccupazione di sporcarsi gli indumenti, cosa che a lei piacque subito: chi possiede animali e li ama presta attenzione a certi atteggiamenti, perciò sentì che cominciava a nutrire simpatia per lui.
    "Davvero una bella casa. Complimenti. E intorno un vero paradiso."
    I complimenti da sempre la mettevano a disagio.  Lo invitò ad entrare accompagnandolo subito a vedere la camera; così scoprì che lui amava moltissimo i mobili solidi "di una volta", come li aveva definiti, perchè creano intimità nell'ambiente e sensazione di sicurezza. La camera gli piacque moltissimo, l'entusiasmo era autentico, e lei si rese conto di avere già deciso, in cuor suo, di ospitare Mauro. 
    Una energica stretta di mano suggellò il contratto e Mauro si trasferì da Giuliana.
    Bastò pochissimo tempo perchè lei cominciasse a trattarlo come un famigliare, e lui faceva di tutto per risultare gradito. Era un uomo gentile e quando si trovava in casa non permetteva a Giuliana di eseguire dei lavori troppo pesanti, anche se lei era abituata da sempre a cavarsela in tutte le situazioni. Ci pensava lui con pazienza e precisione, e lei per sdebitarsi lo invitava a cena.
    Il mese di giugno si avviava alla fine. Giuliana sentiva che la presenza di Mauro la rendeva più allegra, anche se lui stava fuori quasi tutto il giorno. Però alla sera quando rientrava prendeva i cani e li portava a giocare e a correre. Lei li guardava da lontano e si chiedeva perchè lui fosse sempre così solo. Possibile che non avesse una fidanzata, un amore. Naturalmente non si sentiva autorizzata a fargli domande sulla sua vita privata, però le sarebbe piaciuto che lui le avesse fatto qualche confidenza. Ormai cenavano insieme quasi ogni sera e lei si divertiva a rielaborare vecchie ricette che non aveva più cucinato da tanto tempo. Dopo cena gustavano il caffè nel giardino e chiacchieravano. Mauro era un buon conversatore, ma sapeva anche ascoltare. Giuliana cominciava a pensare con tristezza che un giorno o l'altro se ne sarebbe andato, e si dava della stupida per avere accettato di ospitarlo: la solitudine che si era imposta per tanti anni l'aveva protetta e preservata da situazioni del genere. Ma ormai le cose stavano così; si era affezionata a lui e si rendeva conto di attendere ogni giorno con impazienza il suo ritorno a casa. Un sabato sera Mauro l'aveva perfino convinta ad andare al locale di Toni a bere qualcosa. Avevano ordinato una caraffa di sangria e altri paesani si erano uniti a loro scherzando con Mauro sul come fosse riuscito a trascinare Giuliana fuori casa. Lei non se l'era presa, anzi aveva riso volentieri con tutti e trascorso una serata piacevole. Tornando a casa lui aveva commentato:
    "Mi avevano descritto il suo brutto carattere, ma io penso che tutti si siano sempre sbagliati."
    Giuliana non aveva risposto perchè sapeva di avere un pessimo carattere che però negli ultimi tempi era migliorato proprio per merito di Mauro. A casa, dopo averci pensato molto, prima di andare a dormire gli aveva posato una mano sul braccio:
    "Penso che potresti cominciare a darmi del tu."
    Le orecchie di Mauro erano diventate color porpora.
    "Proverò. Grazie."
    Il mese di luglio fu, come sempre, molto afoso, ma nella casa di Giuliana il fresco era assicurato. I muri spessi e l'eterna penombra mantenevano una temperatura gradevole che molti in paese avrebbero desiderato, ma non riuscivano ad ottenere poichè lì c'era più cemento che verde, e il giardino pubblico posto proprio al centro della piazza non bastava a garantire un po' di fresco. Nel dehors de "La Pergola" si stava meglio, perciò intere famiglie trascorrevano il pomeriggio, e spesso anche la serata, sotto la vecchia vite. Non era gente che consumava molto, ma Toni era contento di avere intorno i suoi compaesani con alcuni dei quali si impegnava sovente in partite a carte interminabili. Nei lunghi pomeriggi assolati, mentre i genitori chiacchieravano fra loro seduti ai tavolini, i bambini giocavano a pallone nella piazza, oppure si rincorrevano nei giardini. Le ragazzine preadolescenti si radunavano su una panchina e parlottavano ridendo sottovoce mentre si scambiavano improbabili segreti sui loro primi batticuore, e si mettevano in mostra al passaggio dei ragazzi più grandi. Alcuni anziani sistemavano le sedie sulla strada davanti a casa e improvvisavano discussioni su ogni argomento, infervorandosi e cercando ognuno di sovrastare la voce degli altri per farsi sentire, col risultato che tutti gridavano, ma senza capirsi. A metà pomeriggio Toni offriva un ghiacciolo a tutti i bambini, e, se qualche genitore voleva pagare, brontolava timido "offre la casa".
     Anche il mese di luglio volgeva al termine. Giuliana aveva molto da fare nel frutteto e Mauro spesso la aiutava.
    A fine giornata erano stanchissimi. Lei preparava la cena e lui portava Socrate e Platone a giocare nel prato. Luciana aveva telefonato più del solito nell'ultimo periodo e aveva annunciato alla madre il suo arrivo per i primi di agosto.
    "Non ti dispiace vero mamma se trascorro qualche giorno lì?"
    "No che non mi dispiace. Quando arrivi?"
    "Non lo so ancora di preciso, ma penso il giorno tre. Te lo confermerò."  
    Quando sua figlia le aveva confermato il suo arrivo il giorno tre agosto, Giuliana aveva cominciato a pensare di cucinare qualcosa di particolare. Desiderava che fosse veramente una serata speciale da trascorrere insieme in allegria. Quando Luciana arrivò era già sera tardi.
    "Lucetta, eccoti qui finalmente!"
    Erano almeno vent'anni che sua madre non la chiamava Lucetta. Si abbracciarono.
    "Mamma, ma mi avete aspettato per cenare, non dovevate!"
    "Non perdiamo tempo. Lui è Mauro, presentatevi, e poi vieni subito in cucina così mi aiuti a portare i piatti. Sistemeremo più tardi la tua roba."
    "Mamma, ma quanta luce in sala da pranzo! Cosa è cambiato?"
    "Ci ha pensato Mauro. Era troppo buio. Ha creato un gioco di luci per cui dove mangiamo c'è molta luce; invece nell'angolo salotto l'illuminazione è più intima. Bello, vero? Dovrebbe fare l'arredatore."
    La cena fu piacevole e Giuliana si sentiva leggera come non era più accaduto da moltissimi anni.
    Certo non poteva immaginare ciò che sarebbe accaduto dopo pochi minuti.
    "Mamma, devo dirti una cosa importante: sono innamorata."
    "Che bella notizia Lucetta. E' una cosa seria?"
    "Sì mamma, molto seria."
    "Bene, allora suppongo che presto mi farai conoscere il fortunato."
    Seguì un silenzio che indusse Giuliana a guardare interrogativamente la figlia. Luciana sapeva di non poter più rimandare. Doveva parlare subito. Rivolse un'occhiata a Mauro e lui le sorrise incoraggiante.
    "Lo conosci già mamma.....E' Mauro."
    Fu come se tutti i cristalli della casa fossero andati in frantumi contemporaneamente e il frastuono rimbombasse nella testa di Giuliana, che inevitabilmente reagì.
    "Cosa?"  si alzò con tale veemenza dalla sedia, che la rovesciò.
    Si prese il viso fra le mani e rimase qualche secondo immobile, senza riuscire a guardare la figlia nè Mauro. Poi sollevò il viso con orgoglio e il suo sguardo esprimeva durezza, ma anche smarrimento.
    "Perciò tu....voi...eravate d'accordo! Un inganno!  Perchè!"
    Dopo aver pronunciato quelle poche parole con voce tremante si avviò fuori dalla sala da pranzo. Si sentiva umiliata e anche stupida. Sì, si sentiva soprattutto stupida.
    "Mamma ti prego, lasciami spiegare."
    Ma Giuliana stava già salendo per le scale:
    "Non voglio sentire niente. Voglio rimanere sola."
    "Mamma scusa, mamma ti prego!"
    Giuliana si chiuse nella sua camera e si sedette sul letto. Lacrime di indignazione e di delusione le rigavano il viso. Lacrime che diventarono sussulti e poi singhiozzi. Tutto il dolore, antico e nuovo, si sciolse in un pianto disperato che lei non fu più in grado di controllare. Battè i pugni sul cuscino con forza maledicendo se stessa per la sua debolezza. Poi tutto finì, e lei, stremata,  rimase sdraiata a faccia in giù sul letto, completamente priva di forze e di emozioni.
    Molto più tardi Luciana bussò alla porta della camera:
    "Mamma mi fai entrare? Sono pronta a ripartire domani mattina, ma adesso per favore ascoltami."
    "La porta è aperta". 
    Luciana entrò, si sedette sul letto e provò ad accarezzarle i capelli.
    "Non mi toccare!"
    "Va bene, non ti tocco. Mauro non voleva, ho faticato molto a convincerlo. Sai perchè si è convinto? Perchè ha capito che  stavo solo cercando un modo di arrivare fino a te. Se fossi venuta qui e te l'avessi presentato, tu l'avresti guardato, avresti subito cercato i suoi difetti e avresti detto: "Se va bene a te..." Poi con indifferenza l'avresti collocato insieme a me dietro la porta che hai chiuso  quando me ne sono andata. Ma io non volevo questo. Io volevo raggiungerti, e tu eri così lontana, volevo superare le tue difese e il muro che ti sei costruita intorno, volevo conoscerti come una donna conosce un'altra donna. Perchè io adesso sono una donna, mamma. Quando papà se ne andò, vent'anni fa, non facesti nulla per fermarlo; tu chiudesti la porta dietro di lui e lo cancellasti non solo dalla tua vita, ma anche dalla mia. Non mi hai mai permesso di parlarne. Ho trent'anni e non so ancora perchè mio padre ci lasciò. Gli addii che hai dovuto subìre, da papà, da me, hanno scavato un baratro fra te e il resto dell'umanità, un dolore che non volevi confessare neppure a te stessa, al punto di convincerti di essere felice così. Ho trascorso anni pensandoti ogni sera sola in questa casa, ma sapevo che tu non avresti mai ammesso di sentirti sola. E' vero, ho architettato un inganno e forse non mi perdonerai, ma so che è servito, e sono certa che lo sai anche tu. Da quando Mauro è arrivato in questa casa, durante le nostre telefonate, sentivo la tua serenità, l'allegria; la tua voce era cambiata e avevi perfino imparato a ridere. Oggi mi hai chiamata Lucetta, come quando ero bambina. A tavola stasera ho visto una donna che non conoscevo, ma che avrei voluto conoscere tanti anni fa, e, anche se sapevo che ti avrei procurato sofferenza, dovevo assolutamente aprire questo varco. Tanto mamma, cosa rischiavo di più? Io non ti ho mai avuta."
     Quest'ultima frase della figlia penetrò come una lama nel petto di Giuliana. Mentre Luciana parlava lei l'aveva guardata a lungo come se la vedesse per la prima volta. La voce pacata, gli occhi scuri pieni di malinconia, le mani posate in grembo che non avevano più osato sfiorarla. Sentì che l'ira stava lasciando il posto alla tenerezza. Istintivamente le spostò un ricciolo dalla fronte.
    "Quanto assomigli a tuo padre!"
    Poi le accarezzò il viso pensando che sì, era vero: Lucetta ormai era una donna ed era diventata donna da sola. Luciana non disse nulla. Non voleva rovinare quel momento così unico, il momento in cui sua madre finalmente la vedeva e tentava di parlarle:
    "Non è vero che non mi hai mai avuta. Forse non te l'ho saputo dimostrare, ma tu sei importante, molto importante per me. Quanto a tuo padre, era innamorato di un'altra donna al punto di lasciare una figlia di dieci anni. Se non bastò la tua presenza a trattenerlo, come avrei potuto riuscirci io?"
     Poi tese le braccia verso la figlia:
    "Lucetta, vieni qua." e lei non esitò un attimo. Si lasciò abbracciare, e madre e figlia rimasero così a lungo, in silenzio. Poi Giuliana accarezzò ancora il viso della figlia:
    "Non è facile per me Lucetta."
    "Lo so mamma, ma ci sono io, ed io non aspetto altro che di essere la tua famiglia. Noi siamo una famiglia, mamma, e adesso c'è anche Mauro che è un uomo buono e gentile. Un uomo che si è tanto affezionato a te e che in tutto questo periodo si è sentito profondamente a disagio perchè sapeva che ti stava ingannando."
    "Oh, Mauro!" Giuliana sembrò ricordarsene all'improvviso.
    "Non preoccuparti mamma. Si è addormentato sul divano del salotto. Lo vedrai domani mattina."
    Tutti i sentimenti negativi si erano stemperati adagio nella penombra della camera. Di nuovo Giuliana fu presa da quella meravigliosa sensazione di leggerezza che la rivelazione della figlia di poche ore prima aveva  troncato violentemente. Sì, ora era tutto chiaro: perchè Mauro le era sembrato sfuggente; perchè Socrate e Platone l'avevano festeggiato; perchè lui cercava sempre di non entrare in confidenze che non sarebbe riuscito a gestire. Concluse che i due mesi appena trascorsi non dovevano essere stati facili per lui. Poi pensò a se stessa e a quanto avesse da recuperare e da costruire. Sospirò e chiuse gli occhi.
    Poche ore dopo si svegliò all'improvviso. La luce del mattino inondava la stanza e lei si rese subito conto  che era tardi. Corse  al piano di sotto, doveva dar da mangiare a cani e gatti, ma quando fu in cucina vide che era già stato fatto ed era anche stata cambiata l'acqua nelle ciotole. Tornò allora in camera e spalancò la finestra. Nel prato c'erano Luciana e Mauro che facevano giocare Socrate e Platone con un pallone mezzo sgonfio e tutto masticato. Tutti e quattro si stavano divertendo moltissimo.
     E lei si sentiva bene come mai prima. Li salutò con un gesto.
    "Mamma, ho telefonato a Toni e gli ho detto che oggi andiamo a pranzo là."
    Giuliana non ritenne di dover parlare con Mauro di quanto era successo la sera prima. Bastò un sorriso fra loro per chiudere la vicenda.
     A mezzogiorno nel dehors de "La Pergola" una lunghissima fila di tavolini era apparecchiata sotto la vecchia vite e quando Giuliana, Lucetta e Mauro arrivarono, molti paesani avevano già preso posto a tavola. Ci fu un lungo applauso di cui lei non capi' il motivo. Capì solo che loro tre non erano lì per caso, ma che tutto era già stato organizzato prima. Poi Mino invitò tutti a un brindisi.
    "Brindiamo a Luciana e Mauro che si sono fidanzati. Sapevo che esiste il colpo di fulmine, ma uno così non l'avevo mai visto: Lucetta è arrivata ieri sera e oggi è già fidanzata."
    Tutti alzarono il bicchiere gridando "bravi" e "auguri", e Mino strizzò l'occhio a Giuliana che lo trafisse con un'occhiata che diceva: "Con te farò i conti".
    Quando ci fu di nuovo silenzio il vecchio Toni si alzò:
    "Devo dire qualcosa anch'io. Era da tempo che desideravo ritirarmi perchè sono vecchio e vorrei riposarmi. Ho avuto una proposta molto interessante, persone giovani con un progetto di rinnovamento del locale che potrà attirare gente anche da fuori. Sono molto contento di affidare il mio lavoro di tutta la vita a due persone come Lucetta e Mauro che sicuramente non mi faranno rimpiangere la mia decisione. Perciò alziamo i bicchieri e brindiamo a questi due ragazzi coraggiosi che hanno deciso di investire il loro denaro nel nostro piccolo paese. Auguri!"
    "Allora vivranno qui" pensò Giuliana. Era incredula e felice. "Vivranno qui."
    Lucetta era accanto a Toni in quel momento, lontana da sua madre che potè raggiungerla soltanto con lo sguardo, proprio nello stesso istante in cui la figlia cercava il suo. Si guardarono a lungo negli occhi, e Giuliana non ebbe  più coscienza di nulla al di fuori del loro intimo muto dialogo.
     Allora sentì che gli occhi le si riempivano di lacrime e infilò la mano nel taschino della camicia per prendere gli occhiali da sole, ma li aveva dimenticati a casa.

  • 27 novembre 2016 alle ore 20:21
    L'OSPITE (Prima Parte)

    Come comincia: Giuliana non abitava in paese. Per raggiungere casa sua bisognava percorrere la strada sterrata che si snodava solitaria in mezzo alla campagna, e dal paese portava alla frazione più vicina. Non c'era nulla che indicasse dove fosse l'abitazione, ma tutti conoscevano Giuliana, e tutti abbozzavano un sorrisetto  malizioso quando venivano interpellati su di lei: ciò soltanto perchè era considerata una persona un po' strana. In realtà non c'è nulla di strano in una persona che ha scelto di vivere sola e  di dare poca confidenza agli altri, ma si sa che la gente fa presto a etichettare qualcuno di cui non  capisce granchè. Il marito di Giuliana se n'era andato da tanti anni e anche sua figlia Luciana era partita appena raggiunta l'età adulta. Al contrario del marito che non si era più fatto vivo, la figlia spesso le telefonava vincendo l'imbarazzo di lunghi silenzi in cerca di qualcosa da dire, che non trovava. Dopo aver pronunciato le solite parole di rito "Ciao come stai?" ed avere ricevuto la risposta "Bene grazie" lei non sapeva più cosa dire e il silenzio di sua madre certamente non l'aiutava. Daltronde c'erano periodi in cui quest'ultima sembrava indifferente a tutto, chiusa in un suo mondo personale che escludeva chiunque. Da quando poi la figlia era partita Giuliana non aveva più interferito nella sua vita, rispettando la sua riservatezza. Luciana però le voleva molto bene e spesso si domandava come fosse veramente, sua madre, sentendo un grande desiderio di conoscerla al di là dei loro rispettivi ruoli. Giuliana, da parte sua, aveva accettato senza discutere la partenza del marito ed anche quella della figlia. Riempiva le sue giornate al massimo in modo da non avere alcuna residua energia per pensare troppo, specialmente prima di dormire. Era una persona diretta, per certi versi austera, che andava diritta all'essenziale, molto intransigente con se stessa, ma sempre pronta a giustificare gli altri, anche se preferiva di gran lunga tacere, a meno che non venisse incalzata con insistenza. Chi la conosceva la provocava di proposito, ben sapendo che correva il rischio di sentirsi dire cose indesiderate, ma sicuro che niente e nessuno avrebbe potuto condizionare ciò che lei avesse avuto da dire. In casa sua non c'era uno specchio che la ritraesse intera, ma anche se ci fosse stato lei avrebbe sicuramente continuato a vestirsi davanti alla finestra con gli indumenti più comodi che avesse avuto a portata di mano: un paio di pantaloni di velluto in inverno, e jeans in estate; una maglia o camicia assolutamente grande con le maniche corte, e scarpe adatte alla campagna. Lo specchio nel bagno le serviva giusto per una ravviata veloce ai capelli corti e bianchi. Se l'espressione perennemente accigliata del suo sguardo non avesse scoraggiato chiunque da qualunque tipo di approccio, e qualcuno si fosse soffermato a guardare nei suoi occhi chiari, si sarebbe potuto rendere conto che in realtà essi erano pieni di dolcezza. Forse proprio per questo lei li nascondeva dietro  grandi occhiali da sole. La sua giornata era ricca di attività: il giardino la occupava moltissimo e poi la terra coltivata a verdura. Giuliana camminava fra le file di piantine, chinandosi ogni tanto a nettarne qualcuna, attenta a non sciupare nulla. La sua vita era lì, nel silenzio umido della serra dove lei poteva respirare profondamente la natura spiando la crescita di quei virgulti di un tenero verde che si irrobustivano ogni giorno di più. Fuori i suoi due cani rimanevano in attesa per correrle incontro scodinzolanti appena  usciva dalla serra, pronti a ricevere le carezze a cui erano abituati e che lei certamente non faceva mancare a nessuno dei due. Li aveva presi al canile. Non li aveva scelti: non venivano adottati perchè di grossa taglia e bisognosi di spazio. Lei non ci aveva pensato un attimo e se li era portati a casa. Li aveva chiamati Socrate e Platone in nome del suo antico desiderio di dedicarsi agli studi di filosofia che tanto l'avevano affascinata quando aveva iniziato le scuole superiori, ma che era stata costretta ad interrompere. Socrate era un pastore tedesco di otto anni, solido e intelligente. Platone era un bellissimo pastore maremmano bianco, astuto, un po' ribelle e giocherellone. Anche lui aveva otto anni. I due cani erano cresciuti insieme e si facevano molta compagnia. Tutto il giorno vivevano all'aperto, ma alla sera entravano in casa ed ognuno di loro aveva il suo posto preferito. Socrate si sdraiava sotto il tavolo della cucina e, facendo finta di sonnecchiare, spiava ogni movimento di Giuliana ed anche dei due gatti che se ne stavano raggomitolati sulle sedie. Platone invece si sdraiava davanti alla porta d'ingresso della casa, sopra una stuoia che ormai gli apparteneva. Cani e gatti vivevano tranquillamente insieme e spesso si rincorrevano giocando, con grande preoccupazione di Giuliana che vedeva in pericolo mobili e suppellettili varie, così quando non ne poteva più, cercava di cacciare tutti fuori casa. I gatti saettavano velocissimi verso l'uscita: fra i due Chicco era il più timido e con poche falcate si proiettava sopra un armadio da dove teneva sotto controllo la situazione; Tigre invece era permaloso: si fermava di fronte alla porta d'ingresso e gonfiava la coda rivolgendo a Giuliana un miagolio indispettito prima di andarsene con fare sussiegoso. Lei amava tutti i suoi animali, il giardino, la serra, e quella casa che la faceva sentire protetta. In casa le piaceva la penombra, specialmente in certi pomeriggi d'estate quando si accomodava sulla poltrona preferita e scrutava segmenti di raggi di sole che filtravano attraverso le gelosie accostate rendendo sonnolenta l'atmosfera della sala. Giuliana socchiudeva gli occhi e si abbandonava ad un breve riposo nel silenzio  interrotto soltanto dal tic-tac dell'orologio a pendolo. A volte si addormentava, ma non era un sonno profondo, era solo una specie di dormiveglia in cui realtà e fantasia si mischiavano, e dal quale si destava all'improvviso  con uno spiacevole senso di disagio. Allora si alzava in fretta e correva in bagno a lavarsi il viso, come a scacciare ombre indesiderate. Poi si preparava il caffè e andava a sorseggiarlo in giardino. Appena si sedeva sulla panca accanto al roseto, Socrate e Platone si sdraiavano col muso appoggiato ai suoi piedi e rimanevano immobili, ma con i sensi attenti a captare la più piccola vibrazione, il più impercettibile movimento di lei.
    In un pomeriggio d'estate, mentre beveva il suo caffè in giardino, i cani drizzarono le orecchie all'improvviso e si misero ad abbaiare. Poco dopo Giuliana sentì il cigolio dei freni di una bicicletta.
    "Buoni...buoni" Fece tacere i cani e andò verso il cancello.
    "Ah, sei tu. Ciao. Cosa succede?"
    Era Gelsomino detto Mino. Tutte le volte che Giuliana pensava a lui si chiedeva come avessero potuto i genitori appioppargli un nome del genere. In paese tutti conoscevano il suo nome per intero, ma soltanto i bambini si permettevano di deriderlo. Mino ormai era abituato e non se la prendeva più.
    "Ciao Giuliana, come va? Non ti si vede quasi mai."
    "Sto bene, grazie. Non sarai venuto fin qui per chiedermi come sto!"
    "No no, certo. Stammi a sentire. C'è un giovanotto in paese, un bravo ragazzo che avrebbe bisogno di una sistemazione per un certo periodo, solo per qualche mese.  Abbiamo pensato che tu hai una casa tanto grande e che magari potresti......"
    "Non se ne parla. Non voglio estranei in casa." Giuliana era irritata. "Come può venirvi in mente una cosa del genere? Io sono una donna sola...."
    Mino rise.
    "Donna sola! Tu sei un ariete, una testa di cuoio, un Rambo!"
    "Va bene, pensa ciò che vuoi. Non se ne parla."
    Mino la conosceva da tutta la vita e capì che come primo raund era sufficiente. Doveva lasciarle il tempo di pensarci, e poi tornare alla carica. Ma mentre se ne andava le gridò:
    "Guarda che è disposto a pagare bene!"
    "Vatteneeeeeee" L'urlo di Giuliana lo investì mentre già pedalava a tutta velocità verso il paese chiedendosi perchè mandavano sempre lui nelle missioni più pericolose.
    Lei rientrò in casa.  "Rambo" rise fra sè, scuotendo la testa.
    Ma cominciò a pensare alla proposta. Era contrariata che la sua tranquillità fosse stata disturbata, ma non poteva fare a meno di pensarci. Così la sera stessa decise che aveva bisogno di un consiglio e telefonò a sua figlia Luciana.
    "Pronto..mamma???" Luciana si chiese se fosse andata a fuoco la casa, o addirittura il paese intero, o fosse imminente la fine del mondo. Non aveva memoria che sua madre l'avesse mai chiamata da quando era partita.
    "Mamma! Stai bene? Cosa è successo?"
    "Ma sì, sto bene."
    Giuliana raccontò i fatti alla figlia e lei espresse la sua opinione.
    "Mamma, almeno accetta di conoscerlo. Magari è una brava persona, la casa è grande, e la presenza di un uomo in casa può sempre convenire."
    "Ho i miei cani!"
    "Certo certo mamma, ma i cani sono pur sempre cani" Luciana si rendeva conto di muoversi su un terreno minato e decise di andare all'attacco.
    "Mi hai telefonato per avere un consiglio. Io te l'ho dato. Adesso vedi tu."
    "Questa è una risposta. Grazie." 
    Più tardi Giuliana decise che in fondo non c'era nulla di impegnativo nell'incontrare il ragazzo, e al tempo stesso lei avrebbe potuto farsi un'idea più precisa. Va bene che tanto le persone non si conoscono mai, rifletteva fra sè, perciò il rischio c'era sempre, però sì, conoscerlo era una buona idea. Così se ne andò a dormire pensando che l'indomani sarebbe andata in paese e avrebbe risolto la questione.Quando si svegliò l'orologio segnava le cinque e un quarto. Era davvero presto e avrebbe dormito volentieri ancora un po', ma quando il cervello si mette in azione, come fermarlo? Così decise di alzarsi, immediatamente seguita dai suoi quattro animali. Preparò le ciotole col cibo per Chicco e Tigre e poi per Socrate e Platone. Li accarezzò con tenerezza mentre cominciavano a mangiare e cambiò l'acqua nei recipienti come faceva ogni mattina affinchè l'avessero sempre fresca. Mentre preparava il primo caffè della giornata, il più gradito, si domandò se avere una persona in casa l'avrebbe costretta a modificare le sue abitudini, e si chiese anche come avrebbe potuto conciliare la presenza di un ospite con quella di due cani e due gatti che da sempre vivevano la casa senza alcuna restrizione. C'era però una stanza in cui gli animali non erano mai entrati perchè era chiusa da molti anni, ed era proprio la camera destinata ad eventuali ospiti. Per gli animali non sarebbe cambiato nulla. Ricordando la camera per gli ospiti, subito le venne la curiosità di andare a darle un'occhiata per capire come si  potesse presentare agli occhi di un estraneo. Salì al piano di sopra e si fermò esitante davanti alla porta chiusa: quella era stata la camera di suo padre. Quando si decise ad aprire, appena accesa la luce, subito lo immaginò seduto sulla poltrona con un libro o un giornale in mano come era solito stare. Corse ad aprire la porta finestra ed uscì sul balconcino proprio mentre l'alba irradiava la sua prima luce. Aveva bisogno di respirare profondamente per controllare l'emozione. Sotto di lei la serra e di fianco il frutteto. Suo padre aveva creato e amato tutto questo, e anche quando si era ammalato e non aveva più potuto dedicarsi alla sua campagna, si sedeva in sedia a sdraio sul balconcino e si interessava ad ogni problema pretendendo di risolvere ancora lui ogni cosa; era convinto che nessuno fosse alla sua altezza. Un autentico combattente, a volte insopportabile, che aveva lottato contro il male con determinazione fino a che, purtroppo, le forze avevano cominciato ad abbandonarlo. Giuliana ripensò agli ultimi tempi in cui lui ormai era quasi del tutto consumato dalla malattia e i suoi occhi diventavano sempre più grandi e smarriti in un viso sempre più scarno. La commozione le riempì gli occhi di lacrime che lei lasciò scendere liberamente per pochi istanti; poi sospirò e rientrò per dare un'occhiata all'insieme. La camera era spaziosa e attrezzata di tutto: letto, armadio, comodino, e una scrivania proprio accanto alla poltrona; certo i mobili erano vecchi, anche se belli e solidi, e daltronde tutta la casa era stata arredata parecchi anni prima. Decise che in fin dei conti l'ambiente era discretamente accogliente. Lo squillo del telefono interruppe i suoi pensieri.
    "Pronto"
    "Ciao mamma, sono io. Allora cosa hai deciso?"
    "Oggi vado a conoscerlo."
    "Bene, sono contenta. Ti chiamo stasera. Ciao"
    Era mattino inoltrato quando il telefono squillò anche a casa di Mino che certamente non si aspettava di sentire la voce di Giuliana.
    "Ciao Mino, sono Giuliana. Ho deciso di conoscerlo, il giovanotto, ma solo di conoscerlo, senza nessun impegno, giusto per farmi un'idea. Chiaro?"
    L'appuntamento fu deciso per le ore 17 di fronte all'unico bar-trattoria-bazar, e chi più ne ha più ne metta- nell'unica piazza del paese.
    Anche se Giuliana cercava di non dare troppa importanza al fatto, quella non poteva essere una giornata come le altre, e non lo fu. Si impegnò a fondo nella pulizia della casa, e poi nella serra e nel giardino. A mezzogiorno era stanca e non aveva voglia di cucinare perciò si preparò un'insalata. Prima di sedersi a tavola andò nella stanza da bagno per mettersi un po' in ordine. Lì, davanti allo specchio posto sopra il lavandino, si soffermò a lungo, come da tempo non succedeva, e si specchiò avvicinandosi quasi a sfiorare lo specchio, passandosi la mano sul viso e indugiando sulle rughe più profonde. Constatò quanto si fosse assottigliata la sua pelle, anche se ancora liscia e vellutata, decidendo che, in conclusione, non stava invecchiando poi così male.
    Quando ebbe finito di mangiare l'insalata e la frutta se ne andò in giardino a bere il caffè, scherzando con Socrate e Platone che le scodinzolavano intorno col rischio di farla inciampare.
    "Allora, cosa ne dite? Mi dovrò vestire elegante oggi? O come al solito!"
    I due cani la guardavano come se volessero risponderle mentre lei li accarezzava e scompigliava loro il pelo affettuosamente. Poco distante, Chicco e Tigre se ne stavano sdraiati al sole e, sornioni, osservavano la scena, apparentemente indifferenti, ma lei che li conosceva bene sapeva che quel certo modo nervoso di leccarsi a intervalli la zampetta denotava una mal dissimulata gelosia. Così si alzò e andò a coccolarli un po'.
    Alle 17 in punto la vecchia bicicletta nera di Giuliana, con lei sopra in jeans, camicia e occhialoni scuri, frenò cigolando di fronte a "La Pergola".
    Ecco, quello che aveva di bello il bar-trattoria ecc.ecc., era la pergola antistante il locale: una vecchia vite che faceva da tetto a sedie e tavolini, e in quel periodo già ricca di grappoli d'uva in via di maturazione. Neanche a dirlo, il cartello "La Pergola" campeggiava a destra dell'entrata del bar, in una scritta multicolore, chissà perchè, verticale. A sinistra invece un cuoco di cartone dal viso tondo e rubicondo invitava la gente ad entrare. Tovagliette a quadretti bianchi e rossi ed altre a quadretti bianchi e blu ornavano i tavolini, e cuscini delle medesime fantasie rendevano più allegre ed anche più comode le semplici sedie di formica e metallo. Il dehors era delimitato da grossi vasi di fiori variopinti in piena fioritura: da sempre una grande passione del proprietario.
    Giuliana riteneva tutto ciò una inutile mania di grandezza, prerogativa del vecchio Toni che pareva non essersi ancora reso conto di vivere in un paese in cui nessuno poteva capitare per caso, ed era altresì molto improbabile che qualcuno avesse un qualsiasi motivo per recarvisi. Eppure non avrebbe saputo immaginare la piazza senza il locale di Toni con i suoi colori e la sua allegria. Chissà cosa ne sarebbe stato del locale, quando lui non ci fosse stato più! Giuliana sospirò e si guardò attorno. In un angolo del dehors vide subito Mino seduto ad un tavolino insieme al giovanotto. Chiaccheravano sottovoce davanti a due bicchieri di vino, anzi di sangrìa. Lei lo capì guardando la caraffa nella quale erano ben visibili pezzi di frutta nonostante il vetro appannato. "Vecchia volpe!" pensò. Mino sapeva molto bene che a lei piaceva la sangrìa, e giocava le sue carte. Lui la vide e le fece un cenno. Lei si tolse gli occhiali per educazione, li infilò nel taschino della camicia e si avviò verso di loro.
    Il "giovanotto" si chiamava Mauro e la prima cosa di cui si rese conto Giuliana fu che lui non era così giovane come lei aveva immaginato. Era un uomo di almeno trentacinque anni, cordiale, dall'aspetto piacevole. Le piacquero di lui anche l'abbigliamento semplice e comodo e il modo di interloquire diretto ma educato.
    "Io non ho niente contro gli animali" le stava dicendo "non mi dànno alcun fastidio, anzi mi piacciono."
    La risposta di Giuliana arrivò immediata e secca.
    "Non mi sono posta questo problema. Semmai mi sono posta il problema che i mei animali potrebbero non gradire la sua presenza."
    Le orecchie di Mauro diventarono di fuoco e lei capì che era timido, ma anche permaloso. Nella sua vita aveva visto arrossire tante persone, ma mai nessuno di cui arrossissero soltanto le orecchie. Questo la divertì e pensò che se davvero Mauro avesse vissuto in casa con lei, le sue orecchie sarebbero andate a fuoco molto frequentemente. Così abbozzò un mezzo sorriso che non sfuggì a Mino che non aveva capito niente, ma subito le riempì il bicchiere, ligio al vecchio detto "il ferro va battuto finchè è caldo".
    Si lasciarono cordialmente e con la promessa che il giorno seguente Mauro sarebbe andato a farle visita. Mentre tornava a casa in bicicletta lei si sentiva bene. Il suo sguardo avvolgeva i campi e gli alberi mentre le sue narici assorbivano il profumo della campagna. Il vento le andava incontro accarezzandole il viso e lei socchiudeva gli occhi felice. Sorrise quando sentì l'abbaiare festoso dei suoi cani che già da lontano l'avevano sentita arrivare. Cosa mai avrebbe potuto desiderare di più? A casa dovette frenare il loro entusiasmo per non essere buttata per terra.
    "Buoni, buoni" rideva, mentre si sottraeva agli assalti affettuosi di Socrate e Platone. "Buoni, mi fate cadere!"
    Quando finalmente riuscì ad entrare in casa, si lasciò cadere nella poltrona preferita e rimase lì a pensare. Mentre accarezzava i suoi cani che le avevano appoggiato la testa in grembo, rivide il viso di Mauro:un viso dai lineamenti marcati sotto una capigliatura castana un po' riccia e certamente non facile da dominare. Leggere ombre azzurrine  sotto agli occhi chiari conferivano al suo sguardo un'espressione malinconica e, unite alle mascelle angolose e il naso sottile, costituivano un insieme vagamente ascetico. Ma  le labbra morbide e ben disegnate ispiravano sensualità e scoprivano nel sorriso una bellissima dentatura. Un uomo curato, attento a se stesso, sicuramente dotato di fascino, ma con qualcosa di sfuggente che Giuliana istintivamente avvertiva.
    "Eccomi già qui a elaborare congetture" pensò alzandosi di scatto.
    "Avanti ragazzi, andiamo!" E corse fuori inseguita da cani e gatti: sapevano che era giunta l'ora più bella della giornata: l'ora del gioco.

  • Come comincia: La mattina di Santa Lucia, "Santa Lösséa” in bergamasco, accanto all'urna di vetro della Maria Bambina Nascente (dono di nozze ricevuto da mia mamma Elisa, come tutte le spose del tempo) accanto alla quale la sera prima erano stati deposti una ciotola d'acqua e una manciata di fieno e "miscèla" - la farina data alle mucche- per l'asinello, noi bambini scoprivamo i doni: quaderni, matite, oppure i “basì”, caramelline zuccherate che venivano trovate anche sparse sulle scale, come fossero state davvero dimenticate dalla Santa.
    La sua notte "l'è la piö lónga che ghe séa" è la più lunga che ci sia,  perché fino al XIV° secolo e prima della Riforma del calendario attuata nel 1562 da Papa Gregorio, il 13 dicembre coincideva con il solstizio d'inverno, quindi una notte lunga, come la trepida attesa che tiene svegli fino a tardi i bambini di ogni generazione, nella sofferenza di resistere al sonno e alla tentazione di spiare la Santa che giunge con "l'asnì", l'asinello.
    L'ultima Santa Lucia è arrivata quando ero in quarta elementare e consisteva nel mio primo camioncino di plastica gialla, bellissimo. Non potevo credere ai miei occhi. Lo rimiravo e lo rimiravo estasiato senza parole, a lungo incredulo che davvero la Santa si fosse ricordata anche di me, piccolo bambino di montagna, abituato solo ad andare su e giù lungo le mulattiere, tra la casa, la stalla e i campi.
    Mia sorella invece ricevette una bacchetta di legno dipinta d'argento: per lei fu un enorme dolore scoprire che probabilmente non si era comportata correttamente. Ma anche quello strano dono era meraviglioso, brillante, luccicante. Alla fine, invece di rimanerci male, mia sorella lo usava come spada, come scettro, come bandiera, e ne era orgogliosa.
    Più tardi però, durante una delle solite sere in cui si recitava il rosario, ed io per non cadere addormentato inseguivo le ombre con gli occhi  o le faville nel camino, notai che l'argento della bacchetta era lo stesso usato per ridipingere ad ogni primavera le canne della stufa in cucina. Solo che il colore della bacchetta di mia sorella era più nuovo, non scurito dal fumo.
    Anche per il giocattolo trovai una spiegazione: le mie sorelle cominciavano a lavorare agli Honegger di Albino e probabilmente l'avevano osservato in una vetrina del "Risöl" già da alcuni mesi. Avevo scoperto il mistero.
    L'anno successivo mi alzai impaziente e ciabattai fino alla camera Bella tra il "barbèlà de frècc", il tremare di freddo, ma vicino all'urna non c'era nulla: avevano capito che io sapevo.
    Scesi da basso e ritto nel mio corto pigiama di flanella, soffocando il groppo in gola che rischiava di sommergermi, esclamai alle donne indaffarate in cucina: "Me adès 'ndò a servì mèsa. (Io adesso vado a servire messa) Quando torno voglio trovare i miei doni".
    Ancora oggi rivedo gli occhi azzurri pieni di dispiacere di mia madre, muta davanti a me, le sue mani screpolate che serravano tremanti la "bigaröla", il grembiule. Al ritorno dalla chiesa trovai alcuni mandarini, due arance, qualche noce, ma per me l'infanzia era finita.
     
    (Sulla base di una testimonianza vera, ricordi di un bambino degli Anni Cinquanta sulle montagne bergamasche, Altopiano di Selvino Aviatico, borgata di Amora Bassa))
     

  • 26 novembre 2016 alle ore 1:09
    Crash di sistema

    Come comincia: <> Crash di sistema. 

    Sperduto tra la veglia e il sonno. Brandelli di codice inutile, senza più alcun senso, mi vorticavano intorno.
    Ed io al centro di tutto, in un vuoto che andava acquistando fisicità di giorno in giorno.
    Lampi di ricordi improvvisi. Una vita intera all’improvviso.
    E poi più niente.
    «Svegliati.»
    Una voce confusa raggiunge la mia mente. Reagisco ancora con molta lentezza. Rimetto a fatica insieme i pezzi. Pezzi che giungono non so da dove. Sono miei?
    «Coraggio, è passata. Te la sei vista brutta ma è passata!»
    Apro gli occhi e una luce bianca mi acceca.
    Poi una eclisse: la testa calva di un anziano si pone tra me e la luce.
    Mi sorride: «Ricordi cosa ti è successo?»
    Ignoro la domanda, mentre una molto più importante rapisce la mia attenzione: chi sono io? Sto per aprire la bocca e chiederlo a quell’individuo quando mi torna tutto in mente.
    Una vita intera in una frazione di secondo. Ricordo tutto… quasi tutto.
    Mi concentro di nuovo sulla sua domanda.
    «Veramente no; ero al lavoro allo stabilimento quando ho perso i sensi e mi sono ritrovato qui. A proposito, dove mi trovo?»
    «Sei al pronto soccorso, hai subìto un trauma cranico. Un braccio meccanico ti è venuto addosso. Proprio un brutto incidente.»
    Per un attimo perdo la sicurezza appena riconquistata: non ero più sicuro dell’anno e del luogo in cui mi trovavo. Come se all’improvviso l’immagine che avevo nella memoria fosse andata fuori fuoco.
    Lo chiedo, esitante.
    Il medico sorride di nuovo e mi risponde prontamente: «Sei a Varsavia, è l’11 ottobre del 1939. Non devi preoccuparti, è normale: lo stato confusionale ti abbandonerà fra un po’. Nel frattempo riposati.»
    «Sì, credo di averne bisogno.»
    Chiudo gli occhi e il torpore mi avvolge nelle sue spire, fino a ché i suoni scompaiono e mi riaddormento prima di poter pensare altro.
     
     
    «Muoviti, cazzo!»
    Apro gli occhi e senza riflettere mi metto a correre. L’allarme suonava da diversi secondi, una nuova ondata era in arrivo. Corro nel lungo corridoio scuro che separa il reparto di vestizione dai nostri velivoli. Nella fretta ho lasciato l’armadietto aperto ma Bob mi aveva trascinato via con uno strattone, d’altro canto eravamo gli ultimi.
    «Cazzo, non puoi lasciare che capiti in queste occasioni!» Bob mi urla dietro con il suo solito tono agitato. Aveva sempre quel tono, anche nelle occasioni più calme.
    «E cosa credi che possa fare? Sai che non lo controllo.» rispondo con lo stesso identico tono.
    «Beh, le pillole che prendi? Prendine di più, no?»
    «Non mi stanno facendo niente, gli svenimenti e le allucinazioni continuano.» Finisco la frase e trovo un istante per pensare a quell’ultima visione: devo aver letto troppi libri di fantascienza, mi dico, per arrivare ad immaginare posti così assurdi e irreali.
    «Fortuna che a guidare sono io… Merda!»
    Il corridoio terminò, cedendo il passo al ponte di collegamento mobile: le pareti trasparenti mostravano uno spettacolo terrificante. Le navi venivano colpite prima ancora di armarsi; migliaia di esplosioni fino all’orbita più bassa.
    «Mio Dio, no!» la frase mi scaturisce da sola, dal profondo, quando mi volto a sinistra e vedo un frammento di un velivolo distrutto, che ci piomba addosso.
    «Bob, via di qui! Subito…»
     
     
    Un solo istante di buio e poi riapro gli occhi.
    I suoni sono cambiati: c’è calma  e tranquillità intorno a me.
    Non mi sento confuso, sono stordito ma mi considero lucido a sufficienza.
    «Sei fortunato, ti abbiamo preso appena in tempo.» disse una voce, con il tono di chi ripete ogni giorno sempre le stesse cose.
    «Devo essere svenuto, mi sembrava solo un momento fa di essere…»
    «Lo so, è normale in questi casi. Sei svenuto senza un apparente motivo, subito dopo aver urlato strane parole. I tuoi compagni si sono preoccupati…»
    «Ricordo bene cosa è successo, non serve che me lo ripetiate. Ma vi prego, ditemi del mio compagno.»
    «Il tuo compagno?»
    «Sì, Bob. Il sottotenente Robert Taylor, matricola numero 183643.»
    Capisco all’improvviso di non essere sdraiato, sono all’interno di una sorta di loculo trasparente pervaso da una tenue luce verdognola, sono quasi in piedi. L’inserviente che davanti a me teneva con la mano la lastra ermetica di sicurezza mi guarda come se fossi un alieno. Si avvicina e mi parla in un orecchio: «Credevo di averti già detto di smettere con quella roba: non ti potrò coprire per sempre, e comunque il tuo superiore si renderà conto prima o poi di ciò che sta accadendo. Adesso vai, coraggio: torna al lavoro. Ti è passata.»
    Mi aiuta ad uscire dall’incubatore, improvvisamente la memoria di una vita intera fatta di avventure e scorribande se ne va e un’altra prende il suo posto. Lo shock è forte, inizio a tremare. Ricordo tutto: ero un semplice meccanico di trivelle su una colonia del settore C3, ma sognavo spesso e volentieri di andarmene.
    Quando il pessimismo mi schiaffeggiava ricordandomi che avrei finito lì i miei giorni, allora trovavo altri modi per andarmene comunque…
    … droghe.
    Droghe che mi creavano una realtà parallela, che mi facevano rivivere gli antichi tempi della guerra. Droghe così evolute da crearmi un vero e proprio passato di ricordi, quasi tali da simulare anni di vita alle spalle.
    Eppure qualcosa non quadrava.
    Avevo ancora un vago ricordo di una civiltà aliena… un mondo lontano nel tempo e nello spazio, in cui ero stato un meccanico… ricordo la parola Varsavia, ma non la associo a nulla di concreto.
    Strana come sensazione, mi ripeto mentre mi rivesto: non era una allucinazione come le altre. Sembrava più profonda, familiare… pericolosa.
    «Non capisci più niente vero?»
    Una voce roca e sporca mi coglie alla sprovvista mentre sto per riprendere il turno.
    Mi volto, e faccio a mala pena in tempo a distinguere un essere dall’aspetto repellente e sudicio che mi fissa negli occhi.
    Me lo trovo a pochi centimetri dal mio naso, e questo mi impedisce di vedere la lama che tiene nascosta dietro il fianco.
    Con un movimento fulmineo agita l’arma fendendo l’aria, e con lei anche la mia gola: faccio in tempo a sentire la sua ultima frase: «Devi muoverti, capisci? La macchina controlla tutto, devi trovarla se vuoi fermarti.»
    La vita mi passa davanti. Rivedo il matrimonio e i miei figli, mentre continuo a tentare di capire perché stia accadendo. Tentare di trovare un movente.
    Ma ero ancora stordito dalla droga per rendermi conto fino in fondo che ero stato assassinato.
    Chiudo gli occhi ancora una volta.
     
     
    «Biglietti, prego!»
    La voce aveva un tono insistente e scocciato: forse non era il primo tentativo che faceva di svegliarmi.
    Il suono sordo e ripetitivo di un treno in corsa si fece largo nella mia mente.
    Apro gli occhi e cerco si stirarmi senza invadere gli altri posti a sedere.
    La luce del mattino illuminava tutto il vagone con il suo timbro dorato: all’esterno, subito oltre la ferrovia, un dirupo scendeva per diverse decine di metri, fino al mare.
    Il treno stava costeggiando il golfo di Trieste.
    Alzo lo sguardo e metto a fuoco il controllore: era rimasto in silenzio per alcuni istanti, aspettando che mi svegliassi per bene. Era alla ricerca affannosa del mio sguardo, e appena lo trovo ripeté: 
    «Biglietti, prego!»
    Ogni giorno dovevo fare i conti con il ritardo di quel maledetto treno: la coincidenza era soli sette minuti dopo e ne impiegavo circa tre per raggiungere la fermata dell’autobus.
    E quel treno faceva ritardo un giorno sì e uno anche.
    Gli consegno il biglietto senza neppure guardarlo in faccia: mi volto verso il mare, a guardare tutti quei triangoli colorati che si muovevano lentamente su di esso.
    Fra poco sarei stato a bordo di uno di quelli, e le onde, che da quassù apparivano congelate e immobili, mi avrebbero dato diverse noie, oggi.
    «… La macchina!»
    La frase del controllore era stata probabilmente più lunga, ma distratto dai miei pensieri avevo registrato solo quella parola.
    … la macchina…
    «Quale macchina?» faccio io, perplesso.
    «Non ha usato la macchinetta per obliterare il biglietto?»
    Ignoro la domanda inquisitoria di quell’individuo e un improvviso panico mi assale quando mi rendo conto di avere la mente totalmente vuota e sgombra di ricordi di ogni genere. A parte quelle poche informazioni sul fatto di essere pendolare e di dover salire su una barca a vela ogni giorno, mi rendo conto di non possederne altre. Attorno a quei ricordi c’è il vuoto, il buio completo.
    Ignoro perfino il mio nome.
    Ma la cosa più insensata è il fatto che concentrandomi su quei pochi elementi ancora in mio possesso vengo pervaso da una strana sicurezza, una certezza in una vita e un passato che, non so come, ignoro del tutto. Arrivo perfino a provare un forte senso di noia di vivere, tipico di chi ripete lo stesso “tram tram” per anni e anni, ma tuttavia non ne ho alcuna memoria.
    La voce insistente del controllore continua ad aumentare di volume, richiamando l’attenzione degli altri pendolari del mattino, mentre io continuo a navigare alla cieca nel buio della mia mente.
    In un istante mi raggiungono dei ricordi sconnessi: sono tre esperienze, tre momenti di vita che credo mi appartengano ma troppo assurdi per essere reali.
    Sono lontani tra loro. Estremamente lontani; eppure ho la strana sensazione di averli provati di recente, di averli vissuti in sequenza.
    Come dei sogni dentro ai sogni.
    A quell’ultima consapevolezza segue immediato un forte senso di nausea, un giramento di testa mi costringe a chiudere gli occhi. Se fossi stato in piedi probabilmente sarei caduto.
    Il paesaggio continua a girarmi intorno.
    Quei ricordi confusi e inconciliabili iniziano a prendere fisicità, acquistano realismo e concretezza.
    Ne distinguo sempre più i particolari.
    Decido di lasciarmi andare e non curarmi più della soluzione di tutto ciò: mi rivolgo al controllore.
    «Lei non dovrebbe darmi l’ennesima spiegazione che giustifica i miei ricordi precedenti?»
    «Come ha detto prego?»
    Il tentativo aveva fallito miseramente: mi resi conto della stupidaggine che avevo detto, o per lo meno di quanto potesse apparire idiota quella domanda, vista dall’esterno.
    «Niente, mi scusi.»
    La speranza di uscire da quel caos si dileguò in un secondo, così come era arrivata.
    Tornai a fissare il mare, in una inquietudine crescente.
    Se fosse stato realmente un sogno sarebbe stato un incubo, ma purtroppo era la realtà.
    «Se vuole può risolvere questa situazione.»
    La frase del controllore richiamò la mia attenzione e tornai a fissarlo con rinnovata curiosità e speranza.
    Forse non ero solo.
    «Può timbrarlo all’arrivo.»
    «Posso… cosa?» quell’individuo era di nuovo passato dall’essere la mia guida e salvezza all’essere la creatura più inutile dell’Universo.
    «C’è una nuova legge, in questi casi può timbrarlo all’arrivo: ecco. C’è una macchina apposta per i casi come questi.»
    Mi consegna una specie di ricevuta, non so cosa sia, non la leggo nemmeno. Non mi interessa, così come non mi importa nulla della legge di cui aveva parlato quell’individuo, che ora stava già controllando gli altri passeggeri.
    Tento in tutti i modi di ricordare qualcosa di quella nuova vita in cui mi ero ritrovato ma non c’è verso, paradossalmente ho più immagini provenienti da quelle allucinazioni o sogni che dalla realtà che mi circonda.
    Resto in silenzio a lungo.
    Il treno raggiunge il terminal e i pendolari escono con la solita fretta dagli scompartimenti.
    Io invece mi attardo, evitando la ressa: oggi non credo che prenderò l’autobus, mi dico.
    Non ho voglia. Non ne ho più.
    Scendo dal treno e una gelida folata di bora mi ricorda di essere in inverno inoltrato.
    Arriva alla spicciolata qualche remota immagine della mia vita triestina, ma sono ricordi sconnessi ancora una volta.
    Non li comprendo fino in fondo: mi appaiono come vissuti in prima persona ma non sembrano sposarsi affatto con la vita di un pendolare.
    Rifiuto quelle immagini, le allontano: voglio credere che ci sia una spiegazione logica a tutto questo. Sento di aver passato il punto di non ritorno, il limite massimo di sopportazione: se dovesse anche tornarmi tutto alla mente non credo che lo accetterei. Non mi andrebbe più bene, ormai. Non potrei andare al lavoro come se nulla fosse, anche perché non so quanto potrebbe durare la cosa, prima che qualcun altro mi svegli dicendomi che erano tutte allucinazioni.
    Non sono in grado di credere a nulla di ciò che faccio, a questo punto.
    Nella rassegnazione e passività più totali cammino lentamente, prendendomi tutto il tempo necessario per raggiungere la fine del binario.
    Prendo dalla tasca il foglio consegnatomi dal conducente: c’è una intestazione.
    Parla di questa nuova macchina: contiene un database con tutti i clienti delle ferrovie dello stato.
    Mi chiedo come possano conoscere i miei dati.
    L’inconscio mi suggerisce la risposta: i biglietti, mi dico. I biglietti sono cambiati adesso. Ogni persona possiede un biglietto personale che la identifica e che memorizza i suoi viaggi.
    Tre nuove immagini mi tornano alla mente: è assurdo, ma sulla colonia C3, che fosse stata una allucinazione o chissà cosa, c’era tuttavia uno di quei biglietti. Mi spuntava dalla tasca della giubba.
    Anche nel sogno precedente ce n’era uno: era nel mio armadietto, che era rimasto aperto quando Bob mi aveva trascinato via, verso la morte.
    E perfino a Varsavia, nel ’39, avevo posseduto uno di quei biglietti.
    Uno strano disegno prende forma, il numero di tasselli aumenta ma non riescono ancora ad incastrarsi nel modo giusto e non fanno altro, così, che aumentare la mia confusione.
    Acquisto la consapevolezza che il biglietto era sempre stato lo stesso, uno solo: l’unica cosa, forse, che accomunava quelle tre visioni e questa ultima realtà.
    Entro in stazione, mi guardo intorno e individuo la macchina in questione.
    Sembra una normale obliteratrice, ma possiede un piccolo display nella parte superiore.
    Metto una mano nella tasca sinistra e trovo il biglietto: sembra un normale biglietto ferroviario, ma manca il nome sopra.
    So che dovrebbe esserci perché il biglietto è identificativo del proprietario, ma sul mio non c’è.
    Mi avvicino alla macchina.
    Alcune persone ogni tanto arrivano, la usano e poi se ne vanno. Proprio come una normale obliteratrice.
    Aspetto che non ci sia nessuno, poi provo io: sul display compare la scritta

    <> Digitare una domanda…

    Provo a scrivere
    <Cosa sei?>.
    Attendo un po’, poi compare la scritta di errore, accompagnata dal messaggio laconico:

    <> Non è stata trovata una risposta alla domanda.

    Provo in un altro modo:
    <Qual è il tuo scopo?>
    La risposta questa volta non si fa attendere:

    <> Il mio scopo è il controllo di tutto il traffico ferroviario.
    <> Il mio database contiene tutti i clienti delle ferrovie dello stato.
    <> Gestisco e aggiorno tutti i biglietti emessi.

    Prendo il mio biglietto, lo guardo ancora una volta e lo infilo nella fessura.
    Compare immediatamente la scritta:

    <> Errore grave. Biglietto privo di codice. Arresto del sistema in corso!

    Aspetto un paio di secondi, poi il buio.
    All’improvviso scompare tutto, la stazione, la voce dall’altoparlante, i rumori, la luce.
    Il mio corpo non riceve più informazioni dall’esterno.
    I miei ricordi scompaiono, la mia mente si svuota di quel poco che aveva e si pulisce.
    Rimane solo quel display davanti a me, debolmente luminoso.
    Un cursore continua a lampeggiare.
    Dopo diversi secondi compare un ultima scritta:

    <> Kernel non trovato. Impossibile riavviare.
    <> Specificare un percorso per il Kernel di sistema.

    Non riesco più a pensare: non tanto per il disorientamento o la paura, ma semplicemente perché non ho più elementi su cui impostare un pensiero.
    L’unica cosa che mi echeggia nella mente e una sola domanda.
    “Chi sono io?”
    Vorrei guardare intorno, ma non riesco a voltarmi: non mi sento più il corpo ma considero la possibilità che non esista più.
    Ad ogni modo, anche voltandomi non credo che avrei visto gran ché: ero circondato dall’oscurità più totale.
    Aspetto ancora un po’, indeciso; poi decido di ignorare le scritte senza senso che compaiono su quel display e faccio la mia domanda. Non posso digitarla, ma pensarla è sufficiente per vederla comparire d’innanzi a me:
    <Chi sono io?>
     
    <> Sistema ripristinato.

    FINE

  • 18 novembre 2016 alle ore 12:47
    AMORI PARTICOLARI - TERZA PARTE.

    Come comincia: "Tu non l' hai più mollata a Daniele e lui vuole riconquistarti comprandoti."
    "Esattamente, a questo punto ci sono due strade: ritornare a vivere presso i nostri genitori o..." "Decideremo con calma, la notte...dimmi del secondo problema." "Cè stata una scenata fra Erik e Daniele, quest'ultimo innamorato di me non vuole più avere rapporti con lui, se non si rimettono insieme verrà fuori un casino tremendo e qui crollerà tutto.""Domattina prenderemo una decisione o meglio sarai tu a prenderla con il tuo solito buon senso, per ora mollagliela in fretta e a lungo!" Un sole domenicale filtrava fra le tapparelle, proprio in faccia ad Eva che si alzò. Bacino a! consorte che invece si rigirò dall'altra parte."Svegliati, consiglio di guerra: prima decisione rinunziare a tutto vuol dire dare addio agli agi, nessuna preoccupazione per il futuro, amicizie importanti ma rinunzia alla nostra libertà ma anche disponibilità sessuale verso tutti. Votazione: io voto per rimanere allo status quo e tu?" "Mi associo, vorrei vedere qualcuno che avrebbe optato per l'altra soluzione, l'altro problema è più impegnativo, cosa hai pensato?" "Siccome sono io il problema sono io che mi debbo mettere in mezzo a loro due per farli riconciliare." "Da quello che mi hai detto non mi sembra tanto facile convincere Daniele..." "E qui subentro io: andiamo a letto tutti e tre e troverò il modo di farli inchiappettare fra loro porca miseria!" "Ma anche tu starai fra due fuochi, chiamali fuochi!" "Voglio che tu sia completamente convinto e che non ne soffra, è solo il sesso che ci ha portato..." "Sono convinto, se possibile non farti godere in bocca, vorrei che fosse solo mia." "Ci proverò ma sarò sempre sincera o se non ti va bene ti dirò tante bugie, scegli." "Scelgo le bugie." "Bugiardo mi faresti per giorni tante domande asfissianti, solo la verità ed ora all'opera" 'Le svizzerotte erano partite, dovevano sfilare, Fefè preferì lasciare il campo libero alla sua deliziosa che raggiunse Daniele ed Erik sulla spiaggia."Ragazzi niente musi, vi voglio molto bene ad entrambi, un bacino a tutti e due e poi un piano di guerra: il pomeriggio Fefè va a trovare i suoi che non vede da tempo, alle quindici tutti in camera mia, ed ora un bel bagno rinfrescante. Daniele finalmente poteva appropinquarsi alla sua amata, i due si sorrisero, un segno di pace finalmente! Dopo pranzo effettivamente Fefè sparì dalla circolazione lasciando libero il suo posto ai due che si presentarono insieme prima dell’orario."Sono in bagno a lavare le cosine mie, Èva entrò in camera con l'asciugamano far le cosce, ragazzi datevi una mossa, che siete diventati timidi!" I due non se lo fecero dire due volte e, spariti i vestiti, si mostrarono già in armi... "Cominciamo con i bacini: da me uno a tutti e due e poi voi fra di voi. Bene ora che vi vedo in posizione io, carponi, Daniele mi bacia la beneamata e Erik il mio delizioso culino, voglio godere un po' per lubrificarmi in attesa di grandi eventi!"
    I due obbedirono all'unisono ed Èva cominciò a gemere, tutta sceneggiata a loro favore che seguitarono imperterriti, seconda finta goderecciata seguita da una terza questa volta vera."Allora cambiamo, io davanti sul fianco dietro di me Erik nel culino o in fica come preferisce e Daniele dentro Erik. Daniele non si mostrò molto contento ma ubbidì. Erik preferì il culino di Eva nella fica ci nuotava, Daniele come stabilito. Il
    trenino partì in volata, i due si davano da fare soprattutto Daniele che voleva sbrigarsi per raggiungere il suo scopo che era quello di penetrare davanti e di dietro la sua amata. Tutti a turno in bagno." Ora cambiamo io la solita posizione, Daniele dietro di me in fica o nel culino ed Erik dietro Daniele. Quest'ultimo preferì il fiorello, di culo ne aveva avuto abbastanza con Erik, quest'ultimo finalmente poteva penetrare il suo amico a piacere e ci rimase a lungo con ripetuti orgasmi tutti veri.Daniele chiese ed ottenne di penetrare il culino di Eva e quindi altro trenino.Erano le diciassette, la signora: "Ragazzi sta per tornare Fefè, ora che siamo tutti riappacificati niente musi lunghi né gelosie, io sono a vostra disposizione, vi voglio bene ma voglio che fra voi due ritornino i rapporti di una volta.”"Caro, resoconto: Daniele è venuto nel fiorello e nel culino, loro due si sono inchiappetati a turno e si sono riappacificati, io mi sento come una nave scuola, metto un po' di pomata nel due buchini, per stasera non ce n'è per nessuno, nemmeno per te. Non pensi che non debba essere solo io a sacrificarmi, mettici un pò del tuo." "Ho avuto un'esperienza con Erik che non voglio ripetere, fra l'altro una curiosità: quando Erik ha goduto dentro il mio sedere ho sentito come una pipì violenta da parte di Erik invece di uno schizzo di sperma, non capisco." "Te lo spiego io: Erik ha una sessualità particolare: quando è eccitato il pene e le palline diventano dure da sembrare legno, quando gode ha uno schizzo violento, una volta che gli ho fatto un pompino, ho tolto la bocca prima che godesse e lo schizzo multiplo è arrivato a circa trenta centimetri, ecco svelato l'arcano." Un giorno dopo l'altro...Una mattina Daniele :"Dormiglione svegliati dobbiamo andare in negozio... Ancora dormi dai.." Erik in negozio non ci tornò mai, era morto nel sonno. Il fatto nefasto cambiò un po' la vita di tutti.Una pagina di necrologio degli amici nel giornale locale; un lungo corteo di macchine dietro al feretro sino al cimitero suscitò la curiosità dei cittadini che non avevano idea chi fosse Erik Anderson. Daniele fu il più colpito dall’evento luttuoso, non andava più in negozio, passava le giornate a letto o sul divano, non leggeva i giornali che Fefè gli comprava, anche la televisione restava spenta.Eva cercava di smuoverlo in tutti i modi:"Vieni qua fammi assaggiare il tuo uccellone..."Niente da fare, Daniele si stava lasciando morire, cosa che avvenne dopo quattro mesi non prima di aver fatto testamento a loro favore ed aver rivelato il numero segreto del suo conto lussemburghese. Ora non siamo benestanti siamo ricchi anzi ultra ricchi!”
    Fefè ed Eva, che nel frattempo si erano sposati, non cambiarono il loro tenore di vita, non lasciarono il loro impiego, Eva guidava sempre la Jaguar, Fefè si comprò una Fiat 500 Abarth, trovò una pista di kart dove poter sfogare le sue velleità velocistiche ma la dipartita di Erik e di Daniele aveva cambiato qualcosa nel loro intimo. La loro casa vuota veniva sempre tenuta in ordine come se fossero stati vivi.Un diversivo piacevole era la venuta di Ursula e Ginevra con Alberto e Susanna i figli di quest'ultima nel frattempo cresciuti: Alberto molto simile al padre e Susanna spiccicata alla madre. Rimanevano anche un mese occupando l'appartamento dei defunti. Ursula si domandava ancora perché non era rimasta anche lei incinta. "Ursula ormai sei in menopausa, non ci pensare più, sei la zia di due magnifici ragazzi, consolati!"
    Fefè ed Evasempre pervasi da una tristezza infinita, non cancellabile da una vita agiata, morirono in tarda età lasciando la loro eredità ai giovani nipoti acquisiti, per loro volontà vollero che la loro dipartita fosse discreta, niente notizie funerarie sul giornale locale né corteo di macchine solo essere sepolti uno vicino all'altro.

  • 18 novembre 2016 alle ore 12:28
    AMORI PARTICOLARI - SECONDA PARTE

    Come comincia: "Ti credo dopo tre ore che siete stati insieme ci mancava pure che facessi cilecca!" Eva era stata piuttosto acida ma nessuno, tranne Fefè, l'aveva capito.Le ragazze si piazzarono in casa degli amici senza mostrare volontà di volersene andare con grande gioia dei loro ospiti.Il sabato sera ballo di rito con gli amici del circolo gay,grande allegria, alcuni facevano di tutto per accaparrarsi Eva, specialmente Daniele. Fefè si arrangiava con le due svizzerotte ma ogni tanto guardava allarmato la consorte che gli faceva segno che tutto andava bene. Rientrati in casa:"Che aveva da dirti Daniele, parlavate fitto fitto, proposte in qualche campo minato?" "Ma quale campo minato, ha voluto sapere le mie preferenze in campo automobilistico, lo sai che da sempre amo le Jaguar macchine che non perdono fascino nel tempo ed altre cose sulla sua famiglia,
    ora non ricordo." Malignamente Fefè pensò che quella domanda sulle preferenze
    automobilistiche di Eva avesse un sottofondo...Sottofondo che si realizzò una mattina di domenica quando una Jaguar ZF berlina color grigio argento metallizzato comparve nel giardino.Fefè ancora assonnato aprì la finestra e non credette ai suoi occhi, quel figlio di... "Vieni cara, viene a vedere la tua preferenza automobilistica, è proprio qua sotto." Eva guardò la macchina e poi il viso di Fefè, la cosa era esplicita:"Se è per me voglio rinunziare, sarebbe un'offesa per te, lo dirò a Daniele." "Nessuna offesa mia cara, piuttosto preparati ad un assalto sessuale peraltro ben remunerato, non mi dire che non ameresti guidarla, sii sincera." Il silenzio fu la risposta di Eva.Nell'uscire sul portone c'era attaccata ad un chiodo la chiave della Jaguar, più palese di così, la chiave rimase al suo posto.Al mare giunsero pure i due amici ma regnava il più assoluto silenzio sino a quando Erik: "Dagli almeno un bacino di ringraziamento,
    non esser così fredda, accetta il dono, è stato fatto col cuore parola mia."Più del cuore Eva pensò ad altra parte del corpo di Daniele meno nobile. Improvvisamente Eva si avventò materialmente su Daniele e lo baciò in bocca a lungo, quando si staccò: "Grazie tante era il mio sogno proibito, col consenso di Fefè accetto il dono."
    La cosa finì lì, tutti al bagno senza scherzi di costume."Ormai avrai capito che Daniele è bisessuale, ti desidera come un pazzo e da tale si sta comportando, sai quanto vale quella vettura? Da sessantamila euro in su, cosa intendi fare?" "La palla in mano a te, accetterò la tua decisione, in caso positivo andrò a letto con lui ma solo se mi porterà un certificato medico sulla sua salute e di quella di Erik, gli omo..." "L'amore, scusa se
    uso questa parola troppo grande che non uso mai, dicevo l'amore che provo per te mi dice di accontentarti, vai pure con lui..."Quel pomeriggio fu un pomeriggio di sesso totale, concesse anche quella cosa che a suo tempo Eva aveva promesso, non fu molto dolorosa piacevolmente pareggiata dal vibratore in vagina che portò la giovin signora a piacevoli orgasmi. Dopo dieci giorni il dì fatale; in possesso del chiesto certificato, Eva comunicò a Fefè che domenica pomeriggio...Erik invitò Fefè al circolo del tennis e della vela di cui era socio e così lasciarono campo libero ai due novelli amanti.Il tempo trascorreva lento, prima i due seguirono delle partite di tennis poi
    davanti al televisore ma Fefè non vedeva gran che dei programmi, ogni tanto
    guardava l'orologio.Erik:"Ce ne andremo alle venti." "Alla faccia loro sei ore che cavolo dovevano fare" il pensiero un pò sconclusionato di Fefè. Eva era in cucina a preparare la cena, niente parole inutili, ne avrebberoparlato a lungo in seguito a botta fredda..
    L'occasione fu una mattina in cui avevano deciso di non andare in ufficio. "'Te
    la senti di parlare o provi fastidio?" "Vuoi la verità o ci metto solo la mia fantasia?"
    "La verità completa." Intanto Daniele ha il pene ben più piccolo del tuo. Mi sono affidata tutta a lui: ha cominciato con un sessantanove, è molto delicato con la lingua, mi ha fatto godere varie volte, poi ha preso a baciarmi i piedi forse e anche feticista,ha apprezzato la loro bellezza e mi ha fatto tanti complimenti anche per il mio corpo. Ha baciato a lungo le tette, cavolo è riuscito a farmi godere anche così, ma ne sono meravigliata io stessa, non l'avevo mai provato. Quando è entrato in vagina ero tutta bagnata e ci galleggiava un po', abbiamo riso, finalmente ha goduto pure lui, sapeva che non posso rimanere incinta.Durante l'intervallo mi ha preso in mano il viso e mi guardava fisso, gli sono scese delle lacrime che non sapevo come interpretare. Poi la parte omo: ha preso un vibratore e l'ha posizionato nel suo didietro poi è voluto penetrare dove anche tu sei stato una volta, non mi ha fatto male e mi ha goduto dentro, fine della storia. Sono sincera, non posso dire che non è stato spiacevole."
    "Vuoi anadarci ancora?" "Sei tu il mio padrone, lo dico in senso lato capiscimi."
    Fefè aveva capito, ci sarebbero state altri incontri ravvicinati. Cercò di inquadrare la situazione:Eva se la rifaceva col fidanzato e con l'amante, Daniele aveva rapporti con Erik e con Eva, Fefè con la fidanzata, Eric con Daniele. Questo era il quadro allo
    stato attuale che forse in futuro poteva cambiare magari con l’inserimento delle due svizzerotte oppure un altro modo, boh. Sabato sera nuova serata danzante con numerosi invitati del circolo gay e con altriche Eva e Fefè sconoscevano.I due fidanzati stavano in disparte, preferivano guardare le varie coppie, forse c'era anche il
    transessuale di cui aveva parlato Daniele il quale si avvicinò ai due, prese Eva per mano e, con un inchino, le chiese di ballare.Sparirono fra la folla, si poteva parlare di folla, c'era veramente tanta gente. Il salone era poco illuminato per volere del padrone di casa così ognuno poteva farsi i fatti suoi...Dopo un po' di tempo Daniele ritornò vicino a Fefè."Ci sono due stronzi che mi hanno scippato di mano Eva, sono persone per me importanti e ho fatto buon viso a cattivo gioco ma siccome sono
    bisessuali, capisci?" "lo capisco che ci sono corna in vista per tutti edue" cercò di celiare Fefè.Daniele non si dava pace, prese a bere poi si portò dall'altro lato del salone per cercare di vedere cosa faceva la sua bella laquale ritornando vicino a Fefè:
    "Mi sto facendo un sacco di risate, c'è un cinquantenne longilineo tutto d'un pezzo con occhiali d'oro capisci il tipo ed un'altro con maglietta nera piuttosto traccagnotto che m'invitano a turno, un ballo a testa,da lontano ho visto Daniele che ci osservava, era in crisi di gelosia si vedeva lontano un miglio ed io ho fatto del tutto per fargliela aumentare. Ho ballato a turno con i due strofinandomi vistosamente e poi li ho baciati sul collo.Ognuno aspettava il suo turno di ballo per arraparsi di più: il primo mi ha
    offerto diecimila euro per stare con me il secondo ventimila, mi sto divertendo
    un mondo." "Non so se hai visto in televisione i cartelli dei prezzi nelle vecchie case chiuse:mezza lira la semplice, una lira la doppia, cinque lire il quarto d'ora, dieci lire la mezz'ora, ormai anche tu hai un prezziario, io ho sonno, me ne vado a letto, ciao." Eva si ributtò nella mischia e dopo due ore si ritirò incamera da letto."Fefè svegliati voglio raccontarti tutto il resto: ai due se ne aggregato un terzo, sai il classico sportivo atletico che non deve chiedere mai, l'ho guardato in viso e l'ho baciato , effetto subitaneo, dentro i pantaloni è aumentato di volume in maniera impressionante e allora ho cominciato a strofinarmi fin quando ho visto i suoi occhi strabuzzare, se ne
    era bellamente venuto in piedi. A quel punto è intervenuto Daniele che mi ha preso per mano e mi ha trascinato fuori dalla mischia in camera sua: "Dì la verità lo fai apposta per farmi ingelosire ma io ti punisco con il mio coso nel tuo fiorellino, come ti metti?" "Mi sono messa come voleva lui che, non contento della bemeamata, è passato nel mio didietro dove goduto, son qua!” "Giornata faticosa che ne dici di far riposare i tuoi gioielli?" La mattina di domenica, scese da un taxi, si presentarono in villa belle e baldanzose le due svizzerotte sempre ben accette dai padroni di casa. Eric:"leri sera grande ballo, mancavate solo voi." A proposito di Erik, Fefè si domandò dove si fosse ficcato durante il ballo, era virtualmente sparito.Sottol'ombrellone i quattro, Ginevra e Ursula erano andate a dormire.Fefè:"Erik hai voglia di far conoscere alla qui presente comitiva le tue avventure di ieri sera?""Preferiscodi no, che ne dici Daniele?" "Ma va, ormai siamo intimi, vai facile." "Ero con la brasiliana." "Abbiamo
    capito che eri con la brasiliana, niente vergogna, vai."
    "All'inizio mi ha fatto paura, ha un membro enorme quand'è duro ma me l'ha preso in bocca e mi ha fatto un bel pompino, proprio brava poi se l'è messo nel bel culone e
    sono venuto un'altra volta poi...è entrata dentro di me, all'inizio mi ha fatto male poi piano piano è entrata fino in fondo, ho goduto alia grande la terza volta, fine del
    racconto." Fefè:"E tu Daniele niente brasiliana?" "In
    passato ci sono stato ma da quando ho conosciuto Eva ho deciso di tagliare tutti i rapporti escluso Erik."
    "Siamo una bella famigliola, lo dico senza sarcasmo, alla base della nostra amicizia
    lealtà e sincerità, tutti d'accordo?" Un abbraccio siglò il loro patto.I pasti venivano preparati a piano terra da una signora di Torre Faro che era stata licenziata da un ristorante."Carmelaci farai ingrassare tutti quanti, bravissima!" Che ci sarebbe stato qualcosa di inaspettato Fefè l'aveva messo in conto e così fu.Una domenica Fefè era restato solo in casa perché Eva era dalla madre ammalata.
    Fefè sentì cigolare la porta d'ingresso della sua camera da letto, non gliene
    fregò più di tanto e restò a occhi chiusi.Qualcuno si era schiarita la voce per attrarre l'attenzione, all'occhio mezzo aperto di Fefè apparve la figura in boxer di Erik."Mon
    ami la domenica mattina è sacra che posso fare per te?" "Molto se vuoi."Quel
    molto se vuoi era apparso a Fefè un segnale di pericolo anche perché il proprietario della voce era rimasto senza boxer."Posso toccarti un po' se hai sonno seguita a dormire, penso ti farà piacere."Cosa dire a chi ti ha regalato un appartamento ed una Jaguar... risposta scontata.Fefè rimase a occhi chiusi quando Erik gli sfilò i pantaloni del pigiama ma ripreseconoscenza a quasi un grido: "Mamma mia!"Erik aveva preso visione del suo fallo che, benché a riposo gli era parso mostruoso."Mai visto una cosa del genere, mi fa paura lo immagino in erezione!"Al contatto con la mano di Erik mister C. innalzò la criniera con un'altra"Mamma mia"da parte di Erik."
    Erik questo offre la ditta...".Fefè posizione carponi, cosa stava preparando il biondo svedese? l'ingresso del suo 'ciccio' nella sua bocca sino alla gola, "lo sono come gola profonda che gode con la gola, una Linda Lovelace maschietto." Fefè si domandava
    come fosse possibile che un marcingegno come il suo non provocasse conati di
    vomito se spinto in gola, sensazione strana mai provata se l'avesse chiesto a
    Eva sai quanti vaffa avrebbe rimediato. Erik continuava indefesso fin quando si
    trovò bocca e gola un mare in tempesta di sperma e cominciò a ingoiarlo, buon
    appetito! Fefè a quel punto si svegliò completamente, dinanzi a sé Erik nudo, a chi poteva somigliare: aveva un pene in erezione da bambino, anche le palline piccole."Mi
    sembri l'enfante qui pisse è un monumento ad un bambino morto perché uscito di
    casa durante un temporale, è una statua che si trova in Belgio."A  Fefè venne in mente un episodio accadutogli quando aveva undici anni ed era totalmente ingenuo. Un giorno vide che una sua zia si era ritirata in bagno perfarsi una doccia,guardando dal buco della serratura vide la zia nuda che si trastullava...quella visione gli portò la conseguenza sino allora sconosciuta,irrigidimento de! suo pisellino con cui faceva la pipì.Ritorno alla realtà: Erik l'aveva piccolo ma duro, si era arrapato giocando col suo'ciccio' e ora che voleva fare?"Non so se il tuo cosone riesce ad entrare ne | mio culino..." "Noi non ce lo mettiamo ed io riprendo a dormire." "Manco per niente non rinuncio ma tu sii delicato."Erik previdente ed accorto aveva portato con sé un flacone di vaselina con cui si spalmò con generosità il suo buchino che tale non sarebbe rimasto dopol'ingresso di...Giratosidi spalle, fu lui stesso a prendere in mano 'ciccio' ed a infilarselo delicatamente... delicatamente un corno il diametro era quello che era e il
    povero Erik forse rimpiangeva... non rimpiangeva nulla se l'era infilato tutto
    dentro e si muoveva ritmicamente con mucio gusto e riuscì ad avere un orgasmo
    ma volle rimanere col pene dentro."Non ho mai provato nulla di simile, ti prego resta ancora un po' così..."Era una vera supplica e Fefè,buono d’animo da vecchio boy scout fece la sua buona azione giornaliera accontentando lo svedese il quale riporese a muoversi pian pianosin quando ebbe un altro orgasmo."Per finire fuochi d'artifìcio, mettiti in ginocchio, non ti farò male, lo sai quanto ce l'ho piccinino, accontentami ti farò un regalo grosso grosso..." Fefè pensò ad un Rolex d'oro che però non avrebbe potuto sfoggiare in ufficio, un regalo che valeva un anno e mezzo del suo stipendio, avrebbe dato nell'occhio meglio...boh Intanto Erik avevo iniziato a prendere le sue chiappe in mano,"bellissime da uomo forte" poi si dedicò con la lingua dentro il suo
    buchino che cominciava a far provare al padrone un piacere inaspettato. Sentì
    qualcosa di oleoso penetrare nel buchino e di seguito una cosa simile ad una
    supposta, era il cosino di Erik che penetrato dentro cominciava a muoversi prima piano poi sempre più veloce...Fefè:"Cavolo è piacevole non me lo sarei mai aspettato."Erik
    con la destra prese in mano 'ciccio' e cominciò a masturbarlo sino a portarlo all'orgasmo, un orgasmo doppio perché anche culino aveva contribuito notevolmente al piacere.Eriksicuramente aveva goduto dentro di lui, Fefè non si staccò, non gli dispiaceva stare in quella posizione, sentiva ancora la voglia di provare altre
    sensazioni, fece capire a Erik di muoversi di nuovo dentro di lui. Fu accontentato per circa un quarto d'ora sin quando Erik stesso, sfinito, mise fine alla pugna.Un bacio a 'ciccio' e poi rientro al suo alloggio.Per prima cosa tolse di mezzo un asciugamano sporco del suo sperma, non era sicuro di voler confidare a Èva la sua mattinata brava, si confidavano tutto della loro vita ma quella sensazione provata col sedere non andava di dirglielo, ci avrebbe penato, riprese a dormire notevolmente rilassato!Eva rientrò a casa in tarda serata, chiese a Fefè eventuali novità."Mi sono guadagnato un bel regalo, dovrò sceglierlo io, dammi un consiglio, ho scartato un Rolex per non dare troppo all'occhio, che mi dici?" "Dimmi in sintesi come ti sei guadagnato questo bel regalo soprattutto con chi con:con una modella, con Daniele o con Erik perché sicuramente c'è di mezzo il sesso." "L'ultimo che hai nominato, s'è presentato in camera che ero ancora addormentato e non ricordo bene cos'è successo.""Guardami
    negli occhi, quel che provo per te lo sai, ti amo ogni giorno di più ma la sincerità è stata sempre alla base dei nostri rapporti, pensi di vergognarti a farmi il resoconto sulle le tue reazione al contatto con Erik, fra l'altro è risaputo che ce l'ha piccolissimo e quindi..."Fefè fece un racconto preciso di tutto senza guardare in faccia Eva la quale gli girò il viso verso di lei, c'erano dei punti di cui parlava mal volentieri."Mi vien da ridere, tu tutto anticonformista mi stai dicendo che ti vergogni di aver provato piacere anche col sedere, per me è una cosa normale, l'ho provato tante volte, non è che i maschietti hanno minore sensibilità al piacere e quindi... Abbracciami, vengo sopra di te e ti massacro di baci."I giorni seguenti tutti al lavoro, la sera stanchi,la cena e poi a ninna, nessuno parlava ma sicuramente pensò Fefè fra Daniele ed Erik ci sarebbero state delle confidenze su quello che era successo.II sabato oltre ad essere quello dei sette il più gradito giorno era il giorno dei "Raccontami tutto della settimana"
    da parte di ognuno. Per Daniele e per Evanessuna novità, Erik raccontò in
    breve quello che era successo con Fefè senza entrare nei particolari, Fefè gli fu riconoscente con uno sguardo d'intesa.Daniele:"Bene ora penso che dobbiamo dedicarci anche alle nostre ospiti femminili,facciamo così, uno di noi si intrattiene con Ginevra o con Ursula e gli altri a fare i guardoni senza partecipare, poi vi spiego come, chi si prenota?"
    "Nessuno? Allora scelgo io: Fefè si dovrà fare Ursula che da quello che mi ha detto
    Ginevra non ha mai avuto rapporti con maschietti, io mi tiro fuori, preferisco stare con Eva." Tutti d'accordo. Fefè forse non lo era tanto in quanto prestatore della sua metà al padrone di casa,la gelosia è un tarlo..."Ora vi spiego come essere spettatori senza essere visti, quello specchio in fondo al salone è trasparente nel senso che per chi sta davanti è un vero specchio ma entrando nello sgabuzzino della cucina si vede tutto in sala, un po' come neifilm polizieschi.Hai capito i due mascalzoni vedevano quel che succedeva nel salone senza farsene accorgere ma dopo tutto quello che era successo fra di loro ...La notizia della grande festa in favore di Ursula venne comunicata a Ginevra a mezzo messaggino telefonico.Risposta:"Ursula vuol sapere il perché della festa in suo onore."Risposta"Che sorpresa sarebbe c'è in palio un Rolex d'oro ma Ursula se lo deve guadagnare.*"Mentre Ursula era in bagno, Ginevra illustrava ai presenti la personalità della sua amica: "Psicologicamente è una bambinona, spesso
    sono io che prendo le decisioni al suo posto ma ora s'è messa in testa un'idea
    strana, vuol avere un figlio un figlio e sai da chi?"Tutti in coro: "Da Fefè!"Fefè
    un po' meravigliato ma contento di potersi fare la svizzerotta guardò il viso di Eva, ufficialmente nessuna emozione ma dal suo sguardo... non si è gelosi di un uomo ma di una donna, soprattutto bella...All'orecchio di Fefè: "Furbacchione non far finta di niente, non vedi l'ora di infilarti dentro i buchini di Ursula, dammi solo un bacio piccolissimo, mi consolerà." "Vieni cara un bacino sulla fronte come una buona mamma.""Stronzo!" Ginevra:"Ursula ed io andiamo a farci un giro, Fefè ci fai compagnia?" I tre uscirono dal piano terra per infilarsi neH'appartamento di Fefè e di Eva. Ursula:"Ma è uguale a quello di Erik e di Daniele!"Affermazione che convinse Fefè che la diagnosi di Ginevrasulla personalità di Ursula fosse esatta.
    "Oh che bello..." Ursula cominciò a saltare sul letto ridendo.
    "Ursula ti ricordi perché siamo qua?"Certo voglio dare un fratellino ad Alberto o a Susanna."Interpretazione da parte di Ginevra: "Sono i nomi che daremo al mio pargolo se maschio o femmina."Fefè con le mani fece segno a Ginevra di andare al dunque."Ursula vuoi che ti baci il fiorellino così quando Fefè ti entra nella tua cosina non ti farà tanto male." "Si fammi un lecca lecca ma prima voglio vedere il coso di
    Fefè, mai visto un maschietto nudo." "Non ti spaventare se è molto grosso, ho portato lavasellina e poi Fefè sarà delicato." "Ma ce l'ha più grosso di un salame, tutti i maschietti sono così?" "Ursula lascia stare i paragoni, vieni che ti bacio un po',
    allarga le gambine, ecco così, vuoi che Fefè ti baci in bocca?" "No solo che mi metta incinta." "Ursula chudi gli occhi, penseremo a tutto io e Fefè.”L'interessata obbedì, la vergine gnocca di Ursula fu abbondantemente irrorata di vasellina e Fefè cominciò il difficile compito di introdursi nella gatta di Ursula senza farla urlare."Mi fa male!" "Resisti, tra poco di piacerà.""Mi fa sempre male!" "Lo vuoi o no sto figlio, hai scelto Fefè e te lo tieni, se parli ancora ce ne andiamo via." L'interessata non emise più un gemito, Fefè era riuscito atoccare il fondo della vagina, cominciò a godere alla grande con spruzzi di sperma sul collo dell'utero di Ursula."Ho sentito lo schizzo, mi è piaciuto, Fefè ci riprovi?" "Ginevra all'orecchio di Fefè:"Accontentala, sta mignotta ci ha preso gusto."Fefè dette il meglio di sé finché:"Ho sentito di nuovo lo schizzo, Fefè ci riprovi?"Ginevra: "Fefè non è una macchinetta per ora basta, resta distesa così rimarrai incinta, noi andiamo via."" Non rimarrà incinta in quanto ha avuto da poco le
    mestruazioni e non è in ovulazione, hai capito che ha il cervello di una bambina, sua madre, conoscendola, me l'ha affidata, non vorrei ripetere l'esperimento un'altra volta, le dirò che non può avere figli e così la finisce." Qualcosa però era cambiato nel cervello di Fefè,forse essere stato usato come strumento per accontentare Ursula e forse per il rapporto omo avuto con Erik lo avevano messo a disagio con se stesso. Ne parlò con Eva:"Sento il bisogno di stare solo, lontano da qui, tu non c'entri nulla non ti preoccupare, è una cosa mia." "Dimmi cosa vuoi fare, per me va bene." "Vorrei andare un settimana a Milazzo, mi piace quella città...""Diremo ai nostri amici che devi andare fuori sede per servizio, meglio una bugia." Fefè mise in moto la Jaguar, un saluto da parte di tutti, un bacio particolare di Eva e via verso l'autostrada.Svincolo
    di Villafranca, di Rometta ed infine quello per Milazzo.Entrò nel parcheggio del 'Continental', un addetto gli venne incontro e prese la sua valigia."Preferisce una stanza con vista sul mare o all'interno.” "Vista sul mare." Alle tredici scese al piano terra, il ristorante era semivuoto, solo in fondo due coppie "Ilmenu signore.""Voglio
    solo un secondo e della frutta, il brodetto di pesce va bene,"In camera mise ai minimo il condizionatore, accese la televisione e incappò in uncanale porno, il precedente inquilino di quella stanza era una zozzone.Diporno ne aveva visto abbastanza in villa, bene un corsa di moto, la sua passione giovanile.Si erano fatte le venti, uscì a piedi, il lungomare di Milazzo era pieno di giovani festanti, rimpianse la gioventù non che lui fosse vecchio ma gli ultimi avvenimenti gli avevano lasciato il segno.Andando al centro notò una piccola trattoria, forse familiare, la preferì ad un ristorante di lusso.C'erano due file di tavoli ai lato di un lungo corridoio, il padrone, un sessantenne,gli venne incontro sorridendo."È solo? Bene questo è il suo tavolo, scelga con calma."Fefè
    voleva allontanare i ricordi dei precedenti avvenimenti esclusi quelli del suo amore suo grande, Eva, la sentiva dentro il suo cuore, tutto il resto era stata una ubriacatura di soldi, di lusso, non era riuscito a non farsi coinvolgere e forse non sarebbe nemmeno riuscito ad uscire da quel giro, senza forse, si era abituato a vivere sopra le sue possibilità ,La cena fu servita da una deliziosa fanciulla circa ventenne."Il signore è nuovo di Milazzo, non l'ho mai visto, se vuole le faccio compagnia dopo che esco dal locale." "Ti ringrazio cara ma sono qui per riposare." Uno sguardo tipo "sei frocio" da parte della baby. Ogni sera Fefè inviavaad Eva per rassicurarla un messaggio solo 'ok''Aveva preso l'abitudine di dormire di giorno e uscire la sera col fresco. Nella sala
    da pranzo dell'albergo aveva incrociato lo sguardo di due signore della sua età
    piuttosto sorridenti e forse disponibili, le ignorò.Verso le ventidue percorreva il lungomare di Milazzo, sullo sfondo la costa e laraffineria illuminati, un bello spettacolo. Cambiò itinerario verso ponente,anche qui c'era un viale illuminato con ai lati case di villeggiatura, c'era molta gente in giro, tutti vacanzieri vocianti,alla fine della settimana decise di rientrare,mise ai corrente Eva con un messaggio.Il suo amore era all'ingresso, volò nelle sue braccia, qualche lacrimuccia:"Mi sei mancato da morire!" "Finalmente il figlio! prodigo",festeggiamo con una cena al Ristorante 'La Sirena'. C'erano tutti anche le due svizzerotte. Ginevra: "Ho fatto un ecografia, ho in grembo due gemelli Alberto e Susanna.In macchina Eva mise al corrente Fefè dei fatti accaduti durante la sua assenza a.Daniele gli era stato appresso tutti i giorni ma era andato in bianco, irapporti fra lui e Erik si erano incrinati perché Daniele lo aveva allontanato,
    motivo? Ogni giorno è più innamorato di me, niente rapporti omo."Signori
    co! vostro permesso Eva ed io rientriamo, sono stanco del viaggio."Fefè si spogliò e si gettò ne! letto."Fuori stè novità." "Una buona ed una meno buona." "Cominciamo
    con la buona."
    "Guarda questo appunto, che ne deduci?" "È
    la password di un conto in Lussemburgo vedi il LU iniziale, qui sono depositati
    100.000 € a nostro nome."

     

  • 16 novembre 2016 alle ore 11:35
    AMORI PARTICOLARI - PRIMA PARTE

    Come comincia: "Ti vuoi sbrigare maledetto mamalucco!"
    Al citofono  Eva aveva sfogato la sua rabbia per il ritardo cronico di Raffaele (Fefè per gli amici).La succitata stava aspettando il suo benamato col motore della macchina acceso,entro le 8,30 dovevano essere in ufficio presso la Camera di Commercio di
    Messina. Fefè si presentò con mezzo cornetto in bocca uscendo dalla casa dei
    suoi genitori, sicuramente non aveva finito la colazione. Entrò in auto lato
    passeggero aspettando, come previsto, una sgommata della sua bella che, in tal
    modo, sfogava la sua rabbia. Ma non era finita:
    "Mentreio vado a posteggiare al 'Cavallotti' tu entri e timbri pure per me."
    Raffaelein fondo era un filosofo, alle sfuriate di Eva cercava di farsi perdonare con
    un bacino ma non sempre ci riusciva come questa volta fu allontanato con una
    gomitata.
    "Maalmeno sai chi erano i mammalucchi, penso proprio di no."
    "lopenso di si, erano soldati mercenari turchi ma in italiano vuol dire sciocco
    stupido come sei tu, non fare il saccente solo perché hai frequentato il
    classico"Laloro era una storia particolare: erano ambedue nati venticinque anni addietro,abitavano nello stesso palazzo di via Ghibellina. Amici sin da piccoli (Eva già
    da allora era una peste) avevano frequentato le stesse scuole sino alla terza
    media poi Raffaele si era iscritto al liceo classico mentre Eva in ragioneria.
    Vincitoridello stesso concorso alla comunicazione ufficiale della notizia Eva:
    "Eccoci mancava solo questo, pure in ufficio ti devo sopportare!"
    Ma in fondo era tutta una sceneggiata da parte della dulcinea, amava profondamente
    il suo Fefè. Il loro primo rapporto completo a quindici anni l'iniziativa, ovviamente,
    da parte di Eva."Che ne dici se facciamo l'amore come i grandi?"
    "Vuoi scopare."Ci mancava pure il triviale, ad ogni modo te lo devi guadagnare il mio
    fiorellino!" Eva era giunta a questa decisione allorché frequentavano la
    terza media in quanto si era accorta che una certa Belinda (quella aveva pure
    un nome da stronza) girava sempre più attorno al suo amato e, facendo un
    confronto fisico, lei ne usciva perdente, la cotale più alta di lei di dieci
    centimetri non scherzava in quanto a tette e popò e forse aveva già avuto
    rapporti completi con qualche compagno di scuola.Unafoso d'estate i loro genitori avevano deciso di andare insieme al mare."Sai che facciamo, usiamo la camera da letto dei miei, c'è pure l'ariacondizionata. Eva ancora una volta aveva pianificato tutto, un suo lenzuolo suquello dei genitori per evitare che qualche schizzo...inoltre si era procuratauna crema lubrificante e i preservativi , ci mancherebbe pure che restassi
    incinta, ne verrebbe fuori, povera stella, un mammalucchino! w
    "Lavati bene l'ultima volta il tuo 'ciccio' puzzava di formaggio!"
    non era vero, una provocazione more solito.Ambedueletto Eva:
    "lo sono per la posizione del missionario, per la prima volta è la migliore."
    "lo sono ateo preferisco la cavalcante anteriore, come la mettiamo?
    "Ti sei indottrinato col Kamasutra ma io insisto.""Tiriamo a sorte, io scrivo due bigliettini con i relativi nomi, quello che esce comanda.".Uscito il nome di Fefè, Eva cominciò a piangere o meglio a far finta, il maschietto questa volta si dimostrò tale o meglio ci provò.""Ho vinto e si fa a modo mio!""Tiprego chiedimi qualsiasi cosa..."
    "No ti rimangi la parola?" "Imiei genitori sono siculi, la parola va rispettata!" "Bene
    dopo aver assaggiato il fiorellino vorrei girare pagina.""Seiermeneutico, non capisco."
    "Intanto non offendere, ermeneutica ci sarai tu, (Fefè fece il finto tonto), la
    richiesta è quella di una inchiappettata.""Finiamola una buona volta, che cavolo vuoi?"
    Provare il tuo delizioso popò!" " Te lo puoi dimenticare!" "Comela metti  che la parola va rispettata?" "Insomma siamo qui per il gran giorno del mio passaggio da giovinetta a donna e tutto finisce in una stupida discussione, per la promessa si vedrà in futuro."
    Fefè  si tenne sul classico: baci in bocca e sulle tette, cunnilingus con doppia goderecciata di Eva."Ti prego mettiti il preservativo, non c'è bisogno della pomata, dentro la vagina sono un lago, maledizione mi sembra che oggi ce l'hai più grosso, tutti i difetti ce li hai tu." "Non immagini quante mogli ti invidierebbero,una gentile signora una volta mi disse che la cosa più grande di suo marito era la cravatta!" "Brutto porco allora te la sei scopata !" "Era la madre di un nostrocompagno di scuola, è stata lei a provocarmi,  non potevo tirarmi indietro!" "Ne riparleremo in un altro momento, per ora ti dico solo vacci piano!"Fefè baciò di nuovo il fiorellino sacrificale, ci puntò  la cappella del suo riccio senza muoversi per vedere la reazione di Eva."Che sta succedendo o
    meglio che non sta succedendo, vuoi sbrigarti?"Fefè fu molto delicato, Ciccio penetrava lentamente con qualche flebile lamento da parte della novella sposa, pian piano arrivò in fondo al delizioso tunnel e provò un intenso orgasmo rimanendo sul corpo dell'amata."Fefè possono tornare i miei genitori, torna a casa tua e grazie
    per la tua delicatezza."Eva non era il tipo dal ringrazio facile, l'interessato l’apprezzò.
    Molto era cambiato nei rapporti fra i due amanti, non appena ne avevano l'opportunità
    la prendevano al volo ma nessuno dei due riprese l'argomento della promessa di
    Eva.Un giorno sul letto dei suoi genitori, Fefè girò la beneamata e cominciò a
    baciarle il buchino posteriore."Non ti fa pena, con quella mazza che ti ritrovi!"
    "Un escamotage: io compro un vibratore, lo inserisco nella tua Tata e mentre tu
    godi io pian piano cerco di entrare, se ti fa troppo male mi fermo subito.""Mò
    ci voleva pure il vibratore, che fantasia! Mi devo convincere psicologicamente,
    quando sarò pronta lo vedrai nei miei occhi, purtroppo per me ti amo.""Ed
    io invece no e non ti sposerò mai!" "Sposarti,sarei folle stare insieme a te ventiquattro ore su ventiquattro e chi tisopporta!" "Vuol dire che senza il vincolo del santo matrimonio (anzi non santo perché ti sposerei al Comune) sarei libero di andare con le signore i cui mariti hanno il nodo della cravatta più grosso del pene." "Se ci provi e me ne accorgo fai la fine di Bobbit quell'americano la cui moglie ha tagliato l'uccello e non scherzo!" A Fefè bastava l'intimità con Eva, ogni volta le faceva provare qualcosa di nuovo e così niente signore.Un evento cambiò la loro vita: in vista dell'estate decisero di comprare dei costumi da bagno, entrarono in un negozio che già dalla vetrina dimostrava di avere buona merce.I padroni accolsero i due fidanzati con calore, uno era biondo,  occhi azzurri,  corporatura media,  Daniele più alto di statura classico tipo mediterraneo.Cominciarono a provare i costumi: Fefè ne scelse uno classico blu con risvolti bianchi, Eva due bichini ridottissimi, uno di colore azzurro mare e l'altro rosa."Ma ti si vede tutto chediranno i tuoi genitori." "Lascia stare i genitori, dì piuttosto che sei geloso!" Fefé in passato aveva dimostrato di essere immune da tale sentimento, ora... "Ma lasci stare, la signorina ha un fìsico fantastico, Aveva parlato il biondo in italiano con classico accento di un paese nord europeo.Poi era intervenuto il tipo mediterraneo:"Intanto ci presentiamo: io sono Daniele e questo è Erik svedese che in vacanza a Messina si è innamorato della città e del sottoscritto."Più chiaro di così."lo sono Raffaele, Fefè per gli amici e questa gentile signorina mia fidanzata Eva.""Fidanzata non si sa sino a quando." "Sietedue giovani simpatici, sarebbe per noi un piacere invitarvi a cena a casa nostra a Torre Faro, questo è il nostro biglietto da visita, teniamoci in contatto." In macchina i commenti:"Ti sei accorto che sono omo, non so se sia il caso di frequentarli." "Non essere conformista di cosa hai paura che ti si inchiappettino, per quello ci penso io." "Sei il solito buffone,va bene andremo a quella cena." L'invito arrivò dopo dieci giorni:"Sono Daniele quello dei costumi da bagno, l'invito a cena è per sabato alle venti. Noi abitiamo in una villetta a schiera che si trova fuori Torre Faro, duecento metri dopo il ristorante ' La Risacca dei due Mari', vi guiderò col mio telefonino.Eva quella sera era uno spettacolo: trucco alla vamp, camicetta rosa e ampia gonna turchese quasi trasparente che faceva intravedere un bichini ridottissimo, tacchi alti che Eva non amava ma per l'occasione..."Si caro sono andata dal mio parrucchiere e c'era un'estetista che mi ha combinato così, che ne
    dici?" "Che sei deliziosa ma se ti sei fatta bella per quei due...""lo lo faccio per me stessa ed anche per te, con me al braccio farai un figurone!" "Speriamo che non mi prendano per un magnaccia.” Daniele al telefonino: 'Ti vedo, entra nel primo cortile che incontri, sei arrivato." Poi venne  loro incontro."Scusa se le ho dato del tu." "Va benissimo." Erik è in cucina, in Svezia era un bravo chef e qui non è da meno, si è adeguato alla cucina mediterranea."Fefè estrasse dalla borsa frigo una confezione di lingotti di gelato ed una bottiglia di spumante Ferrari" "Erik vieni a vedere cosa hanno portato i nostri ospiti."Erik si presentò col grembiule da cuoco:"Che splendida signora, quasi quasi cambio gusto, lascio Daniele e mi metto con lei." Fefè: lassa perde Eva e dicci cosa hai preparato di buono.”  "Una sorpresa, Daniele prepara gli aperitivi, io finisco di cucinare."Tavola ovale imbandita:classici tre bicchieri di cristallo, piatto da sottofondo, posate d'argento! Mih. Risotto cozze, vongole e frutti di mare, gamberi impanati, trancio di dentice,involtini di pesce spada e poi un'insalatona mista coloratissima.” "Aho, invece de vende costumi da bagno è mejio che apri 'n ristorante."
    "Non ci fate caso, Fefè è stato un mese a Roma presso parenti e ha acquisito
    l'accento romanesco,  è solo ridicolo lui messinese buddacio.""Che vuol dire buddacio
    in svedese come si dice?"La domanda era diretta a Daniele:"Sarebbe dire come sciocco, ingenuo, in svedese non lo so."Una cena da ricordare, i quattro uscirono sul prato antistante la casa e si spaparazzarono su poltrone e su divani a dondolo.Fefè tirò fuori la pipa:"Il fumo dà fastidio a qualcuno?" "Si a me!" "Ma chi t'ha chiesto gnente madame coccodè!" "Voi due siete un teatrino, ci fate ridere, andiamo sulla spiaggia, non c'è vento e la luna illumina il paesaggio, guardate li in fondo la Calabria." Erik dimostrava  così il suo amore per la terra di adozione."Domattina potreste venire a fare il bagno, ci saranno due nostre amiche molto simpatiche." "Chiedo a Fefè il permesso di parlare, posso?" "A li morté..." "Domattina alle nove saremo qui sempre che il signore riesca a svegliarsi in tempo!"E così fu, alle nove in punto, posteggiata la Peugeot sulla strada suonarono alla porta di Erik e di Daniele che in costume da bagno e muniti di ombrelloni e sdraie si avviarono sulla spiaggia."lo ho mangiato da poco e quindi niente bagno per ora, la compagnia ve la potrà fare la qui presente che si sveglia coi galli." La replica fu uno sguardo minaccioso di tempesta da parte di Eva, Fefè se ne fregò e rimase solo sotto l'ombrellone.Ad un certo punto un'ombra oscurò il sole, Fefè aprì gli occhi e si trovò dinanzi due figone che più figone non si può."Posso esservi utile ma io sono un'ospite, i padroni sono in mare con la mia ragazza.""Noi siamo Ginevra e Ursula amiche dei padroni di casa."Fefè si alzò, fece un inchino con falso baciamano, una sceneggiata avrebbe detto Eva. Le due ragazze si tolsero i vestiti e rimasero in un  bichini che al loro confronto quello di Eva poteva sembrare quello delle nonne del primo novecento. Fefè non sapeva dove indirizzare lo sguardo quando le due rimasero in topless, per fortuna erano lontano dagli altri bagnanti. Al rientro dal bagno Erik e Daniele si,profusero in effusioni con le nuove venute, che fossero bisessuali, boh. L'unica rimasta piuttosto fredda era ovviamente Eva che dinanzi a tale beltade aveva perso la parola."Ginevra e Ursula sono due modelle svizzere che sono venute a Messina per presentare una collezione di vestiti presso la boutique Randazzo,ora sono alloggiate al Jolly hotel, per una settimana ci faranno
    compagnia." Così parlò Daniele. Erik nel frattempo, rientrato in casa,aveva portato  bibite fresche ben accette a tutti. Ginevra e Ursula per ringraziare lo baciarono in bocca e poi un rapido bacio fra di loro. Fefè faceva l'indifferente spostando lo sguardo verso il mare ma Eva aveva piantato un faccia un bel punto interrogativo, come darle torto! In loro aiuto venne Daniele:"Ginevra e Ursula sono per noi come due sorelle, si sono sposate in Germania." Eva: "Perché non portano l'anello al dito?" Frase infelice che fece sganasciare dal ridere tutti, Fefè compreso.. lo dovrei fare lo chef ma tu saresti un'ottima attrice comica, un bacione in fronte." "Parlateci di voi, siete fidanzati,
    conviventi oppure..." "Niente di tutto questo, ogni tanto scopiamo ma poi lo rimando a casa dei suoi genitori, stare con lui è una lagna continua."Eva si era sbilanciata forse presa dall'atmosfera surreale di anticonformismo che regnava. Ginevra: "Fefè sentiamo la tua versione non mi sembri molto convinto." "La qui presente ha detto la verità, vengo trattato da zerbino." "Cosa essere zerbino."Daniele: "Quel tappetino che si mette dinanzi la porta dì ingresso per pulirsi le scarpe prima di entrare in casa." "Ti vedo maluccio, vieni dalla cugina Ursula che ti coccola un po'." "Il pupo me lo coccolo io..."Risata generale, "Sei una tigre col suo cucciolo, noi non amiamo gli uomini,
    preferiamo le femminucce!": Fefè.”Anch'io!"Altra risata generale,  Eva era rimasta spiazzata, lo capì e si mise a ridere anche lei. "Noi vorremmo un figlio ma non da un tipo nordico,preferiamo un bel bruno ma Daniele non è adatto, Fefè sarebbe il tipo giusto e non avrebbe problemi perché noi viviamo lontano da Messina, sempre col tuo
    permesso.” Eva era rimasta senza parole, per un tipo come lei...stranamente rispose:"Ci penseremo, addio a tutti."In macchina silenzio sino all'arrivo
    sotto casa:”Ti sarai meravigliato della mia risposta ma c'è un perché che tu non conosci, sono andata dal ginecologo, dopo svariati esami il verdetto: non potrò avere figli..." "Parliamo francamente, anche se talvolta sei una rompiballe ti amo profondamente e di un pargolo non me ne frega niente anzi siamo fortunati così possiamo scopare senza problemi." "Per me è una tragedia, avrei voluto un ranocchio che assomigliasse e te brutto stronzo ma non l'avrò mai..." pianto di Eva."Cerca di ricomporti sennò a casa cosa penseranno, vieni da Fefè tuo che ti asciuga le lacrime e ti consola, magari mi puoi fare un pompino.Lo schiaffo fu parato da Fefè che se l'aspettava. "L'ho detto per sdrammatizzare." "Sdrammatizzare un corno, ti conosco sei un porco!"Per cinque giorni nessun contatto con Erik e Daniele poi una telefonata:"Sabato festa danzante a casa nostra, ricchi regali e cotillons, siete invitati, inizio ore ventuno .”Gli avvenimenti parevano aver cambiato il caratteredi Eva, più nessuna battuta acida, affettuosa e accondiscendente alle richieste  di Fefè, un'altra Eva con gran piacere dell'interessato. Alla festa oltre a Ginevra ed a Ursula c'erano molti altri invitati che Eva e Fefè classificarono appartenenti al circolo gay di piazza
    Cairoli, tutte persone socievoli, distinte, allegre, disinibite. Si.presentarono sponte loro ad Eva ed a Fefè facendo loro i complimenti:"Siete una bella coppia.", Eva fu invitata a ballare da un certo Alfio, Fefè si accorse che i due parlavano in continuazione ed Eva spesso rideva, praticamente la giovin signora passò la serata con lui.A quelpunto Fefè su buttò su Ginevra quella bruna, Ursula era bionda, guardandola negli occhi scoprì una personalità complessa, non era una sciocca, Fefè non sopportava le donne stupide, aveva una bella voce, le chiese se era lei che voleva un figlio. Si proprio lei ed aveva dinanzi un eventuale futuro padre ma niente provette, tutto al naturale...Ginevra era stata esplicita, figurati se Fefè non era d'accordo ma forse una certa Eva avrebbe avuto delle obiezioni, giuste obiezioni..."Ho visto che ti divertivi col quel signore, ridevi sempre e non ti sei stancata di ballare."ballare."  "Lo sai bene che è gay quindi niente gelosie, l'entrata in questo ambiente ha rivoluzionato il mio modo di vedere un po’ tutto cominciando dal sesso, non so cosa mi sia successo, è per me inspiegabile, forse sto vedendo le cose anche dal loro punto di vista, me ne sono meravigliata io stessa. Tu non ci hai fatto caso ma quella brunona brasiliana che ballava con Erik era un trans.""Ero troppo attento a quello che mi diceva Ginevra, anch'io sono confuso, ne
    riparleremo a mente serena."Il giorno dopo in ufficio:"Non ti arrabbiare ma voglio dirti quello che mi ha proposto Ginevra, senza ipocrisie. È lei che vuole un bambino ed io sarei, tu permettendo, il futuro padre ma tutto al naturale senza provette."Eva non aveva risposto, era entrata in crisi, non potendo avere figli avrebbe voluto conoscere un marmocchio di Fefè, era una pazzia, forse no, avrebbe chiesto solamente di poterlo vedere ogni tanto senza troppe intromissioni nella sua vita, solo vederlo ogni tanto, questo era la sua condizione.La notizia comunicata per telefono a Daniele ebbe l’approvazione  entusiasta anche di Erik oltre che di Ginevra e di Ursula ma come organizzare l’evento? Ci pensò l'interessata che propose un piano: letto matrimoniale prestato ai due temporanei amanti, gli altri avrebbero aspettato l'evolversi dell'evento davanti alla tv tanto per non pensare ai due in love.La sera seguente alle ventuno Eva e Fefè si presentarono in villa.. Grandi abbracci fra tutti e risolini per mascherare un certo imbarazzo, anche i gay si imbarazzano davanti all'eventuale nascita di un bebé che avrebbe avuto oltre la mamma tanti zii. Ginevra prese per mano Fefè e i due scomparvero dietro una tenda. In bagno Fefè  entrò subito in erezione con la sua proporzione fuori del normale e con sguardo un po' atterrito di Ginevra. "Non ti preoccupare so essere molto delicato." "Stiamo un po' abbracciati, vorrei della tenerezza,non sono più abituata ai maschietti. Quando ero in college ho avuto varie avventure etero ma nessuno lo aveva come il tuo. Vorrei dirti il motivo del mio rapporto con Ursula, è cominciato quando stavo con un giovane  molto bello e desiderato da tutte, mi ha fatto molto soffrire per le sue avventure con altre ragazze. lo dividevo una stanza con lei: un giorno mi trovò che piangevo  per colpa del mio amico, l'avevo trovato in camera sua con un'altra, piangevo a dirotto e Ursula mi ha consolato tanto che ha cominciato a baciarmi tutta e così è iniziata la nostra relazione, ho scoperto il mio lato omo, da allora siamo sempre insieme, anche lei è modella e giriamo un po' tra la Svizzera, la Germania, la Francia e l'Italia. Da allora non sono stata più attratta dagli uomini ma appena ho visto te...l'ho detto alla mia amica che non si è dimostrata gelosa quando le ho manifestato il proposito di avere  un rapporto con te anche perché avevamo programmato che io avessi un figlio.Fefè inizio il suo repertorio con un cunnilungus delicato, Ginevra apprezzò subito e dette segni di goduria .L'ingresso in vagina, anche se effettuato dolcemente, fece sobbalzare Ginevra che pian piano si rilassò e dette vita ad una serie di orgasmi multipli tanto dameravigliare anche Fefè. "Resta dentro finché puoi anche se non sarà più duro così sarò più sicura per una gravidanza." Ma quale ammosciamento, Fefè rimase anche lui meravigliato, il suo 'ciccio' non ne voleva sapere di ritirarsi in buon ordine e così riprese a muoversi dentro Ursula che apprezzò ricominciando le godurie."Sento la vagina un po' irritata." Gli amici di là si saranno addormentati, s'è fatta l'una, tu rimani qui io vado a raggiungere Eva.",Nel salotto, sbracati sui divani, nessuno aveva voglia di parlare, il viso di Fefè era di per sé una visione di quello che era successo.Giunti a casa senza il bacino di rito, si misero a letto.Passarono vari giorni, l'argomento sesso non venne trattato dai due fidanzati, finché non giunse la telefonata di Daniele:"Ci siamo perduti, cos'è successo?" "Abbiamo avuto molto lavoro in ufficio, niente di particolare. " "Sabato invito a cena da noi, c'è una grossa novità per voi, ciao." Daniele ed Erik erano vestiti di bianco dalla camicia alle scarpe."È questa la nostra divisa quando c'è un avvenimento importante, lo sveleremo a fine pasto." Erik:"Allora arriviamo al punto, se non abbiamo capito male abitate con i vostri genitori, giusto?" "Vero,vorremmo Fefè ed io una casa nostra , cerchiamo da mettere da parte qualcosa ma col nostro stipendio..." "Bene trovata la soluzione, abiterete nell'appartamento qui sopra di nostra proprietà, non l'abbiamo voluto affittare per ovvi motivi di riservatezza nemmeno ai nostri amici ma con voi siamo giunti ad un legame di affettuosità e di stima, che ne pensate? " "Siamo stupiti, non preparati a quest'offerta, naturalmente vi pagheremo l'affitto.." "Maquale affitto, noi siamo ricchi , ve lo intesteremo questa è la proposta."Fefè ed Eva avevano l'espressione di Alice nel paese delle meraviglie, si guardavano negli occhi senza parlare.""Avete perso la voce?" "La vostra gentilezza e generosità oltre che commuoverci come potete immaginare ci ha sorpreso, dire no ad una tale proposta sarebbe insensato, non vorremmo essere invadenti nella vostra vita privata..." "Nonc'è problema, l'appartamento-di sopra, peraltro ammobiliato, ha un'ingresso proprio e una scala a chiocciola interna che li unisce con una porta di divisione, anche noi teniamo alla privacy, allora affare fatto?" "Vorremmo prima parlarne con i nostri genitori non specificando che è un regalo da parte vostra."
    In macchina:"Eva ragioniamo sopra, quell'appartamento fra l'altro pure ammobiliato vale un patrimonio...cosa vogliono veramente da noi, niente rapporti sessuali ai quali
    non mi potrei abituare.”   " Ne so quanto te, siamo così simpatici da ottenere  si grande regalo, forse gli omo hanno un diverso modo di ragionare, piace loro vederci insieme felici ed averci a portata di mano per compagnia...boh" I relativi genitori non erano affatto felici della notizia loro fornita dai rampolli " Vivere insieme senza essere sposati..." "Papà te ho venticinque anni, io e Fefè abbiamo bisogno di una vita privata."
    Ci vollero un paio di giorni per il trasloco degli oggetti di ciascuno, alla fine tutti soddisfatti i novelli conviventi invitarono a cena Erik e Daniele, cena che sarebbe stata preparata da un'inedita Eva con qualche dubbio da parte di Fefè:"Sei sicura di essere all'altezza, non faremo una brutta figura?" "Mia madre è una signora all'antica e nei ritagli di tempo ha voluto insegnarmi a cucinare, ti stupirò."Quel sabato Eva fece il giro dei negozi per prepararsi alla pugna culinaria col risultato di:risotto cozze e vongole. seppie e pannocchie in brodetto (delizioso), trancio di pesce spada arrosto, contorni di verdure. Finale ananas, gelato al limone e caffè. Applausi da parte di tutti.Daniele: "Sei una sorpresa piacevole, sinceramente pensavo alla mia ulcera..."e inaspettatamente prese a baciare Eva in bocca, la cotale non osò tirarsi indietro anche se decisamente meravigliata, meravigliato pure Fefè che fece l'indifferente.La mattina seguente alle nove al mare."A parte l'ammirazione per le tue arti di cuoca ho visto un Daniele troppo interessato a te, che sia bisessuale?" "L'ho pensato anch'io,non è un brutto uomo ma..."Al sopraggiungere dei padroni di casa la conversazione cessò. Erik:"Ieri sera ho mangiato come un lupo ma non mi sento appesantito a parte il fatto che stamattina non ho fatto colazione, di nuovo complimenti, Fefè sei un uomo fortunato."Alle undici tutti in acqua, scherzi da parte di tutti con finale di togliersi i  costumi  con evidenti denudazioni in bella vista, al centro dei giochi la bella Eva  con grandi risate da parte dei due omo, un po' meno da parte di Fefè che non fece nulla per far finire quel gioco.Riposino pomeridiano poi la sera al ristorante 'La Sirenetta' un locale famoso per il buon cibo e molto ambìto dalla Messina bene, sicuramente era stato prenotato molto tempo prima.Nulla di nuovo sul  fronte sesso. Erik e Daniele al negozio, Fefè  ed Eva in ufficio, tutti  senza incontrarsi per vari giorni. Il cambiamento avvenne all'arrivo di Ursula e di Ginevra."Una grande e piacevole novità, sono incinta, sto zozzone c'è riuscito."

  • 15 novembre 2016 alle ore 15:50
    Profumo d'Ottobre. Un autunno di ricordi

    Come comincia: Pagine e ricordi

    Claudia

    Sentivo il rumore dei passi e il mio nome ripetuto più volte, mi cercavano in tutte le stanze, ma nessuno conosceva il mio rifugio ed ero intenzionata a stare lì anche tutta la vita. Non c'era niente dall'altra parte della libreria che m'interessasse e, seduta nell'angolo buio, pregavo il Signore affinché mi facesse morire. Avrei rivisto così mio padre e conosciuto finalmente mia madre. Si dice che avere una mamma sia importante, ma io che ne sono orfana da quasi appena nata, che fine avrei fatto adesso che era morto anche papà? Per me la persona più importante era stata lui, ma quel maledetto infarto lo aveva portato via e io non volevo più vivere.

    Amanda, la domestica assunta dopo la perdita di mia madre, continuava a chiamarmi, girovagando per la casa, ma decisi di non rispondere neppure a lei e afferrai dalla tasca il mio diario, l'unica cosa che avevo portato con me. Aprendolo, cadde una foto dove mamma e papà si abbracciavano felici e con loro c'ero anch'io, avvolta in uno scialle. La mia testa era già piena di capelli, così ricci da sembrare una parrucca, le guance erano paffute e rosee.

    – Signorina Claudia, vi prego, venite fuori. – Amanda entrò nella stanza e si fermò a pochi passi da me. Piegai le ginocchia, abbracciai le gambe e guardai il soffitto. “Non mi troverà qui dietro.” mi dissi. Quando se ne andò, feci un sospiro di sollievo e ripresi a leggere.

    “Caro diario,

    oggi io e papà siamo andati al lago, abbiamo giocato molto, poi mi ha dato i pennelli e una tela. Ho fatto uno scarabocchio, ma lui mi ha detto che se mi piace dipingere, presto diventerò più brava. È vero, io me lo sento. Diventerò una pittrice, viaggerò tanto, visiterò tutto il mondo e ogni volta porterò a casa un bel quadro e tu, papà, sarai orgoglioso di me. Adesso ho tanto sonno, nuotare mi stanca.

    Buona Luna, mio caro diario Claudia”

    Dai miei occhi uscì una lacrima, ricordavo ancora tutto: il lago, le colline, la tela con lo scarabocchio e lui, alto, bello e con la testa piena di capelli come me. Mi distolse da quel ricordo un altro rumore di passi, ma questa volta più pesante e di sicuro non era Amanda. Cercai di non fare rumore, chiusi il diario, poggiai l'orecchio al retro della libreria e mi misi ad ascoltare. Poteva essere lo zio e io non volevo vederlo. Al solo pensiero mi veniva da piangere e strinsi gli occhi per fare andare via la sua immagine.

    – Hai intenzione di stare qui per molto? – sentii chiedermi. Nessuno conosceva il mio rifugio, tranne lui: Marcello. Sollevai le palpebre e alzai la testa, mio cugino mi guardava dall'alto dei suoi due metri.

    – Ci starò tutta la vita! – replicai, distogliendo lo sguardo.

    – E per fare cosa? – si sedette di fronte a me, c'entrava appena dietro la libreria.

    Non avevo una risposta alla sua domanda, io che chiacchieravo continuamente, avevo seppellito le parole nella stessa tomba di mio padre.

    – Ehi, principessa, allora? – riprese Marcello, pizzicandomi sotto al mento.

    – Ahi, lo sai che mi fai male, quando fai così! – piagnucolai, portandogli via la mano. Non volevo dirgli che odiavo suo padre, benché a nessuno fosse sconosciuta la mia avversione nei suoi confronti. Chi era Alberto De Santis? Un uomo che in quattordici anni avevo visto solo due volte e sempre perché ne aveva combinata una delle sue e papà aveva dovuto rimediare.

    – Oh finalmente, signorina! – esclamò Amanda, notando qualcuno dietro lo scaffale. Ci raggiunse e restò a osservarmi. Lei era anche più piagnucolona di me, aveva pianto spesso sapendomi senza mamma e ora singhiozzava per il secondo lutto. Allungai le braccia e mi strinsi a Marcello, poggiando la testa sul suo torace, lui portò la mano fra i miei capelli neri e lunghi: – Claudia, ti prometto che ti sarò sempre vicino. Resterò qui e veglierò su di te. – mi giurò mio cugino. Non ci fu verso, però, di restare lì, mi condussero fuori come una bambina. Giungemmo nello studio dove il notaio, Luigi Mango, era pronto per la lettura del testamento e lo zio comodamente seduto sulla poltrona grande a lisciarsi i baffi. Il nostro incontro fu come avevo immaginato: disgustoso! Con quell'aria di chi sa recitare, avvicinò le mani al mio viso ed esclamò – Claudia, mia cara, dolce nipote. – poi mi strinse a sé e affogai nella ciccia della sua pancia. Come poteva Alberto essere il padre di Marcello, mi chiedevo; mio cugino era bello, biondo e simpatico. Mio zio, invece, era brutto, antipatico e soprattutto arrogante. Quelle due uniche volte che era stato da noi, non mi aveva degnata di uno sguardo e ora non potevo pensare che non mirasse alla mia eredità. La recita finì, infatti, quando Luigi lesse il testamento. Io ereditavo la casa e il sessanta percento del patrimonio, Marcello il venti e i domestici il dieci come lo zio. Già questo lo fece infuriare, ma quando sapemmo che, per disposizione di mio padre, sarebbe stato lo stesso notaio a gestire i miei averi fino alla mia maggiore età, la situazione per Alberto divenne insostenibile. Io, invece, mi distesi sullo schienale della poltrona e risi sotto i baffi.

    – È una vergogna! – esclamò Cecilia, la moglie di mio zio, seduta accanto a lui con un gatto bianco fra le braccia: – Questo da Carlo non me lo sarei mai aspettato, per chi ci aveva presi, per dei ladri?

    A questo punto mi alzai e i miei occhi infuocarono quelli di Cecilia perché la odiavo anche più dello zio: aveva sempre criticato papà per come mi aveva cresciuta e stando alle parole della nonna, aveva malgiudicato anche mia madre. Puntai il dito indice verso quella donna dal collo di giraffa e sbottai – Tu non hai alcun diritto di parlare di mio padre e se osi ancora dire un'altra parola, ti sbatto fuori di casa a calci in quel tuo orrendo sedere da papera.

    Oh certo, Marcello avrebbe potuto offendersi, ma di sottecchi mi accorsi che rideva e così il notaio.

    – È assurdo! Come può una ragazzina perbene parlare in questo modo? – replicò Cecilia.

    Avvicinai le mani ai fianchi, sorrisi e dissi – Vuoi sentire dell'altro? Guarda che ho un repertorio molto fornito.

    Alberto si alzò, appoggiò a terra il suo bastone, lo strinse e gridò – Abbiamo sempre ricevuto solo offese in questa casa e il testamento di Carlo ne è una prova.

    Gli risposi con una smorfia. Detto ciò, afferrò la giraffa per un braccio e se ne andò. Io avevo creduto di essermene liberata, ma i guai non erano finiti perché, essendo ancora minorenne, dovevo vivere con il mio parente più prossimo. Con questa scusa lui e la moglie ebete ritornarono e s'impiantarono stabilmente in casa mia, dicendo che dovevano badare alla mia crescita.

    * * *

    Avevo le mani sul davanzale, mi ero alzata sulle punte dei piedi e guardavo il balcone di fronte dove due innamorati si sorridevano felici. Mi fecero ricordare un giovane carrettiere, venditore di vino. Ah, quante mattine ho atteso il suo arrivo dalla finestra! Ma anche lui se n'era andato, chiamato al servizio militare di leva.

    – Come sono belli! – esclamai, sospirando.

    Dal balcone alla mia sinistra sentii delle voci femminili parlare della guerra: dicevano che anche l'Italia vi avrebbe preso parte, ma non diedi peso a quelle parole, ero impegnata a vedere i due fidanzati.

    – Chissà se un giorno avrò anche io un bacio! – mi chiesi, sbuffando.

    – Ciao, Claudia. – disse l’innamorata, sorridendomi. Sollevai la mano e salutai entrambi, poi le voci delle due vicine divennero basse, ma sentii chiaramente dire – È la nipote del fascista.

    Io ero una brava ragazza, ma certe cose non le sopportavo. – E voi siete delle civette, brutte e impiccioni. Resterete zitelle! – urlai. I due fidanzati risero e rientrai in casa, incrociando le braccia sul petto. Ero già stanca di quella situazione, quando il peggio doveva ancora arrivare.

    Alberto era in piedi nell'ufficio di papà con mio cugino e anche loro parlavano della guerra: sembrava che Hitler, nonostante il Patto d'Acciaio, temesse l'entrata in scena dell'Italia al fianco dei suoi avversari e si stava attivando affinché Mussolini si alleasse con la sua potenza.

    Marcello guardava il padre e diceva – Ho promesso a Claudia che le sarò vicino. Non posso lasciarla da sola, ma se l'Italia entra in guerra, potrei essere chiamato al fronte. È già così provata dalla morte del padre, non sopporterebbe di stare sola con voi due.

    – Che cosa le abbiamo fatto per provare certi sentimenti di repulsione? – rispose Alberto.

    – Avanti, padre, non fatemi ridere! Sappiamo tutti e due perché siete qui: per l'eredità e non certo per confortare lei. E pensate che Claudia non se ne sia accorta? Non è più una bambina.

    – Ti sembra bello quello che ha fatto tuo zio?

    – Vi aspettavate che dividesse il patrimonio in due parti? O che vi cedesse di nuovo la vostra parte della casa, dopo che l'ha riscattata da un vostro errore?

    Mio zio fece una smorfia, allungò le braccia dietro la schiena ed esclamò – Meglio che te ne occupi tu di lei. Farò in modo di evitarti la chiamata alle armi.

    Marcello già sapeva a chi si sarebbe rivolto e gli dava molto fastidio, ma non vedeva cos'altro fare per restarmi accanto. Mentre portava una mano alla fronte, sentì il padre ordinare ad Amanda di farmi raggiungere lo studio e con un tono che a mio cugino sembrò troppo autoritario. Dovette ricordargli che la servitù di casa mia non era alle sue dipendenze.

    Nello stesso momento io mi guardavo allo specchio e mi allenavo con i baci, quando Amanda bussò ed entrò, fermandosi a metà stanza.

    – Signorina Claudia, gli occhiali, dove sono finiti gli occhiali? – m'interrogò, innervosita. Sorrisi e mi voltai verso di lei, dicendo – Li ho buttati.

    – Sì, certo.

    Mentre mi raccontava quello che aveva udito di sotto, aprì il cassetto del comò e afferrò gli occhiali. – Ora indossateli e venite nello studio, che vostro zio vuole parlarvi. – mi ordinò. La raggiunsi annoiata.

    – Su, che ho detto a Elena di preparare il vostro piatto preferito. – riprese la mia tata, accarezzandomi la guancia. Appoggiai, avvilita, la testa sulla sua spalla e lei mi abbracciò.

    Scesi al piano terra, portando con me il diario perché così sentivo di avere papà vicino.

    – Claudia, – disse Alberto, in piedi davanti a me – sei cresciuta in modo non adeguato per una signorina. È tempo che tu venga istruita a dovere.

    Aggrottai lo sguardo.

    – Domani stesso andrai in istituto. – tuonò come un ordine.

    – Voi siete pazzo! – sbottai.

    – Vedi, come ti esprimi?

    – Papà, non c'è bisogno di mandarla in istituto. – intervenne Marcello.

    – Non è per niente educata.

    – E non me ne importa! – urlai – Mettetevi bene in testa, zio, che voi non siete qui per comandarmi. Non sono una dipendente delle vostre fabbriche, io sono la padrona di questa casa!

    Alberto fece una risata irriverente, mi guardò, tormentandosi i baffi, e replicò – Siete sotto la mia tutela, nipote, e farete ciò che io decido. Domani andrete in istituto.

    – Non ci andrò, scordatevelo!

    – Claudia, non fatemi arrabbiare. Voi mi dovete obbedienza, sono il vostro tutore.

    – Per la legge, ma per me non siete nessuno.

    Uno schiaffo mi arrossì la guancia; il diario cadde a terra e Marcello corse ad abbracciarmi: – Siete un mostro! – gridò mio cugino al padre. Alberto s'infuriò così tanto che afferrò il diario e accennò a strapparlo; il cuore sembrò balzarmi alla gola. Portai la mano in avanti, ma troppo tardi: poco dopo vidi i fogli volare in aria. In quelle pagine c'era scritta tutta la mia vita con papà e mi sentii come se a essere strappata, fosse stata la mia stessa vita. Gridai disperata un no smorzato dal pianto; caddi sulle ginocchia e afferrai dal pavimento ciò che restava del diario. Non avrebbe potuto comportarsi diversamente per farmi infuriare e il dolore mi fece prendere una decisione. – Bene, vuole stare in casa mia? Ci stia pure! – mi dissi di sera, chiudendo in un sacco tutte le mie cose più importanti. Mi guardai allo specchio e mi giurai che a ventuno anni sarei ritornata e avrei cacciato via mio zio. Per adesso dovevo sparire e togliergli la soddisfazione di comandarmi. Controllando che più nessuno fosse sveglio, scesi al piano terra e vidi solo Elena che sbrigava le ultime faccende in cucina. Raggiunsi in punta di piedi la finestra del salone e lasciai la mia bella casa non senza versare altre lacrime. 

    (Il romanzo è disponibile su Amazon e su tutti gli store, sia digitale che cartaceo) 

  • 07 novembre 2016 alle ore 10:02
    Diario dalla Terra di Nessuno

    Come comincia: Camminare senza meta permette di non segnare luoghi, è un vivo attraversare. Lo sguardo abdica da un regno mai posseduto. Gli occhi ereditano solo preziosa curiosità e la caleidoscopica possibilità di fare tutto nuovo. Incroci uno sguardo, un sorriso di circostanza, ma l’altrove è ad un passo. Sei in mezzo ad una miriade di persone … cosa si pretende da un sabato trasteverino pieno d’astri in lontananza? Ho troppi smarrimenti da recuperare per permettere all’orientamento qualsivoglia autorità.  Ora la memoria intreccia ricordi e immaginazioni, il riconoscere vuole cedere il passo a spazi nuovi. Nel qui di mura bianche e finestre ricolme di rampicanti incede la perdita tanto ambita. Voglio far mattino dopo aver ballato di tutto, come cantava Paolo Conte. Tutto intorno cade in un misterico silenzio: le voci sfumano, l’artista di strada ora fa volteggiare stelle. Mi faccio leggere la mano da una ragazza scalza che mi ruba il cappello e mi sorride. Mi chiede il nome e con un bacio sulle labbra se lo mette in testa stringendosi al collo. Ha le gambe sottili e snelle, si copre il volto con i capelli lasciando nudo un sorriso infinito.  Alza la gonna fino alle cosce e mi gira intorno senza parlare, mi rimette il cappello in testa con un altro bacio e va via girandosi di tanto in tanto per guardarmi e incantarmi. Non le ho detto il mio nome. Non è una notte fatta per riconoscersi.  
    In questo deserto d’anime ora tutto può accadere! Un’iniziazione profana è avvenuta; una splendida vestale che strega bocche e asciuga lacrime con i suoi capelli ha aperto i cancelli della terra di nessuno.  Chiudo gli occhi per riaprirli espirando, il cuore mi tormenta con i suoi capricci: non è più un battito ma un fluttuare insano e stanco. Sento uno scrosciare di fontana, qui è altrove e ogni dove. Ora questi luoghi sono il “qui” di Banquo,  l’inevitabile lontananza da Forres per scampare ad una profezia.  Di quest’isola non segnata in nessuna mappa  Robinson non può farne occidente:  mattoni, fiumi e ponti non vogliono nomi. Non resta che camminare in questa prigione di bellezza e incanto con la speranza che la memoria non prenda presto il sopravvento. Camminare nella terra di nessuno è fuga, anche se l’inevitabile ci resta accanto. E’ deserto mai troppo ostile per chi cerca l’oblio da sé. Un labirinto che accoglie e trasmuta per desiderio di chi lo attraversa, ma non è mai sosta, né pace.  Come può avere tale vastità per recinzione l’infinito solo le solitudini lo sanno, ma le loro sorde grida nessuno può ascoltarle. Non è solo spazio, perché mai può essere un luogo, è una risonanza sottile ed estesa, un’ assenza aperta e insanabile divenuta nostro malgrado dimora.
    Un nuovo fluttuare, un’onda bassa e sorda del cuore mi spaventa e risveglia d’improvviso. Sono tornato da un incalcolabile errare al punto di partenza. Solo, in un mattino straziato da un’alba vermiglia e fredda. Più nessuno intorno a me.
    “Me lo regali il tuo cappello?”, mi sento dire in lontananza alle spalle. Anche lei non è andata via, o forse non mi sono mai allontanato io, e con le scarpe in mano si avvicina a me  puntando i piedi a terra come una gatta. I suoi passi non fanno rumore tra i sampietrini lucidi di mattino. Con un sorriso mi tolgo il cappello e glielo porgo, lei lo prende, lo mette al contrario e con il suo infinito sorriso mi chiede: “adesso mi racconti dove sei stato”? 

  • 03 novembre 2016 alle ore 15:21
    Non è sempre stato tutto così, papà

    Come comincia: Poi una mattina ti svegli e guardi delle nuvole bianche e piangi come se piovessero loro dentro te.

    Piangi le lacrime che avevi lasciato ad asciugare all’alba dell’indifferenza, sorta per anni, giorno dopo giorno dopo giorno.

    E vorresti che qualcuno la baciasse quella pioggia e, baciandola, l’asciugasse via.

    E quando ho sete e non ci sei, a volte, e mi sento troppo solo, di nascosto, bacio la pioggia per averti ancora qui.

    Non è sempre stato tutto così, papà.

    Non siamo sempre stati due muti di spalle.

    Porto il tuo sangue nelle mie vene. Mi tiene sempre caldo, anche quando fuori è freddo, e tu non ci sei, non ci sei quando vorrei due braccia forti, di uomo, vorrei un uomo che mi dica ci penso io a te.

    Non è sempre stato tutto così, papà, tutto così grigio tra noi.

    Non avrei mai immaginato di laurearmi senza sentire il battito delle tue mani enormi e callose, le mani di un uomo che ha girato il mondo.

    Non avrei mai immaginato di mettere un figlio al mondo e non vedere la tua faccia, e metterne al mondo un secondo ancora senza te. In fondo, loro due sono la memoria che il mondo conserverà di te, più a lungo di me. Anche il piccolino, che ha le mani di un uccellino, un germoglio per bocca e due gocce di mare azzurro per occhi, così fragile, così indifeso, anche lui è un numerino nella sequenza di Fibonacci legato a doppio filo a te, possibile che tu non senta il richiamo del DNA?

    Non è sempre stato tutto così.

    Te lo ricordi, quel giardino?

    L’albero che mi scelsi, il melograno, quello più spelacchiato.

    Quelle foglie che volteggiavano, con cui mi insegnasti a costruire barchette da varare in pozzanghere di fango, dopo che aveva piovuto, quelle foglie mi pare di sentirle ancora alitare il loro canto frusciante, mentre i raggi del sole, filtrandovi attraverso, disegnavano arabeschi mossi dal vento sul pavimento della nostra cameretta, affacciata sui rami.

    Te le ricordi, le giornate di pioggia, quando volevi partire, ti si leggeva dentro che volevi ripartire, non vedevi l’ora di prendere l’aereo che avrebbe solcato quel cielo che rovesciava su di noi tutta quell’acqua, larga e fragorosa, te lo ricordi, papà, te lo ricordi, come pioveva e come le gocce rimanevano appese sul dorso delle foglie, e dei rami, a punteggiarli di dune liquide che cadevano al primo soffio di vento, picchiettando la ringhiera del balconcino e zampillando giù, e tutte quelle macchie d’ombra sul porfido, te lo ricordi papà?

    Te la ricordi, quell’unica volta che mi portasti fuori, su quel fiume, appollaiati su quel ramo inclinato sul greto, ipnotizzati ore a vedere l’acqua scorrere via? Te lo ricordi, papà?

    O non sono stato niente nella tua vita?

    Quante notti ho aspettato.

    Quante notti ho pregato che un aereo partisse dall’altro capo del mondo per portarti a me.

    Quante notti ti ho cantato a me.

    E quante promesse. Quante promesse non hai mantenuto. Quante volte mi hai promesso quella maledetta macchinina a motore, e ogni volta che tornavi una scusa nuova che però, anziché smorzare, intensificava l’illusione (l’hanno finita, l’hanno venduta, l’ho ordinata ma deve arrivare, si è persa per strada, me l’hanno rubata).

    E però a chi volevi tu hai saputo regalare persino una casa, lasciando noi a pregare il nostro “padrone” un altro mese ancora, ci dia un altro mese ancora per saldare l’arretrato.

    E ci sono giorni che mi manchi, anche se non so più chi sei, se sei davvero il mio papà, se posso chiamarti ancora così, non lo so se sia giusto o no, ma mi manchi, mi manca il mio papà, mi manco io in realtà, mi guardo allo specchio mentre aggiusto l’ennesimo giocattolo alla mia principessa, che pende dai miei occhi, piena di speranza che il suo papà ancora una volta aggiusti tutto, e mi chiede “Me lo aggiusti, vero papà, che me lo aggiusti?” anche se è un’impresa impossibile, e io faccio anche l’impossibile pur di non deludere quegli occhi carichi di speranza, mi guardo e mi dico che mi manca un papà come me, ti sembrerò arrogante, ma era questo tutto quello che volevo, un papà come me.

    Sai quella casetta di legno che c’era in Africa? Te la ricordi?

    Al rientro in Italia mi promettesti che me l’avresti fabbricata.

    Stanco di aspettare per tanti anni, sai cosa?

    L’ho costruita con le mie mani.

    Una casetta bellissima, alta quanto me, con le finestre sui lati, la porta con lo spioncino, l’abbiano al piano superiore.

    Tutto proprio come me l’avevi promesso tu.

    Non le ho detto nulla alla mia bambina, l’ho costruita di notte, quando lei dormiva, e poi una mattina era lì.

    E nei suoi occhi ho visto me, e ho visto te, ho visto tutto quello che non sei stato mai.

    Ho visto tutto quello che non sei riuscito ad essere mai.

    E quando cadevo in quel giardino, e mi sbucciavo le ginocchia, rimanevo piegato a piangere, e tu mi dicevi corri, avvo, corri, vieni qui.

    E io correvo e non piangevo più, perché sapevo che avresti aggiustato tutte le cose.

    Ma mi sbagliavo.

    Mi sono sempre sbagliato.

    Ma non è troppo tardi.

    E anche se mi hai pugnalato un milione di volte, e anche se di seconde possibilità te ne ho date più di una, e ogni volta sei scomparso, temo che rimarrai sempre il mio papà.

    E se tu tornassi, tornassi a me, io non ti scaccerei, perché sei dentro di me, nella notte, in fondo in fondo, dove tengo chiusi a chiave i giorni dolorosi, ma ci sei, e se tu apri la porta, non importa quanto in fondo alla notte stai, se tu apri la porta, la luce filtrerà.

    E saremo ancora un figlio e suo papà.

  • 02 novembre 2016 alle ore 11:00
    Il Loop del Canarino

    Come comincia: Dotti lacrimali. è una bella combinazione di parole, è come se le lacrime si fossero riservate un posto ben specifico e poetico, del resto il naso non si chiama mica dotto caccolare, si chiama Naso e lascia tutto un pò nell'incertezza, nell'ambiguità, dai dotti lacrimali può uscire solo una cosa, questo in un modo o nell'altro li rende unici, come una meraviglia, come un neo in un posto specifico del viso, per esempio un pò sopra il labbro superiore, a disegnare una specie di coordinata, un'isola tra le labbra e gli occhi. un posto specifico. che sembri a portata di mano, facilmente raggiungibile, quel posto che quando hai l'impressione di averlo trovato scompare tra mille indecisioni e scelte sbagliate e in parecchie pagine di vecchi diari.
    Ricordo un giorno di Febbraio, la luce era chiara, entrava dalla finestra aperta, eravamo al quarto o quinto piano e ci stavamo rivestendo in silenzio, senza dire una parola, sotto la città scorreva, scorreva come in un film americano, senza sosta, piena di ritmo, piena di tragedie e di storie molto più avvincenti di due che si rivestivano in silenzio e respirando pesantemente per rompere quel dannato e ostinato silenzio, per rimarcare di non avere nulla da dire, mettendo tra di loro un letto a due piazze che sembrava enorme, la moquette sotto i piedi umidi di sudore, l'acqua che si riscaldava e lasciava correre le gocce sul suo corpo di bottiglia poggiata sul comodino, il telefono pieno di polvere, un libro letto a metà.
    Sostanze psicotrope, anime inquiete, solitudini talmente tanto cronicizzate da voler restare tali, non c'era tempo, non c'è mai stato tempo per amarsi sopra ogni cosa, ognuno deve avere la sua vita, ognuno ha sempre e soltanto avuto la sua vita.
    Io e lei non ci siamo mai più parlati, di lei mi è rimasto per un pò l'odore sul cuscino, ma poi per forza di cose ho dovuto cambiare le lenzuola, è rimasto solo un bel ricordo che certi giorni sembra bellissimo e certi altri completamente innocuo.
    A volte mi chiedo perché non sono capace di amare, oppure soltanto ad affezionarmi ad un animaletto, non riesco nemmeno a seguire una serie tv o un film, nemmeno ad ascoltare un disco per intero. cerco la perfezione ma tutto mi delude, cerco di essere sempre al di sopra di tutto, e per questo non capisco gli errori che faccio.
    Come un canarino incapace di morire e continua a non vivere dentro la sua gabbia a cantare vergognandosi di saper fare solo quello, un loop fissato tra un punto e l'altro di un minuto e trenta secondi che a volte vuol dire tutto e molte altre volte è solo rumore, un rumore scritto bene ma sempre solo un rumore, e gli anni passano e i ricordi sono sempre meno precisi e più dolci più lievi, molto meno dolorosi.
    C'è una simmetria che mi disturba tra i due palazzi che vedo dalla mia finestra, mentre il vino rosso tinge un pò il bicchiere dozzinale, il più totale silenzio, dovrei smettere di scrivere, dovrei smettere di fare finta che questa sia la vita giusta per me, se continui a scrivere dopo un certo periodo o sei terribilmente bravo o sei un illuso. io sto scrivendo questo film da anni, ma nel frattempo nella mia vita ha smesso di succedere qualsiasi cosa, e uno non può inventarsi tutto, e mi sento come quel canarino incastrato nel loop.
    Sono in uno stato di reclusione volontaria, e per quanto io possa sforzarmi non ho idea di come sia New York, e sinceramente non ho nemmeno voglia di inventarmela. tempo fa scrivevo in un bar con una grossa vetrata che dava sulla strada, poi ho smesso, la vita fuori dal vetro era sempre uguale, forse è questo che uno dovrebbe capire in fretta, in fondo la vita è sempre uguale, che tu sia dietro il vetro o davanti.
    Ad esempio una cinese che cammina in salita lungo una strada bagnata potrebbe essere uno spunto, è vestita all'occidentale ha un paio di stivali neri, un maglione nero, un giubbotto pesante e umido di pioggia, ha la faccia stanca, di una che non è molto in forma, di una che sta subendo la salita e che sa che non è una di quelle salite metaforiche che ci sono nei libri, ma solo una salita fisica, tangibile e faticosa, si potrebbe essere un buon inizio.
    "La cinese arrancava lungo una salita, la strada era bagnata i lampioni intermittenti, nessun destino speciale la attendeva dietro la salita, ma solo una breve pausa per riprendere fiato."
    si direi che può funzionare.
    E Nel frattempo ? nel frattempo il silenzio, la polvere che si deposita sulle cose, la solitudine, la musica sempre uguale, sempre saltando da una traccia all'altra senza soluzione di continuità i demoni, le vecchie foto, i vecchi ricordi. e nel Frattempo è tutto sempre uguale e il cursore del pc che lampeggia in attesa di qualcosa che non va oltre quello che ho già scritto, volevo fare un film per dire al mondo chi sono, ma adesso non sono sicuro che al mondo interessi, il caffè si è irrimediabilmente freddato, chissà che ore sono.
    A volte è tutto così difficile, vorrei vivere sempre al tramonto, con quella lentezza che prende tutto, con quella assoluta perfezione che crea ispirazione, che crea amore, che crea tutto quanto, vorrei vivere alle sei del pomeriggio senza occhi cisposi, con una bella birra ghiacciata e tante cose da dire, tantissime cose da dire e da leggere ad una folla che non mi ascolta ma che comunque è li a guardare, perché tutto sommato potrebbe anche andare bene così, come quella volta che ho perso una settimana della mia vita, in quella settimana non credo sia successo niente, mi sono ritrovato più vecchio di sette giorni senza averne vissuto alcuno.
    Ritorniamo alla cinese che arranca, al racconto che dovrei scrivere, alle voci che non sento più, al talento che non mi accompagna, dove sono finiti i miei sogni preferiti, da quando non respiro aria nuova ?
    il Mondo per quello che ne so potrebbe essere un grande cimitero, le case dovrebbero essere abbandonate, un paio di anni fa la Tv parlava di panico nelle piazze, di virus violenti, di morti apparenti, di cadaveri che camminavano, un paio di anni fa la Tv funzionava, le mie scorte di caffé e vino erano imponenti, adesso stanno dirigendosi inevitabilmente verso la fine. Per quello che ne so potrei essere l'ultimo uomo sulla terra, per quello che ne so potrei essere rimasto l'ultimo canarino sulla faccia della terra.  
    Ma se io fossi quel canarino e mi aprissero la gabbia uscirei ? abbandonerei il confortante Loop, smetterei di cantare ? smetterei di riempire pagine e pagine con le stesse identiche frasi sempre uguali, è Lecito credere che la cinese che arrancava in salita sia solo un ricordo o un sogno, dalla finestre non si vede niente da anni, c'è troppa nebbia, troppo fumo, troppa morte, eppure la porta della mia gabbia è li, li a pochi passi, posso sempre tornare a casa se voglio, se posso, se ci riesco. La cinese aspetterà, è già impressa su foglio elettronico è impressa mille volte su foglio elettronico, quella salita sta durando un'eternità, e dopo quella salita c'è un'altra salita, è dura essere la protagonista di un racconto che non finisce mai.
    Il mondo fuori.
    La scala è lercia e cade a pezzi, l'ascensore è bloccato al piano di sopra, non sapevo nemmeno ci fosse un piano di sopra non lo ricordavo più, la scala è piena di scritte, scritte stupide, una recita " I Just want something i can never Have" sembra adolescenziale, sembra anche troppo disperata per essere adolescenziale, ma sta li sul muro di fronte a me, vergata in rosso a lettere rotondeggianti, se fossi in un fumetto sarebbe una bel disegno, continuo a scendere le scale e ad ogni piano che scendo l'abbandono è più palese, non ho incontrato nessuno, suppongo non incontrerò nessuno.
    nel mio appartamento il cursore lampeggia pronto a scrivere la prossima parola, la cinese del racconto continua a salire e salire, in un enorme paradosso di salite senza fine, come un loop, come un canarino che canta perché non sa fare altro, come me che scendo le scale in continuazione e di piano in piano mi accorgo della distruzione, attorno a me, della solitudine e della nebbia che inizia a farsi strada tra le scritte e i neon fulminati. il pavimento in alcune parti è frantumato, gli alberi sono entrati al secondo piano sfondando le finestre e le porte degli appartamenti.
    Mancano pochi passi, sono pallido come un cadavere, il sole non entra più dalle finestre, c'è troppa nebbia, sono passati anni dall'ultima volta, l'ultima volta il mondo esisteva ed era fastidioso.
    Pochi passi, bastano pochi passi e le prime automobili distrutte contro le facciate dei vecchi palazzi, bastano pochi passi per rendersi conto che non esiste il giorno dopo da almeno un centinaio di anni, siamo cristallizzati, imprigionati dentro un Martedì la natura si sta riprendendo tutto, le librerie non esistono più, niente esiste più alcuni incendi bruciano ancora, l'aria è satura di fiamme, l'aria è satura di nulla.
    Quando sono rimasto solo ? come ho fatto a non accorgermene, quanto si deve essere stupidi e distratti per non rendersi conto che il mondo è finito. quanto bisogna fingersi presi da altro per non rendersi conto che dal cielo sono piovuti giù i satelliti ?
    Non ci sono cadaveri, non c'è più niente, si è realizzato quello che i malati di noia profetizzavano da decenni. i Morti hanno camminato sulla terra, qualcuno lo ha scritto su uno scuolabus giallo, qualcuno ha trovato il tempo di avvertire tutti di qualcosa di cui tutti immagino si erano accorti.
    Piangerei se qualcuno mi mancasse ma non conosco nessuno, non ricordo nessuno da piangere, potrei dispiacermi per qualche scrittore, ma suppongo che se i morti abbiano camminato sulla terra anche chi era degno di stima sia tornato a distruggere quello che lui stesso aveva creato.
    Il mondo ha distrutto se stesso, e non c'è più modo di fuggire, il mondo ha inghiottito il suo loop e si è digerito, il cane si è morso la coda, e finalmente tutto è finito.
    La nebbia, il fumo, il sole che non spunta dalle pesanti nuvole, sembra che abbia appena smesso di piovere.
    E io sono l'ultimo rimasto sulla terra, e le mie scorte di caffè sono le ultime scorte di caffè ero talmente impegnato ad essere solo che non mi sono reso conto della distruzione e del panico, nessun vicino mi ha avvertito, non ho lottato per sopravvivere e questo è quello che mi rende più triste, che il panico più assoluto non si sia accorto di me, nemmeno di sponda, nemmeno un proiettile rimbalzato male, un colpo vagante, un morto che abbia avuto voglia di sfondare la mia porta.
    i Manichini dei negozi di abbigliamento hanno resistito, alcuni sembrano sorridere, il mondo adesso è loro. Si può dire che abbiano vinto senza muovere un muscolo. Lo stesso si potrebbe dire di me ma io non ho vinto. io sono rimasto l'ultimo perché nessuno si è preso la briga di scegliermi nemmeno come vittima.
    Il niente che ho visto mi è sembrato abbastanza per oggi, magari tornerò a guardare tra dieci anni, tornerò a vedere quello che resta come chi alle feste arriva sempre in ritardo.
    Il caffè sulla scrivania è più freddo di quanto possa essere consentito di essere freddo ad un caffè il cursore lampeggia e la cinese arranca in salita per il centesimo rigo, con allineamento giustificato e interlinea a 1,5, nemmeno per un secondo mi chiederò se ne vale la pena, la risposta sarebbe no. e preferisco rintanarmi nella ripetizione metodica delle cose, preferisco cantare in continuazione che rendermi conto di essere l'ultimo uomo sulla terra e non essermi accorto dell'apocalisse.
    Preferisco fare la parte del canarino e lasciare il mondo ai manichini. 

  • 02 novembre 2016 alle ore 9:35
    LA MIA INFINITA MALINCONIA

    Come comincia: Ieri ho trascorso un po' di tempo con mia figlia che adesso ha 45 anni. Mi sono stupita di quante cose ci siano ancora sempre da dire, nonostante noi due abbiamo parlato tutta la vita. Lei si è tolta qualche sassolino dalla scarpa, rispetto a fatti relativi
    alla sua infanzia, alla scuola, alle incomprensioni e ingiustizie subìte certe volte, visto che io credevo sempre agli insegnanti e mai a lei. E' stato un confronto come tanti altri, leggero e senza recriminazioni, perfino allegro in qualche passaggio. Poi lei se n'è andata. Io però mi sono trovata messa di fronte ai miei limiti di allora, come madre, come educatrice, come "ascoltatrice" di mia figlia. Ero proprio un bel disastro. Sono rimasta per tutta la sera impigliata nel percorrere a ritroso il cammino fino all'inizio, fino alla sua nascita. Nel letto prima di addormentarmi mi sono accorta che mi scendevano le lacrime e così mi sono detta: abbi il coraggio, abbi il coraggio di pensarci, di tuffarti in quel periodo, il terribile periodo della sua nascita. Abbi il coraggio di ricordare chi eri tu: una giovanissima selvaggia, irresponsabile e recalcitrante a qualunque tipo di regola,
    ad ogni imposizione, una persona che viveva "secondo natura". Tutto ciò che accadeva, accadeva e basta. Era giusto che fosse così. La nascita? La nascita era un fatto che seguiva le leggi di natura quindi perché preoccuparsi, perché informarsi, perché andare dal ginecologo? Forse il ginecologo mi vide due volte in tutto il periodo. Attendevo tranquillamente che la mia bambola (o bambolotto) venisse al mondo, quella bambola che avrei coccolato, pettinato, vestito e spogliato, proprio come facevo quando
    giocavo da piccola. Quando tornai a casa dall'ospedale mi resi conto che il mio sogno si era concretizzato all'improvviso nelle sembianze di un esserino urlante del quale io non capivo assolutamente nulla. Io non sapevo cosa fare, sapevo solo che la sua voce
    potente mi penetrava il cervello come una lama e mi sembrava di impazzire: lei piangeva sempre, non dormiva mai, e io piangevo sempre e crollavo con lei in braccio. Non sapevo niente, come tenerla in braccio, come cambiarla, ma soprattutto come capire ciò che voleva e come farla stare zitta. La mia tristezza era così profonda, la mia malinconia così infinita, il senso di solitudine così devastante! Suo padre non c'era mai e quando c'era, invece di aiutarmi, se la prendeva con me che "non ero all'altezza". Come se io non me ne rendessi conto! Io e lei, lei e io. In quella casa in collina, lontana dal paese, lontana dalla gente, dove non si poteva nemmeno uscire a fare la spesa perché intorno non c'era niente. Cosa c'era in me che non andava! Perché vedevo soltanto mamme contente con il loro bambino in braccio, ed io invece ero così infelice? La mia bambina, così tanto desiderata, era finalmente una realtà eppure io pregavo soltanto che si addormentasse per potermi riposare il cervello.
    Dove erano le gioie della maternità? Dov'era la mia bambola? E io chi ero? Ero una madre indegna?
    Ieri sera mi sono detta: però poi ne sei uscita, come hai fatto? Non lo so, non ricordo come ne uscii, forse ero più forte di quanto io stessa immaginassi. 
    So soltanto che quando mi sono addormentata le lacrime scendevano ancora a suggellare l'unico ricordo che mi è rimasto di quel periodo: la mia infinita malinconia.

  • 26 novembre 2015 alle ore 19:36
    L'impermeabile bianco

    Come comincia: Per quanto mi sforzi non riesco a ricordare come si diffuse per un certo periodo negli anni 60 la moda dell'impermeabile bianco di gabardine: forse per la serie tv del Tenente Sheridan (interpretata dal bravo Ubaldo Lay)? Quello che ricordo molto bene è come ti sentivi se non possedevi l'impermeabile bianco: io ero adolescente, non lo possedevo, e soffrivo profondamente come solo a quell'età si può soffrire per una sciocchezza del genere. Lo so...è imperdonabile..ma io soffrivo, anche perchè in casa mia qualcuno possedeva "l'oggetto del desiderio" ed era mia sorella maggiore, e "maggiore" dice già tutto. Soldi non ce n'erano perciò potevo solo sperare che lei si stufasse di indossarlo..e lo passasse a me. E quella domenica delle Palme lei ME LO PRESTO'. Non potevo crederci! Borsetta nera e scarpe nere col tacco alto..capelli raccolti sulla nuca..e impermeabile col "bavero" alzato strategicamente da una parte sola: non importava niente avere il collo tutto storto in una posizione innaturale; camminavo per il paese a un metro da terra, senza neppure sapere bene dove andare: l'importante era indossare l'impermeabile bianco che mi rendeva diversa in tutto, anche nell'andatura...così diversa dal solito che avevo incrociato il mio amico Sergio in bicicletta e non mi aveva neppure degnata, salvo poi fare una frenata cigolante un po' più in là per voltarsi e dirmi "ma sei la Lora? Accidenti..non ti avevo riconosciuta!! Cos'hai fatto?"  e io, in brodo di giuggiole..."niente, sono come al solito...perchè?"  Magìa dell'impermeabile bianco...e dell'adolescenza che sì mi dava tanti patemi d'animo..ma anche delle gioie assolutamente "semplici" che possono farmi sorridere cinquant'anni dopo!!!

  • Come comincia: Le cose avvengono mai per casualità. Qualche giorno fa ho trovato in biblioteca un libro che racconta una delle mie poetesse preferite, Emily Dickinson, (Amherst, Massachussets, 10 dicembre 1830, Amhherst 15 maggio 1886) scritto da Alessandra Cenni. Come sempre mi accade quando ritrovo nei libri la voce  di persone del passato, mi sento trasportare oltre un velo di sacralità e di rimpianto dolente, quasi entrando in punta di piedi in un tempio del cuore.
    Per caso navigando sul web mi sono poi imbattuta nell’immagine della casa dove la grande, delicata ed evanescente poetessa americana visse (Dickinson Homestead) ad Amherst, ora trasformata in museo. Per un qualche misterioso arcano sentiero del cuore, quelle finestre decorate di verde sembravano rilucere come una collana di perle d’acqua dolce, placide e armoniose custodivano le parole di un’anima eletta, un tempo vivida di respiro, oggi trasformata in pura essenza poetica.
    Capisco perché Emily abbia scelto di vivere la sua vita in quella casa, osservando dall’alto la vallata e il pianoro dolce che degrada dalle alture verso il fiume e il lago poco lontano, afferrandosi al luminoso giorno che accarezza l’alba con i suoi raggi di bellezza. È un’armonia pura, una quiete che ristora, un balsamo che lenisce.
    Amava la natura, Emily, amava passeggiare nel verde incanto del suo giardino, amava la sua camera accogliente e chiara, il suo  morbido scialle dentro cui avvolgersi e avvoltolarsi assorbendo il profumo della pelle e della vita.
    La sua casa mi ricorda innanzitutto la mia infanzia, così abbracciata alla terra e al sole, lassù su quel cucuzzolo da cui io parevo volare quando mi arrampicavo sui faggi-carpini del roccolo che circondava la casa, planando come un falco sull’Altopiano di Selvino Aviatico, osservando le pieghe del mondo, per trattenerle in me fino a lasciarle libere sulle pagine scritte. Scrive il sito a lei dedicato: “Emily scrive sempre, su piccoli fogli che porta con sé, mentre screma il latte nella rimessa silenziosa, o sull'involucro del cioccolato mentre prepara una torta in cucina e, con le mani ancora sporche di farina, continua il pensiero appena abbozzato nella rimessa. Poi riunisce il tutto in quaderni che chiude nel cassetto in camera sua.”
    E anch’io, bambina assetata di sole e di vento, scrivevo su fogli colorati i miei primi abbozzi poetici e leggevo lei, Emily, inebriandomi del suo piccolo angolo di mondo, delle sue finestre che catturavano la luce riverberandola in un arcobaleno, delle querce e degli abeti che stormivano al vento, il prato morbidamente proteso verso il ruscello, le stradine polverose nascoste dalle siepi, i tetti delle casette del villaggio simili a bottoncini rossi...
    Ma la casa di Emily mi ricorda anche Anna dai capelli rossi, il meraviglioso personaggio creato dalla scrittrice canadese Lucy Maud Montgomery, che mi ha fatto compagnie nelle letture della mia infanzia, con la sua casa dalle persine verdi (House of Green Gables). Figure femminili di straordinaria potenza, Anna e Emily, quasi paladine a difesa di un coraggio nascosto, che c’è in ogni donna. Due volti diafani e leggeri, quasi trasportati dal vento, ma solide e compatte nelle loro decisioni.
    La Montgomery inserì nella storia di Anna anche le proprie esperienze infantili nella zona rurale dell'Isola del Principe Edoardo ed Emily Dickinson ha raccontato storie poetiche osservano la vallata dalla sua finestra. Quelle dimore antiche cullano ancora i respiri rarefatti e dolci di Anna ed Emily, e si offrono a noi viandanti del Ventesimo Secolo con la dolcezza del lievito e del pane, delle notti stellate e delle sere chiare sulla veranda. Quelle dimore antiche raccontano Speranze nuove, per continuare a sognare.
    Ho amato e amo Emily Dickinson. Fin da ragazzina mi avvincevano le sue parole semplici, non ricercate, che parlavano al mio cuore. Ora sono entrata “in punta di piedi” virtualmente, nella sua casa, piccola viaggiatrice del tempo, per portare a casa un pezzo di poesia.
     

  • 22 novembre 2015 alle ore 20:19
    A volte, il tempo sospeso.

    Come comincia: A volte, si ferma il tempo e ti lascia sospeso fra dimensioni a cui non puoi dare connotati. O non lo vuoi. Con tenerezza e compassione guardi te stesso dall'altro angolo dello sguardo, ti vedi seduto, le braccia attorno alle gambe in un gesto in bilico tra la mestizia dell' adulto e il dondolio dell' infanzia. Non sai se sei adulto o se sei bambino, di certo sai solamente che sei sospeso, e non t' importa di non esserlo. Stai bene nel tempo sospeso. Guardi il tutto che attorno si muove ma non riesci ad entrare nel circuito, senti le voci ma non ne afferri le parole, solo le immagini. Guardi i pensieri, tuoi e degli altri, e ti soddisfa guardarli. Stai bene nel tempo sospeso, non vuoi violentarlo. C'è silenzio nel tempo sospeso, un silenzio di tenui colori che accarezza l'anima in un gesto in bilico tra la mestizia dell'adulto e il dondolio dell' infanzia. Sono nel tempo sospeso, mi perdono. Tornerò

  • 21 novembre 2015 alle ore 19:07
    VERSO NATALE

    Come comincia: Ma quanto mi piacerebbe tuffarmi dal mio limbo dentro l'atmosfera natalizia! Ornata da mille campanelli che suonano tutte le pastorali esistenti, volare a cavallo della Cometa, disseminare pacchetti variopinti in giro per l'universo, fare l'altalena fra le costellazioni e scivolare leggera lungo la via lattea su nuvole di palline colorate che si rincorrono nel blu, mentre nuvolotti dispettosi mi soffiano da una parte all'altra divertendosi a guardarmi precipitare e poi risalire, e poi mi spingono a salutare la luna e chiederle se gli innamorati sognano ancora guardandola, se i poeti ancora le dedicano versi struggenti e i musicisti melodie indimenticabili, o se è tutto finito sul pianeta Terra dove perfino il Natale finge di essere Natale. Voi mi tentate nuvolotti dispettosi, e allora eccomi, portatemi a spasso per questo infinito silenzioso e luminoso. Così grandioso da non volerlo disturbare nemmeno respirando. Soffiate via dal mio viso le lacrime di commozione che non posso trattenere di fronte a tutto questo. Giochiamo, voglio giocare anch'io, con l'allegria inconsapevole dei bambini, senza tempo, senza età, voglio ridere delle mie capriole e sapere che non mi serve niente che io già non abbia. Però vi prego: non portatemi sulla Terra.

  • 19 novembre 2015 alle ore 10:50
    Una perfida dolcezza

    Come comincia: Si risvegliò dallo stordimento del piacere perché qualcuno lo stava chiamando al telefono. Si sciolse allora dall'abbraccio di lei, annaspò nel buio alla ricerca del cellulare. Il display lampeggiò a lungo, un riflesso sulla testiera del letto che finì con l’innervosirlo.
    Tutto, allora, iniziò a causargli disagio: la gamba di lei di traverso sulle sue, i panni gettati alla rinfusa sulla poltrona. La stessa, orrenda poltrona, di un velluto sbiadito che s’ostinava a non vedere, perché quello era l’unico albergo subito dopo l’uscita dalla tangenziale, il più vicino all’ufficio.

    Era sua moglie.
    Fece una voce stentorea, le disse ‘sono occupato’, come se quella inopportuna telefonata avesse interrotto discorsi importanti, ineludibili.
    Poi aggiunse: - Abbi solo un po’ di pazienza, tra un'ora sarò a casa.

    La luce penetrava tra le persiane, lei vedeva il suo profilo, il profilo del suo petto.
    Vi fece passare sopra le dita, lentamente. Avevano fatto all’amore nella solita maniera precipitosa e confusa, mormorando le frasi ubriache che li eccitavano e che all’inizio riuscivano a farla sentire importante.
    Un tormentare di seni e di pelle, morsi sulle spalle: lei aveva affondato i denti nella carne più duramente, per lasciargli il segno, stavolta.
    Per vincere l'imbarazzo, scivolando fuori dall’abbraccio e dal groviglio delle lenzuola, lui aveva controllato che la chiamata fosse terminata e poi aveva  mormorato: - Si è molto illusa.
    Lo specchio dinanzi al letto rimandava le loro immagini deformate dalla distanza e dalla penombra.
    Una gamba, un braccio; il nero dei capelli di lei che sembrava macchiare il cuscino.
    S’era vista, per un attimo, mentre faceva l’amore.
    Per distrazione aveva rivolto lo sguardo dinanzi a sé: il suo volto contratto in una smorfia e la schiena di lui, curva e magra come quella di un vecchio. Le era sembrato distante da quel luogo, immerso in un mondo che lo consolava e che non ammetteva vere presenze.
    Avrebbe dovuto cercare una colpa, ma d’un tratto si sentì stanca.

    - Abbi solo un po’ di pazienza, tra un'ora sarò a casa, aveva detto.

    C'era stata una dolcezza, nella sua voce, che l’aveva ferita.
    Come se quell’uomo – che era ancora un bell’uomo, un amatore di donne - le apparisse per la prima volta per ciò che era: un organizzatore di istanti, un separatore di momenti.

    Saliva dalle lenzuola un odore di sudore e di umori; smise di guardarlo, fissò a lungo il parato giallastro; gialla la poltrona di velluto, d’un colore triste la testiera del letto. La stanza, così anonima, viveva di altre vite: di gemiti, sonno, risate confuse nella notte.
    Non era abitata dalla loro storia, e neppure dai loro corpi.
    Dalla strada sentì salire una canzone francese degli anni ‘30 che non riconosceva. Qualcosa, nella voce del cantante, la commosse come la commuoveva l’idea di lui, e si sentì sciocca.
    Lo immaginò nell’istante successivo, quello 'dopo'.
    Le sembrò allora di vedere, come fosse nascosta dietro il collo del suo amante, l’uscita dalla tangenziale; la strada, quella che percorrevano separati, dipanarsi lungo curve strette, mentre l’auto correva; il cavalcavia, gli alberi e gli ultimi passanti frettolosi in fuga dalla notte.
    E poi, veloce, si vide andare verso le luci calde della città; le finestre, le tende, dentro l’ambra bruciata delle lampade; in breve fu nel tepore di una casa ordinata, giù verso il fondo dei cassetti, tra i minuscoli oggetti che lui certamente conservava, con la follia del separatore di eventi. Si rannicchiò in quel calore, in quella vuota oscurità.

    Dunque lì, protetto da quell’ordine e da quel calore, dopo un po’, certamente approfittando di una distrazione, di un’interruzione dei discorsi o di una pausa pubblicitaria - ancora soddisfatto, perduto nel ricordo del piacere -, lui avrebbe pensato a lei.
    E una perfida dolcezza lo avrebbe invaso.

    Si vide allora persa nell’inganno, nell’idea di un tempo non suo, che lui scomponeva a suo piacimento, come un prestigiatore, un funambolo: sospeso tra realtà ed irrealtà.
    E lei, forse, non era né dall’una né dall’altra parte: semplicemente, non esisteva.

    Così si immaginò percorrere la medesima strada dalle curve strette all’uscita della tangenziale; superare il casello che l’avrebbe definitivamente separata da lui, ancora contenta nel saluto dal finestrino, ancora per poco.
    Si guardò andare oltre gli alberi e i passanti; verso casa, superata la chiesa e il benzinaio, il bar e l’edicola dove comprava il giornale tutte le mattine.
    E poi risentì il peso, quello con cui si trascinava fino al bagno al risveglio, presa da una mancanza e dal silenzio.
    I passi misurati, il cappotto sulle spalle, la compressione dei collant sulle gambe; e poi, di colpo, la nebbia che evaporava dai palazzi, indifferente a tutta quella solitudine.
    Si sentì, come tutti, in un altro posto.

    Lui le chiese, a un tratto, cosa avesse, risvegliandosi dal torpore. Nella sua mente voci e volti s’erano accavallati: il suo amore per le donne prendeva forma nel viso allegro di lei, nella forma generosa del suo seno. Così amava pensarla: come un sunto, un’icona, un riassunto degli amori della sua vita. Invecchiava, era forse per quello.

    La sua voce le giunse da una grande distanza, fece uno sforzo per rispondergli. L’aveva condotta in un altro luogo senza saperlo; costretta ad andar via, a non esserci più.
    Lui fissò il soffitto grattandosi una gamba, poi accese una sigaretta, gliela offrì per un tiro.
    Le disse che era splendido fare l’amore con lei, ma non avrebbe saputo dire se davvero fosse così; quella donna rappresentava una quadratura e una salvezza, in fondo. O un’abitudine come le altre.
    Lei disse – Tutto bene, poi s’alzò.

    L’uomo rimase a guardare quel corpo giovane, che il tempo ancora non lambiva. Invidiava la straordinaria giovinezza della sua amante. Gli mancava in se stesso come un’omissione, una promessa tradita. Aveva ingannato i suoi anni come tutti e ora li vedeva dichiarati in lei: forse anche per questo non si decideva a lasciarla.

    Invece lei, rivestendosi, si sentì stanca e seppe in un attimo che non ci sarebbero stati saluti dal finestrino, quella volta, perché la strada l’avrebbe inghiottita con violenza. 
    Si salutarono davanti all’hotel: le diede un bacio leggero sulla fronte e lei non si sottrasse.
    Anzi si nascose in quell’abbraccio per l'ultima volta. 
    Le sembrò di non sentire il suo corpo. E anche quello era un segno.

    Quando arrivò a casa andò a sedersi sul divano. Non accese l’interruttore. Faceva freddo e, tra le imposte, passava la luce solitaria della sera. Dalla cucina sentiva lo sgocciolìo del rubinetto. Era il respiro della casa, che viveva all’insaputa di lei. Sorrise, nel buio.
    Si tolse le scarpe, le calze, i pantaloni. Le sue gambe avevano la consistenza delle cose e degli oggetti.
    Sapeva che, tra un po’, il silenzio sarebbe stato interrotto dallo squillo del telefono. Quella storia andava così.
    Chiuse gli occhi. Non riusciva a immaginare né viaggi né distanze né vendette.
    Era un buon segno.

    Quando il cellulare iniziò a vibrare lei non si mosse.
    Era certamente lui, ma non si diede la pena di verificare; era sceso a buttare la spazzatura.
    A quell'ora c'era sempre un pensiero per lei, tra l'immondizia e i gatti in amore. 
    Ora guardava fuori dalla finestra.
    Sarebbe arrivata l'alba, col suo chiarore azzurrognolo.
    L'odore della panetteria ed i suoni delle radio.
    Le venne in mente il titolo di quella canzone: Vous, qui passez sans me voir.

    Ma non le importava più.
     

  • 17 novembre 2015 alle ore 16:20
    ASSENZA

    Come comincia: Mi sono svegliata all'improvviso e mi guardo attorno. La casa così silenziosa attrae la mia attenzione. Il pallido sole del pomeriggio filtra attraverso le fessure della serranda, e io mi accorgo che sto piangendo. No, non sto piangendo: ho soltanto il viso bagnato. Ho pianto dormendo. Mi metto in guardia. Cosa vuoi, mi chiedo, cosa vuoi, risponditi, cosa vuoi. No, aspetta, prima di risponderti pensa bene. Non è il momento di volere grandi cose, importanti, decisive, sconvolgenti. Non è il momento, lo sai, questo è il momento delle piccole cose. Gli occhi fissano il soffitto e si riempiono di lacrime. Ingoiale, ingoiale, fai presto, concentrati su quello che vuoi, che vuoi adesso, subito, anche banalità, non importa, ma immediate, è urgente. Cosa vuoi adesso, subito, risponditi. Mi sento smarrita: adesso, subito, non ci riesco, troppo in fretta, troppo in fretta.Respiro profondamente e arriva la risposta, sì, invece lo so cosa voglio adesso: voglio che niente interrompa questo silenzio che mi protegge. Che non suoni il citofono, non suoni il telefono, che nessuno parli, cammini, apra o chiuda una porta, che nessuno accenda la televisione. Voglio che questo silenzio non si interrompa, che tutti i miei sensi rimangano così attenti, tesi ad ascoltare tutto il meraviglioso nulla che contiene, a misurare il suo spessore: una coltre che mi avvolga come ovatta, così consolante da illudermi che non mi manchi niente.

  • 17 novembre 2015 alle ore 7:25
    IL FURTO

    Come comincia: E così un giorno Little Raffy decise di andare a far visita alla vecchia mamma pellerossa Lora Seduta, che si era trasferita nel Bronx. Prese la sua "tanti cavalli, quanti cavalli?" e si mise in viaggio. Quel giorno però la vecchia mamma aveva lasciato una finestra aperta, e da lì sibilando era entrata una freccia che era andata a conficcarsi nella credenza. Appeso c'era un biglietto che l'avvisava dell'arrivo di Little Raffy, così si era messa a preparare le lasagne al forno di cui la figlia era tanto ghiotta. Quando Little Raffy arrivò si misero tutti a tavola: Lora Seduta, Polly Joe Carezza, e Little Raffy. Ma mentre loro mangiavano in allegria, qualcuno tramava nell'ombra contro Lora Seduta che essendo pellerossa era mal sopportata da tutti: bianchi e neri. La "tanti cavalli, quanti cavalli?" venne presa d'assalto, danneggiata e depredata. Madre di tutte le tempeste! Furia di mille bufali inferociti! Dannati miserabili esseri infernali! Infuriata Lora Seduta si alzò, e quando Lora Seduta si alzava tutti tremavano, perciò tutti cominciarono a tremare, anche le lasagne al forno sulla tavola. Solo la piccola Polly Miao Urca Però, ronfava beata sul divano. Lora Seduta che ormai era in piedi si guardò intorno, viola di rabbia, verde di indignazione, tremante di collera, gli occhi fiammeggianti, la voce roca, e parlò. Sì, parlò e disse: E adesso?

  • 12 novembre 2015 alle ore 18:41
    Ho peccato di sentirmi Italiana

    Come comincia: Qualche volta ho peccato di sentirmi bella e me li sentivo davvero, addosso, gli sguardi. Che a fare silenzio sono bravi tutti, a camminare sui contorni rialzati dei marciapiedi, a sporgersi verso il lago e a bagnarsi a malapena il vestito nero. Ero lì, in piedi, vestita da sera e truccata, distratta dal rumore dell'acqua, altrove, ma consapevole. La gente passava e forse pensava che io fossi bella come un fiore che qualcuno coglierà o ha già colto, ed io ho peccato verso la mia solitudine, perché l'ho fatto per essere bella e le cose fatte per essere belli, rendono brutti. Qualche volta ho peccato di sentirmi Italiana, che i cieli lontani di una Moldavia fatta di ricordi, a dimenticarli, sono bravi tutti. Guardali tu dalla punta di un ciliegio preferito, e scambiali per piatti che servono nuvole fatte di zucchero filato e prova a non sentirti ladro ad aver rubato l'amore per la tua Patria e ad averlo dato alla lingua di un altro Stato. Oh, Italia, tu non pecchi se ti senti bella ed io, piccola formica affaticata, mi fermo un attimo a guardarti e mi sorprendo che è più dolce dello zucchero filato, più buono del tuo stesso vino, più onesto di un matto, il bene che ti voglio.

  • 12 novembre 2015 alle ore 12:34
    IL PENDOLARE

    Come comincia: IL PENDOLARE

    Oggi, per Giovanni, è l’ultimo giorno di lavoro da pendolare,
    la notte è stata insonne, l’ha trascorsa a pensare.
    E' già mattino e la sveglia sta per suonare, ...
    ma la sua mano è lesta a spegnerla, prima che inizi a squillare.
    Questa mattina non intende svegliare sua moglie,
    farla alzare; la lascia quindi riposare.
    Si alza senza far rumore e, con la consolidata ritualità degli anni,
    colazione in cucina con cornetto e cappuccino
    mentre, posato sul tavolino, vi trova già pronto il panino, per l’intervallo del mattino,
    che s'appresta ad infilar dentro la borsa, insieme a due bottiglie di spumante,
    che aprirà con i colleghi, per festeggiare l’ultimo giorno di lavoro.
    Esce da casa come ogni mattino, cinquant’anni di giorni tutti uguali!
    Inforca la bicicletta, per dirigersi alla stazione, in sosta nel cortile.
    percependo dentro una forte emozione, nel salire sul quel treno regionale.
    Rievoca il ricordo del suo primo mattino, di quando era ancora ragazzino
    e vi era salito per andare alla scuola comunale.
    Puntuale arriva il treno e, come tutti i giorni, è sempre pieno
    e, in piedi è obbligato, a questo viaggio è abituato!
    Incontra i soliti colleghi, un saluto muto con un cenno del capo,
    non ha voglia di parlare di partita di calcio, di politica o di lotta sindacale,
    è un giorno in cui tutto questo non lo fa infervorare.
    Si guarda intorno, ma si perde nel pensare, rivedendosi in vari ragazzi
    e nel loro fervente vociare.
    L’amore della sua vita, conosciuto su quei vagoni, era stato coronato da un tempo ormai infinito.
    Mentre fantastica sul suo vissuto, il treno nel frattempo arriva alla destinazione finale.
    Ne discendono tutti e, di corsa, chi a scuola e chi al lavoro, ognuno di loro ha un posto che l’aspetta.
    Giovanni s’incammina, la fabbrica è lì vicina, oggi non ha fretta;
    entra in ufficio e inizia a lavorare, sapendo che, per lui, c’è ben poco da fare.
    A metà mattino, la pausa ed il panino.
    Arriva mezzogiorno, il pranzo, alla mensa aziendale,
    le bottiglie di spumante s'impegna a stappare, il brindisi e il commiato ufficiale, una stretta di mano per ognuno, come ultimo saluto.
    Solo il pomeriggio resta in fabbrica ancora d'arrivare,
    per poi prendere l’ultimo treno e, alla sua dimora, ritornare.
    Giovanni in pensione è tutt'ora, una casetta, con i sacrifici, si è comprato,
    ha ottenuto tutto il tempo da dedicare a quelle cose che, prima, si trovava a trascurare.
    Il figlio, da anni, ha lasciato la natia casa.
    D’ora in poi, lieti giorni l’aspettano e, il nonno, a tempo pieno può fare,
    con il nipotino, accompagnandolo al parco comunale,
    dove, per far venire sera, insieme giocare.
    Horion Enky

  • 12 novembre 2015 alle ore 2:44
    Il risveglio

    Come comincia: Lei era bionda, esile, minuta, con un bel sorriso bianco. Si guardò nello specchio, ma non si piacque poi molto. Intorno a lei il mondo era impazzito: si combatteva in un'Italia divisa di nuovo, dopo l'unità, laddove quello che era giusto in un luogo era sbagliato in un altro. Dal luglio del 1943, dopo che Mussolini era stato arrestato, le cose che erano state una realtà non possibile di cambiamenti erano precipitate nell'irrealtà. Forse per questa situazione complessa, Irma dormiva male e faceva strani sogni che le sembravano interminabili, da cui si risvegliava con grande difficoltà: lei diventava molto vecchia, giaceva in un letto, rattrappita e piena di dolori. Qualcuno si occupava di lei, la lavava e le cambiava la posizione. Nell'incubo lei non mangiava più ed a stento beveva qualche goccia d'acqua. A volte nel sogno compariva una donna che la chiamava zia e tentava di parlarle, ma lei, in quell'incubo ricorrente, neanche le rispondeva. La stanza l'opprimeva, il letto era una roccia dura e le coperte pesavano come macigni. Fortunatamente, però, lei si costringeva a risvegliarsi e tornava alla sua vita. Ecco: lavorava con gli americani ed era diventata per loro un punto di riferimento perché trovava il modo di fare il caffè, di cucinare una sottospecie di dolcetti, anche a merito del fatto che gli stessi americani provvedevano a procurarle ciò che le occorreva. Il 1944 era oramai il quarto anno di guerra. Napoli aveva sofferto per i bombardamenti che avevano falcidiato case e popolazione e, all’indomani dell’arrivo in città degli Alleati, erano cominciati i bombardamenti tedeschi. La più tragica delle incursioni tedesche avvenne nella notte tra il 14 e il 15 marzo del ’44. Lei l'aveva trascorsa in un rifugio e poi aveva saputo che c'erano stati oltre 300 morti. Ad aggravare la situazione alcuni giorni dopo si era risvegliato il Vesuvio. Tuttavia nel tempo ci si era abituati a vederlo di notte, con il suo pennacchio ed il rosso della lava incandescente e lei s'innamorava, terrorizzata da quello spettacolo straordinario. Irma era fiera di essere napoletana, visto che il suo popolo era stato capace di liberarsi da solo dai tedeschi e quando gli americani erano entrati a Napoli, non avevano trovato neanche un tedesco. Il 28 settembre 1943 Napoli era insorta e lei ricordava di essersi trovata in mezzo a situazioni terribili, con le barricate per strada, gli spari, i morti, i feriti. Conosceva la madre di Gennaro Capuozzo, quello scugnizzo di dodici anni che aveva combattuto ed era morto. Non era stato il solo: nelle quattro giornate perirono 168 napoletani caduti in combattimento. Lei aveva lavorato nell'ospedale, dove erano stati ricoverati alcuni dei 162 i feriti. Molti di loro sarebbero poi restati invalidi. Già in quel periodo le capitava quello strano fenomeno: si addormentava, di colpo, ripiombando nell'incubo e tornavano i dolori, le gambe rattrappite, le voci di sottofondo. Lei, nell'incubo, apriva gli occhi e vedeva ben poco. Ombre. Quelle di una donna che le toccava le ossa fragili per cambiarle posizione. La voce che le chiedeva se volesse mangiare qualcosa. Mangiare? Lei voleva soltanto, con tutte le sue forze, tornare alla sua vita di giovane donna sana. Ritrovare la compagnia del capitano americano che le aveva messo a disposizione un locale dove provvedeva a rifocillare i giovani americani e quelli più anziani. Ritrovare Billy, che poi l'avrebbe attesa, dopo le 20, per accompagnarla a casa con la sua jeep, visto che rientrare da sola sarebbe stato molto pericoloso. Ecco: l'incubo le saltava addosso e doveva fare un terribile sforzo mentale per rifiutarlo. Si diceva soltanto: "Sto sognando, sto sognando, è un incubo, debbo svegliarmi!". Ma talvolta le riusciva così difficile! L'incubo sembrava tenerla in suo possesso. Rifiutava la voce, non voleva che le mani la toccassero, che la donna dell'incubo le cambiasse il pannolone. Rifiutava l'odore di malattia e di vecchiaia, la pelle che le prudeva come se fosse coperta da insetti che la divoravano, la terribile sensazione di secchezza alle labbra. Rifiutava tutto e riusciva, alla fine, a tornare alla sua vita: il suo giovane americano l'attendeva fuori e trovavano il modo di fare l'amore. Si scambiavano baci dolcissimi, con quella sensazione di vivere momenti incerti che potevano precipitare da un momento all'altro nel baratro e proprio per questo andavano vissuti più categoricamente, a testa bassa, senza pensare troppo al dopo.
    A testa bassa rientrava nel sole di Napoli, camminando per le strade distrutte della città, con via Toledo e le case abbattute dai bombardamenti. Era restata a Napoli, mentre la sorella, con i suoi figli e la nipotina, per evitare i continui bombardamenti, si era diretta, con i genitori, verso l'entroterra. Avrebbe dovuto raggiungerli, ma le riusciva difficile rinunciare a quel lavoro che si era costruita. I fratelli erano in guerra e sperava che sarebbero rientrati, ma non ne era certa. Sconvolti dall'essersi ritrovati alleati con i loro nemici senza preavviso, trattati da traditori.
    Un giorno, per rientrare in città si era ritrovata su di un treno zeppo fino all'inverosimile, della Circumvesuviana e, come le capitava purtroppo spesso, venne catapultata nel suo incubo. Sparì la folla, sparì il paesaggio intorno al treno e si ritrovò nel letto, immobilizzata, con la sensazione di affogare: la donna del suo incubo tentava di versarle qualcosa in gola. Si ostinava Maria (era Maria), a volerla aiutare, salvare, farla vivere. Vivere? Ma era vita quell'incubo? Lei si rifiutava di prenderlo in considerazione. Mugolava parole incomprensibili, serrava le palpebre ardenti, si ripeteva:-"E' un incubo, solo un incubo. Adesso mi sveglio!"- Così si svegliava. Si ritrovava con le sue braccia giovani a spazzolarsi i capelli biondi, per indossare un cappello giallo di paglia. Era estate. Sapeva che molte donne di Napoli si erano date al commercio di se stesse, anche soltanto per un paio di calze di seta o un barattolo di qualche tipo, ma lei era stata fortunata: aveva un fidanzato americano, lavorava per gli americani ed era rispettata da tutti. Non si chiedeva cosa sarebbe successo quando lui fosse stato rimandato in patria. Se l'avrebbe seguito, se l'avrebbe perso. Cosa importava? Era viva. La guerra sarebbe finita, un giorno, e anche lei avrebbe potuto pensare al matrimonio, pure se non aveva potuto pensare al corredo, men che meno a una casa, a mobili di qualche tipo. Già era davvero tanto non avere fame e non avere necessità di vendersi. Neanche aveva dovuto fare la borsa nera, mentre in qualche occasione, raggiunta la sorella in un paese dell'entroterra, si era arrampicata sulle montagne per comprare cibo dai contadini, in cambio di lenzuola ricamate. D'altra parte c'era chi si arricchiva con le "semenzelle", quei chiodini con la testa grossa con cui ci si poteva risuolare le scarpe. Lei non voleva diventare ricca, ma restare viva. Viva, non come le capitava di sentirsi in quel maledetto incubo ricorrente. La vecchia che diventava in quei momenti, per fortuna brevi (i sogni sembrano eterni, ma non lo sono), diveniva sempre più debole. Non sentiva praticamente più il dolore, gli odori svanivano, la bocca si serrava e neanche rispondeva alla voce che le diceva:-"Zia, mi senti?"- Neanche rispondeva. Non aveva sete né fame, né bisogni. Era un sogno, era un incubo da cui si doveva rifuggire subito. Ogni volta le riusciva più facile ritornare alla sua giovinezza. Quel bagno nel mare di Mergellina, dagli scogli, con il costume pescato chissà dove. Il tuffo nell'acqua fresca, l'acqua sul volto, il sole sul viso. Poi lui si era tuffato a raggiungerla, avevano nuotato assieme, come due delfini, per poi asciugarsi al sole sugli scogli cocenti. Un momento rapito alla morte, al dolore, alla paura.
    Lei lavorava ed era rispettata. Gli alleati avevano bisogno dei napoletani, come capitava con lei: servizi e funzioni di ogni genere, legali e indebite, somministrate dai civili ai singoli militari anglo-americani, erano un modo per sopravvivere. Le donne, come lei, lavavano panni, oppure ospitavano nelle proprie case gli angloamericani e in cambio ricevevano viveri e merci di vario tipo. Ma lei conosceva che il mercato nero, la vendita di alcolici, e le donne che fornivano prestazioni sessuali circondava quel suo mondo più pulito.
    Si risvegliava dai suoi incubi sempre più forte e sana, sempre più vicina alla fine della guerra e al suo futuro prossimo. Un futuro che immaginava felice, con o senza la presenza del suo americano. Odiava quel suo incubo ricorrente e, nel tempo, divenne sempre più cosciente che l'unico modo di lasciarselo alle spalle, consisteva nel rifiutarlo determinatamente, lasciando fuori dal corpo malato in cui si ritrovava, ogni possibilità di collegamento: doveva resistere, non bere, non mangiare, non ascoltare le domande, non rispondere agli stimoli dell'incubo. Più andava avanti e più si rendeva conto che soltanto con la morte, nel suo incubo, della se stessa malata, scarna, dolorante, sarebbe potuta tornare alla sua vera vita di giovane donna. Così si ripromise di mettere in atto il suo piano e, nel suo incubo, determinatamente, si sottrasse a tutto. Sempre più spesso e più facilmente abbandonava l'incubo e rientrava nella sua vita vera.
    -"Zia, sei certa di non volere bere proprio nulla? Come ti senti?"- La figura nel letto sembrava rifiutarsi di ascoltare, come se si stesse allontanando dal dolore, ritraendosi in se stessa. Maria, la donna che l'accudiva, era disperata:-"Non mangia e non beve nulla. "- Ripeteva. Entravano in silenzio, guardavano il volto nascosto da una mano ed uscivano di nuovo, sempre in silenzio.
    Il corpo, piccolo e contorto, non si muoveva più da giorni. Soltanto le mani della badante la voltavano, di tanto in tanto, per cambiarla, pulirla, controllare la respirazione. Più volte aveva temuto che fosse finita, ma un leggero vapore sullo specchio che poneva davanti alle labbra le faceva comprendere che la vita, se di vita si poteva parlare, resistesse. Ubbidiva al consiglio della nipote, per assicurarsi che non morisse senza sostegno di una parola, di una voce.
    I passi delle due donne in quelle ultime ore neanche si sentivano. Certo non le sentiva la vecchia signora.
    Poi Irma, con un ultimo sforzo, lasciò l'incubo per sempre e tornò alla vita. Per sempre.

  • 08 novembre 2015 alle ore 22:50
    UNA EPIFANIA PARTICOLARE

    Come comincia: Quando ero piccola vivevo in una grande casa dove l'unico riscaldamento era dato da una stufa strategicamente posizionata in una zona dell'ingresso che avrebbe dovuto consentire una buona distribuzione del tepore anche al piano superiore. Però questo sarebbe stato pretendere troppo poichè gli inverni erano molto rigidi e le nevicate abbondanti e frequenti. Faceva così freddo che io avevo preso l'abitudine, al mattino, di vestirmi sotto le coperte prima di alzarmi dal letto. Ci fu un anno,  dovevo avere otto o nove anni, in cui il freddo fu veramente eccezionale. Ricordo i miei fratelli che spalavano la neve dal vialetto davanti casa ed io che, per uscire ed entrare, passavo fra due pareti di neve che erano alte come me. Certo allora lo trovavo divertente, non rendendomi conto dei problemi che la neve causava a chi doveva muoversi per lo svolgimento della vita di tutti i giorni. La neve aveva coperto i prati intorno a casa mia ed io mi divertivo a camminare, anzi ad affondare i piedi e le gambe nella coltre di un bianco incontaminato che si perdeva a vista d'occhio.
    "Torna qui" gridava mia madre "che ti prendi un malanno!" Ma io non ci pensavo neppure a darle retta, e così quando finalmente tornavo in casa, dovevo essere spogliata di scarponcini calzettoni e quanto di altro ero riuscita a infradiciare, e il tutto veniva posizionato, non senza brontolii, accanto alla stufa affinchè si asciugasse.
    "Menomale che queste vacanze di Natale sono finite! Devi ubbidire quando ti chiamo! Possibile che non si sappia mai dove sei?"
    La mamma era davvero adirata e io intuivo che era arrivato il momento di stare zitta e di farmi piccola piccola. Nel frattempo lei mi aveva sollevata di peso e seduta su una sedia vicino alla stufa: anch'io dovevo essere asciugata, e mentre mi "strigliava" dappertutto con un asciugamano, lasciandomi quasi senza respiro visto che la delicatezza non era certo da lei, scuoteva la testa contrariata:
    "Guarda qui come ti sei ridotta! Adesso ti devo pettinare!"
    "NO, il pettine no!!" Ora sì che sarebbe arrivato il peggio. Io avevo i capelli lunghi, tanti e robusti, e quando mia madre prendeva il pettine sapevo che la tortura era assicurata. Sia che mi facesse le trecce, sia che decidesse per la coda di cavallo, quando infilava il pettine nei miei capelli procedeva come una schiacciasassi, per niente preoccupata di fermarsi quando i nodi di capelli aggrovigliati cercavano di sbarrarle la strada. Nulla le resisteva e certamente non la intenerivano i miei continui "Ahia! Ahi! Ahia! Mi fai male!"
    "Ma che male e male, dai che ho finito!" Quando finalmente aveva davvero finito io per un po' avevo il torcicollo, e lei faceva un bel sospirone di sollievo e se ne andava soddisfatta. Così anche quel pomeriggio superai la tortura e me ne rimasi seduta sulla sedia dondolando le gambe avanti e indietro, e sognando i capelli corti. Mi annoiavo, ma non potevo fare altro che aspettare. Da dove ero seduta potevo vedere l'albero di Natale,vero ed alto fino al soffitto, ed ormai quasi completamente spoglio. Soldi non ce n'erano molti ai tempi, e così l'albero veniva addobbato anche con mandarini, monete di cioccolato e altri dolcetti vari, tutte goloserie che io cominciavo a razziare da subito.Quando ero sola in casa, armata di sedia o sgabello, a seconda della necessità, inziavo dalle leccornìe più nascoste internamente fra i rami in modo che nessuno se ne accorgesse, correndo poi a mangiarmele in santa pace nascosta nell'angolo più lontano dell'orto. Ma col passare dei giorni, ruba oggi ruba domani, l'albero ormai era spoglio e, in considerazione del fatto che lui non faceva certo la spia e nessuno mi diceva niente, oggi penso che tutta la famiglia sapesse, ma tutti facessero finta di niente, anche perchè i miei fratelli e mia sorella erano già ragazzi....e la piccola ero io!
    Pensavo quel giorno, guardando l'albero, che ormai era il cinque gennaio e l'indomani sarebbe stata l'epifanìa: ultimo giorno di vacanza. Il sette gennaio si tornava a scuola. Che tristezza! Certo la scuola non era la mia passione!
    Mia madre si stava dando un gran dafare, daltronde eravamo in otto, per preparare il pranzo dell'epifanìa, festa da lei particolarmente sentita a causa della sua origine toscana. Profumi di ragù e di arrosto transitavano sotto il mio naso, ma il profumo che preferivo era quello dei bomboloni: ciambelle che lei impastava e friggeva in abbondanza e che erano una vera delizia, anche perchè, dopo aver posizionato il vassoio coi bomboloni caldi in mezzo al tavolo della cucina, non se ne occupava più, e ognuno poteva mangiarne quanti ne voleva: "ognuno" ero  io!! che naturalmente bazzicavo sempre dalle parti della cucina.
    Venne la sera del cinque gennaio ed  ero molto agitata perchè il mattino dopo avrei trovato i doni che la Befana mi avrebbe lasciato nella notte sotto l'albero. Non era facile addormentarsi con tale ansia, ma era fuor di dubbio che prima mi fossi addormentata, prima sarebbe arrivato il mattino seguente. E il mattino seguente arrivò: non ricordo quali fossero i regali proprio di quell anno: di solito erano giocattoli ma anche sempre un libro per ragazzi o anche due, che mia sorella si preoccupava di regalarmi: e, come ho già detto diverse volte, non la ringrazierò mai abbastanza per avermi dato la possibilità di leggere tanti libri!
    Ma quello doveva essere un giorno dell'epifanìa molto speciale, segnato da un piccolo "giallo" che ora vi racconto.
    Erano forse le undici del mattino e tutta la famiglia era in fermento: solo la cucina era disabitata e silenziosa. Pentole e tegamini stazionavano sui fornelli spenti, ma col cibo pronto già cotto.Anche il pentolone con l'acqua per far cuocere i ravioli era già posizionato sul fornello più grande, e sulla credenza, bene allineati su una tavola di legno costruita appositamente da mio papà che si dilettava con lavori di falegnameria, un gran numero di ravioli freschi fatti in casa riposavano sotto un telo di lino, in attesa di essere cotti. Che meraviglia...e che profumi! Mia sorella e i miei fratelli stavano finendo di vestirsi, e naturalmente, discutevano rumorosamente per la conquista dell'abbigliamento più in buone condizioni. Mio padre era andato in pasticceria a comperare le paste fresche. Ma cosa c'era di strano? Non riuscivo a stabilire cosa ci fosse di strano, fino a quando all'improvviso mi resi conto: mia madre non c'era. Non era in cucina, nè in sala e neppure al piano di sopra. Corsi fuori a guardare nell'orto, ma non era nemmeno lì.
    "La mamma, avete visto la mamma? Dov'è la mamma?"
    "Ma non so, sarà in bagno!" i miei fratelli non mi davano retta.
    "No, non c'è da nessuna parte! Non c'è!"
    "Ma va! Figurati! Dove vuoi che sia!"
    Però mia sorella cominciò a cercarla, e la mamma...non c'era.
    Nel frattempo tornò mio padre con un grosso cabaret di paste e non gli fu dato neppure il tempo di posarlo sul tavolo.
    "Papà, la mamma non è in casa, non è in casa!"
    L'agitazione era tanta anche perchè mia madre non usciva mai, ma proprio mai, figuriamoci poi la mattina dell'epifanìa con tutti noi da mettere a tavola. Così quando sentimmo una voce dire" Permesso...si può" nell'ingresso, in un attimo fummo tutti lì: era la vicina, la signora Lena:
    "Ha visto mia mamma?" parlammo quasi tutti contemporaneamente.
    "Sì, l'ho vista, sarà un'ora fa, stava attraversando il prato per dirigersi verso la stradina che porta alla cascina. L'ho chiamata ma non mi ha sentita. Aveva una grossa borsa, sembrava pesante da come la portava."
    Ci guardammo tutti, mio padre e noi, mentre già ci mettevamo scarponcini e cappotti per andare a cercarla.
    Intanto la vicina era stata dimenticata nell'ingresso.
    "Scusate, scusate...volevo solo chiedere se avete un bicchiere di sale grosso. Sono rimasta senza ..e oggi è tutto chiuso"
    "Sì certo, certo." Mi sorella le diede in fretta il sale e lei se ne andò.
    Inutile che mio padre cercasse di lasciare a casa qualcuno. Tutti eravamo già imbacuccati pronti per andare a cercare mia madre e lui non provò neppure a farci desistere.
    Attraversammo il prato pieno di neve,imboccammo la stradina...ma di lei nemmeno l'ombra. In realtà non sapevamo neppure dove andare. L'unica cosa da fare era continuare a camminare fino alla cascina. Alla cascina mio padre chiese (in paese ci conoscevamo tutti, come si può immaginare) e gli dissero che sì, l'avevano vista passare da circa un'oretta e l'avevano salutata, ma non si era fermata da loro. Be' non c'era altro da fare che proseguire. Arrivammo fino ad un piccolo incrocio di campagna dove c'era una cappelletta con una Madonnina, cosa che capita spesso di vedere nei paesi. Non lontano da lì la strada si allargava in uno spiazzo. Si stava avvicinando un signore in bicicletta che, quando fu vicino, riconoscemmo: era il signor Andrea, anche lui un nostro vicino.
    "Buongiorno, per caso ha visto mia moglie?" Mio padre aveva la fronte aggrottata e cominciava ad essere davvero preoccupato.
    "Sì che l'ho vista: guardi, è entrata là!"
    Guardammo tutti nella direzione indicata: "Là... ma è sicuro?" Disse mio padre."Certo! Proprio là! L'ho vista con i miei occhi."
    Là.... c'era un accampamento di zingari: cinque o sei roulottes in mezzo alla neve, ma non si vedeva nessuno.
    Mio padre, e dietro tutti noi, si affrettò verso una delle roulottes e bussò forte alla porta.
    Chi venne ad aprire capì subito di cosa si trattava e ci accompagnò verso un'altra roulotte; bussò e disse qualcosa in una lingua per noi sconosciuta, anche se con noi aveva parlato italiano. Subito la porta si aprì e una ragazzina con grandi occhi neri e uno scialle tutto colorato sulle spalle ci invitò a entrare. Seduti intorno a un tavolo c'erano altri bambini, quattro o cinque, che giocavano con dei sassi e ridevano fra loro. In fondo alla roulotte c'era un letto e nel letto c'era una donna che poteva avere forse una cinquantina d'anni, e che, si capiva benissimo, era ammalata.  Seduta su una sedia accanto al letto c'era mia madre. Eravamo sbigottiti e senza parole: oggi non si può immaginare l'effetto che potesse fare trovare nostra madre seduta in una roulotte di un campo nomadi, in un'epoca (parliamo del 1956/57) in cui perfino i nostri connazionali che dal sud venivano al nord per lavorare nelle grandi industrie, erano duramente discriminati. Ma, lo compresi anni dopo, per lei non esistevano colori o provenienza delle persone: per lei erano semplicemente individui che avevano bisogno di aiuto.
    Anche mia madre era stupita di vederci lì, e chiaramente in ansia, tanto che subito sentì di doversi giustificare:
    "Pensavo di tornare subito...ma quando sono arrivata qui..." E allargò le braccia come per dire che non aveva avuto il coraggio di andarsene alla svelta.
    "Ci hai fatto stare in pensiero!" Mio padre sembrava parlare più a se stesso che a lei mentre si guardava attorno visibilmente imbarazzato. Era la prima volta che lo vedevo in difficoltà, e non sapevo cosa aspettarmi.
    Mia madre intanto si era alzata dalla sedia e aveva posato la borsa sul tavolo aprendola e rivolgendosi alla donna:
    "Guarda, ti ho portato un sacchetto di zucchero e uno di farina, e un po' di pasta, e anche del riso; e poi un po' di dolci per i bambini e dei mandarini" Intanto che parlava le si era avvicinata e le aveva preso tutte e due le mani fra le sue.
    Dovete sapere che allora i sacchetti di farina e di zucchero non erano come quelli di carta che comperiamo al supermercato adesso, da un chilogrammo, bensì erano veri sacchi di tela da cinque e anche da dieci chilogrammi. In casa nostra solo mio padre lavorava e non eravamo ricchi, ma neppure benestanti, e la grande casa in cui abitavamo era bella, ma casa popolare assegnataci dalla ditta in cui lavorava mio padre che le aveva fatte costruire a sue spese per i dipendenti. La vita non era rose e fiori nemmeno per noi perciò io mi chiedevo inquieta, guardando tutta quella roba, cosa sarebbe successo a casa.
    Intanto mia madre continuava a parlare tenendo le mani della donna fra le sue.
    "Adesso devo andare perchè, come vedi, anch'io ho una famiglia di cui devo occuparmi, ma tornerò presto a trovarti.Tu però non ti alzare, stai sotto le coperte al caldo se no non guarisci, tanto lei è in gamba e può fare tutto" si riferiva alla ragazzina con gli occhi neri che doveva essere probabilmente la figlia maggiore.
    Quando mia madre aveva detto "stai sotto le coperte" il mio sguardo si era posato automaticamente sulle coperte e avevo notato che mi erano familiari.....arrivavano da casa nostra! Mi chiesi quante altre volte lei fosse stata lì, senza che nessuno di noi ne sapesse nulla.
    La donna continuava a ripetere "Che Dio ti benedica" sottovoce e con le lacrime agli occhi.
    Poco dopo salutammo e ce ne andammo.
    Il ritorno a casa fu silenzioso: nessuno di noi sapeva cosa dire. Veramente io avrei avuto mille cose da dire e da domandare, ma sapevo per esperienza personale che era meglio tacere visto che quando c'era qualche tensione da scaricare, era la rompiscatole piccola e petulante a prendersi la papina, cioè io....e se tutti avessero avuto necessità di scaricare..si sarebbe trattato di sette papine. Troppe per avere voglia di parlare!
    Mia madre era preoccupata: sapete, le donne di una volta non erano come quelle di oggi e avevano un certo timore dei mariti, o soggezione, comunque una forte inclinazione all'obbedienza, ma mio padre, che io sbirciavo di nascosto, aveva l'espressione tranquilla, quasi allegra.
    "Menomale" pensai, perchè quando si arrabbiava......insomma se non si arrabbiava era meglio per tutti!!
    A casa ci aspettava un pranzo davvero invitante e la giornata si preannunciava serena. Non si parlò dell'accaduto e tutto andò benissimo; mio padre fu gentile con la mamma: il massimo della tenerezza che veniva esternata davanti a noi figli erano i complimenti per il cibo: "Ma che buono questo, ma che capolavoro quello, ma come ti è riuscito bene quest altro ecc.ecc." Quando sentivo parole del genere..avevo la certezza che tutto filava a meraviglia!
    Capii solo quando fui più adulta che quella era stata davvero" l'epifanìa": una festa a cui mia madre aveva dato l'autentico significato. Anche se poi, in realtà lei era una donna generosa e buona sempre, che si privava spesso del necessario per offrirlo a chi stava peggio.
    Tutti i giorni della sua troppo breve vita furono dedicati alla famiglia e a chiunque si presentasse alla sua porta in cerca di qualunque cosa: chi avesse bussato avrebbe trovato cibo, vestiario, ma anche solo consolazione e parole buone se di questo avesse avuto bisogno.
    E noi figli non avremmo potuto avere insegnamento migliore.